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miércoles, noviembre 19, 2014

El inicio de la Guerra Civil.

El inicio de la Guerra Civil.
En el segundo semestre de 1936 todo cambia en España al estallar la Guerra Civil.


En los primeros meses de 1936 la conspiración militar había avanzado en sus preparativos para derribar al Frente Popular. El alzamiento de parte del Ejército contra el Gobierno republicano militar se inició la tarde del 17 de julio en África (Melilla) y en los días 18 y 19 de julio se extendió a diversas ciudades y guarniciones del país. Pero el golpe de Estado fracasó en su objetivo a corto plazo de tomar las grandes ciudades y la situación estaba indecisa, a lo que ambas partes reaccionaron de modo distinto, los republicanos intentando un acuerdo político con los rebeldes, y Franco enviando representantes a pedir ayuda militar a Hitler y Mussolini, y lanzando una ofensiva general.
Al principio parecía evidente que los republicanos ganarían la guerra: conservaban gran parte del ejército y casi toda la flota así como la aviación, la capital y la posición central, las principales costas, las zonas más pobladas e industriales, y los grupos sociales más modernos y aparentemente mejor vertebrados. Por el contrario, los rebeldes (autollamados “nacionales”, término que acabó siendo el más repetido por la historiografía) ocupaban unas posiciones divididas: la zona más amplia en el Norte, con Galicia, Castilla la Vieja, Navarra, Álava, partes de Extremadura y Aragón; en el Sur Canarias y Mallorca, el protectorado de África, y las ciudades andaluzas de Sevilla, Cádiz, Algeciras, Córdoba y Granada, empero aisladas entre sí.
Para su mal el gobierno republicano no tomó bastante conciencia de la gravedad de la situación y se dividió sobre la política a seguir en los primeros días, unos a favor de la lucha sin cuartel y otros a favor de un pacto, mientras los sublevados se unificaron en pocas semanas con el objetivo de ganar la guerra, bajo el mando político y militar del general Franco.

En el centro los generales Franco y Mola.

Los bandos nacional y republicano quedaron configurados según la clásica división derecha-izquierda.
El nacional reunió desde el primer momento a los partidos y grupos antirrepublicanos y a algunos que habían colaborado en la República al principio. Eran los partidos monárquicos (borbónicos y carlistas), católicos, republicanos conservadores, la CEDA, muchos radicales, catalanes de la Lliga Regionalista, la Falange y los pequeños partidos fascistas, y su base social era el clero, los terratenientes, la alta y la pequeña burguesía, los militares.
El republicano reunió a los burgueses radicales, socialistas, comunistas y anarquistas, y su base social era la media burguesía, los intelectuales, los funcionarios, los obreros y los campesinos. Seidman sostiene que, pese a su ancha base social, los republicanos perdieron la guerra por su ineficacia organizativa para solventar los problemas sociales más básicos: higiene, sanidad, seguridad pública, suministros... y, sobre todo, el hambre de gran parte de la población. [Seidman, Michael. A ras de suelo. Historia social de la República durante la Guerra Civil. Alianza. Madrid. 2003. 338 pp. Es el libro más actualizado sobre el tema de la sociedad republicana.]
El ejército, como el pueblo y el territorio, se escindió. Apoyó el levantamiento (le llamaron “alzamiento”) algo menos de la mitad de las Fuerzas Armadas, aunque la parte fiel a la República era más bien pasivo, pero el ejército de África era el mejor armado y finalmente inclinó decisivamente la balanza a favor de los nacionales.
También hubo división internacional: Alemania, Italia y Portugal ayudaron a los rebeldes, las potencias democráticas mantuvieron su neutralidad y sólo la URSS ayudó activamente a la República.
La violencia mutua en los primeros meses fue salvaje: había que aniquilar físicamente al enemigo de clase. [La historiografía sobre la represión es amplia; destaca el libro de Hugh Thomas (dir.). La guerra civil española. 1983: v. III. pp. 87-117 sobre la violencia en la retaguardia de ambos bandos.]



Asesinatos del bando nacional en Badajoz.

En la zona nacional la represión fue una acción institucional, dirigida desde la cima del poder, lo que llevó a que la cantidad de represaliados fuera muy superior. Se ejercía mediante consejos de guerra inmediatos y el fusilamiento oficial en los centros de reclusión y el “paseo” para fusilar en los cementerios y las cunetas de las carreteras como alternativa semioficial de de ejecución; así fue asesinado García Lorca en Granada el 19 de agosto. La mayoría de los militantes y muchos simpatizantes de los partidos y sindicatos de izquierda fueron ejecutados y el resto fueron encarcelados.
En la zona republicana la represión institucional fue escasa, aunque significativa por sus víctimas: fueron fusilados en Madrid el 1 de agosto el jefe falangista Ramiro Ledesma y el monárquico Ramiro de Maeztu, y el 20 de noviembre en Alicante el líder falangista José Antonio Primo de Rivera. Abundaron en cambio las acciones violentas de individuos y de organizaciones paraestatales, en especial los comunistas en las ciudades y los anarquistas en el campo, que asesinaron al cuñado de Miró y movieron a este a exiliarse en París. Las bandas de anarquistas incontrolados, especialmente en Cataluña y Aragón, masacraron una multitud de monjas y sacerdotes, propietarios y empresarios, lo que enajenó a la República muchas simpatías internacionales. Casanova cuenta hasta 6.832 eclesiásticos asesinados por el bando republicano en la Guerra Civil [Casanova, Julián. La huella de la violencia anticlerical. “El País” (22-X-2007) 33.] Pero ya a finales de 1936 estas acciones fueron muy esporádicas y pronto cesaron por completo.

La estrategia inicial de los dos bandos era simple.
Los republicanos, desprovistos de la iniciativa, aspiraban a evitar la extensión de la sublevación, para dar tiempo a que se impusiera su superioridad en población y economía, y crear un ejército poderoso que decidiera la guerra después, y asimismo intentaron liquidar la resistencia rebelde en las zonas más próximas de Baleares, Aragón y Asturias, en lo que fracasaron.
Los nacionales, en cambio, lanzaron unas campañas denominadas “de enlaces”, con el objetivo de juntar las dos grandes zonas rebeldes, al norte y al sur, para marchar de inmediato contra Madrid y acabar la guerra con la conquista de la capital, un logro que en el siglo XIX había decidido siempre los golpes de Estado; consiguieron pronto el enlace, pero no tomar Madrid, con lo que la guerra se convirtió en un largo conflicto de desgaste.
Las campañas más importantes de 1936 fueron el paso por los nacionales del Estrecho  y su subsiguiente marcha a Madrid.
El paso del Estrecho (julio-agosto 1936) culminó cuando Franco pasó a la Península a principios de agosto, con 30.000 soldados de África, cuyas fuerzas legionarias y de regulares eran las que tenían mejor oficialidad, entrenamiento y armamento del Ejército. Lo hicieron gracias a un puente aéreo y un convoy naval, gracias a los errores estratégicos republicanos y la ayuda aérea alemana e italiana. Así pudo compensar la inicial superioridad republicana en la Península y hacerse con el mando entre los generales rebeldes. En los primeros días de agosto se consolidó el dominio del Bajo Guadalquivir, desde Huelva a Granada, estableciéndose Franco en Sevilla.


España a finales del verano de 1936.

Siguió la marcha hacia Madrid (agosto-noviembre 1936). Desde el norte las tropas de Mola convergieron hacia Madrid y Extremadura, sin encontrar oposición hasta la sierra de Guadarrama. Desde el sur, las tropas africanas marcharon rápidamente hacia el norte por Andalucía y Extremadura (7-VIII en Almendralejo, 11 en Mérida, 15 en Badajoz, 26 en Cáceres), enlazando con la zona nacional de Castilla la Vieja. En esta marcha Franco se retrasó para tomar Badajoz, cuyos defensores fueron ejecutados tras resistir una semana, y después cambiar su dirección para poder liberar el alcázar de Toledo, un gran golpe de propaganda (27-IX).
En el intervalo Franco se había hecho en septiembre con el mando de Generalísimo de los Ejércitos y Jefe de Estado, mientras Mola ostentaba el mando militar conjunto sobre los ejércitos del sur y del norte. Mientras tanto, Largo Caballero era en septiembre el nuevo jefe del gobierno republicano, sustituyendo a Giral.
Las ofensivas para tomar Madrid se sucedieron en el invierno de 1936-1937, con las cruentas batallas de Madrid, el interludio andaluz de la toma de Málaga, nuevamente el frente madrileño con la ofensiva del Jarama y, por último, la de Guadalajara.


La batalla de Madrid (noviembre 1936-enero 1937) comenzó cuando Franco llegó a amenazar Madrid a primeros de noviembre. Azaña ya se había marchado de la capital a mediados de octubre y el Gobierno marchó a Valencia (5 de noviembre), cuando la derrota parecía inminente, pero entonces los republicanos reforzaron sus efectivos y la moral: ‹‹No pasarán›› fue su grito de guerra. Comprendieron que estaban a punto de perder la guerra si no reaccionaban con mayor eficacia; había que formar un ejército disciplinado que hiciera frente a los nacionales: se inició la constitución de un ejército popular (los milicianos se consideraron soldados) y se llamó a filas a los reservistas de 1932 y 1933. Los generales Miaja y Rojo organizaron la defensa y las brigadas internacionales y las milicias republicanas resistieron. Del 15 al 23 de noviembre sangrientas batallas como Ciudad Universitaria, Guadarrama y Jarama en las cercanías y en las rutas de comunicaciones, detuvieron a los nacionales y la ciudad se salvó, anunciando una larga guerra de desgaste. La batalla siguió hasta enero de 1937.
La batalla de Málaga (enero-febrero 1937) fue una campaña de “diversión” en el sur de nacionales e italianos para desviar efectivos republicanos de la defensa de Madrid. Cumplió el objetivo de conquistar Málaga (8 de febrero), donde la matanza fue especialmente brutal.
La batalla del Jarama se extendió desde el 5 al 15 de febrero de 1937. La emprendieron los nacionales para atacar Madrid desde el sur, atravesando el río y cortando la comunicación con Valencia para impedir el abastecimiento de la capital. Consiguieron llegar al río pero no cortar la ruta de Valencia y al final se estabilizó el frente en el sur de Madrid. La lucha tuvo un terrible saldo de bajas entre los brigadistas internacionales y los legionarios y regulares marroquíes.
La batalla de Guadalajara ocurrió entre el 8 y 21 de marzo de 1937 y fue un intento de las fuerzas italianas del bando nacional de hacer una pinza desde el norte de Madrid, mientras las “nacionales” atacaban desde el Jarama, pero los italianos fueron arrollados por un oportuno contraataque republicano que estabilizó el frente y supuso el final de la primera etapa de lucha por Madrid.

En Barcelona se lucha en las calles el 19-20 de julio entre los militares dirigidos por el general Godet y los fieles a la República, que vencen. Godet será enseguida fusilado.

Agustí Centelles. Foto de la lucha en las calles barcelonesas el 19 de julio.
Inmediatamente estalla una revolución social marcada por el “terror revolucionario” promovido por las organizaciones anarquistas CNT y FAI con el asesinato de numerosos simpatizantes de la derecha, como el cuñado de Miró, Jaime Galobart. La cantidad de ejecutados en Cataluña varía mucho de una fuente a otra. La historiografía se movió durante muchos años entre un mínimo de 8.400 y un máximo de 14.000 ejecutados en la zona republicana y casi otros tantos después de la guerra durante la represión franquista. Los cálculos más científicos de Solé, han reducido la cantidad a unos 8.000 por los republicanos entre 1936 y 1939, 4.000 por los nacionales entre 1939 y 1953, relativamente menos porque la mayoría de los republicanos habían emigrado, más 5.000 civiles muertos por los bombardeos de los nacionales.


Asesinatos en Barcelona.

Se persiguió a la Iglesia católica: la matanza alcanza a 930 religiosos en Barcelona, junto a la quema masiva de iglesias. Desde entonces el culto católico queda prohibido de derecho (se permitió de facto sólo en algunos lugares) hasta el fin de la guerra, lo que dañará la imagen exterior de la República y afectará a numerosos republicanos católicos, aunque Miró no mostró entonces su preocupación. [Una síntesis de la represión sufrida por la Iglesia en Cataluña en 1936-1939 en Alberti, Jordi. El silenci de les campanes. Proa. Barcelona. 2007. 424 pp.]
Hay numerosas memorias de contemporáneos sobre la represión en Cataluña [Valls, Xavier. La meva capsa de Pandora. Memòries. Quaderns Crema. Barcelona. 2003. 460 pp. En 28-31 narra la violencia anarquista en los primeros días en Barcelona, con asesinatos de matrimonios sólo por ser católicos.] Son muy interesantes las memorias del menorquín Rubió sobre la época, con noticias sobre su huida de Mallorca a Menorca, la represión y la vida en la retaguardia en Barcelona. [Rubió i Tudurí, Marià. Barcelona 1936-1939. Publicacions de l’Abadia de Montserrat. Barcelona. 2002. 308 pp. Prefacio de Josep Massot i Muntaner (13-24).] La violencia alcanzó también a los artistas [Robinson, William H. Barcelona in the Maelstrom. *<Barcelona and modernity. Picasso, Gaudí, Miró, Dalí>. Cleveland. Cleveland Museum of Art (2006-2007): 414-425.]


El 28 de agosto la Generalitat se hace cargo de todas las competencias políticas y administrativas de la República en Cataluña, salvo la soberanía. Pronto actúa para recuperar el control de la situación en la retaguardia: el 9 de octubre la Generalitat disuelve los comités locales que controlan los Ayuntamientos y que en alta proporción están dominados por los anarquistas; les sustituyen representaciones proporcionales de los partidos políticos del Frente Popular; el 24 de octubre se aprueba el decreto de Colectivizaciones y Control Obrero, lo que afectará a la finca de Miró en Mont-roig, debido a la colectivización de la gran propiedad agraria, la sindicación obligatoria de los pequeños empresarios agrícolas y el impago generalizado de las rentas de los arrendatarios (esto se legalizó por el decreto de la Generalitat de 1 de enero de 1937, publicado el 7 de enero), que suprimió la renta de aparcería o arrendamiento en Cataluña. Un evento relacionado que afecta a Miró es que los registros de la parroquia y el Ayuntamiento de Mont-rog fueron incendiados por los anarquistas, que ocuparon su finca familiar.

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