Joan Miró: la experimentación de la austeridad, 1928-1929 y 1930-1932.
Como consecuencia de sus nuevas ideas sobre el “asesinato de la pintura”, un estilo más sencillo y austero domina gran parte de la producción de Miró en 1928-1929 y se extiende hasta 1930-1932, de modo que se puede establecer una clasificación de su obra de esta época, a partir de la comprobación de un predominio del collage.
Sweeney (1941) se
decanta hacia una secuencia de collages con objetos (Bailarina española),
dibujos, collages, construcciones, collages y pinturas.[1] Su propuesta es
fundamentalmente la misma que sigue Jeffett (1986), que recalca que Miró
abandonó casi del todo la pintura en la etapa 1928-1933 para experimentar con
el collage y la construcción de objetos, hasta volver a la pintura, y divide
la etapa en cinco fases: 1) objetos-collage: Danseuse espagnole
(1929). 2) Collages (1929). 3) Cuadernos de dibujo (1929-1930). 4) Planes para
Construcciones y las Construcciones mismas (1930). 5) Collage y
renacimiento de la pintura (1933).[2]
La historiografía ha
tratado mucho este tema.
Zervos (1934) resume este
retorno al equilibrio:
‹‹Une telle tension d’esprit
ne saurait se continuer sans risques. Per nécessité d’équilibre, elle a
provoqué le retour de Miró à l’observation des choses. Son voyage aux Pays-Bas
lui en fournit le prétexte matériel. Touché par la manière descriptive des
peintres hollandais, spécialement de Vermeer de Delft, Miró retourne à la
transcription des choses. Le mot n’est cependant pas exact, car la réalité l’y
est somme toute qu’élément de provocation poétique. Ce ne sont point de fidèles
descriptions d’autrefois, mais des accommodations des modèles avec le rêve du
peintre. (...)››[3]
Jacques Dupin.
Dupin (1961, 1993)
resume las facetas de la obra mironiana de esta época:
‹‹No se salvan ni
las técnicas ni los materiales. El artista desconfía de su paleta, de sus
lápices, de su papel, de sus lienzos. Recurrirá al collage, realizará picto‑objetos
con elementos recogidos en las basuras o devueltos por el mar, materiales
incongruentes, deliberadamente ordinarios y viles. Ensamblará pedazos de
madera en austeras Construcciones.››[4]
Considera que la
aportación esencial de Miró en las formas a esta agresión son los nuevos medios
expresivos que usa:
‹‹Esta puesta en
tela de juicio difiere también de la negación, de la tabla rasa de Dadá, por
los medios empleados. Dadá se situaba, en efecto, fuera de la expresión, o por
debajo de ella, como una bomba. La bomba que un terrorista lanza sobre un
desfile o pone bajo un puente. Miró, en cambio, no puede negarse a ser pintor
ni siquiera en la antipintura. Su movimiento de rechazo es el movimiento de la
pintura poniéndose a sí misma en tela de juicio. Se trata, pues, de una crítica
interna, cuyas consecuencias se situarán ante todo en el campo pictórico, repercuta
o no a otros niveles. En consecuencia, la declaración de guerra general se
manifestará por ataques particulares contra elementos de la obra de arte,
empezando por los que son más característicos del arte de Miró. Tras haber
querido “destrozarles la guitarra”, ahora va a arremeter contra la suya. Rompe
su línea, suprime su color, rechaza sus materiales. De ello resulta una
desaparición casi total de los caracteres de sus trabajos anteriores: la
efusión onírica, la transfiguración poética de la realidad, las imágenes de
humor y de ensueño, los revoloteos del arabesco y los contrapuntos de colores
vibrantes.››[5]
Reconoce que esta
sencillez dará mayor pureza a su lenguaje:
‹‹Paradójicamente,
los malos tratos infligidos a su medio de expresión desembocarán, tras una
purga, una decantación y una purificación que sin duda se habían hecho
necesarias, en un fortalecimiento de la misma. Unas veces son los medios
plásticos los que resultan reforzados hasta la más rigurosa austeridad, otras
veces la sujeción acabará en desordenado y caótico desencadenamiento.
Multiplicando las provocaciones y los altercados, Miró establece las bases de
un nuevo lenguaje de gran amplitud.››
Observa una crisis
personal causada por una mayor exigencia como artista:
‹‹La puesta en tela
de juicio de la pintura será para Miró, antes que nada, la puesta en tela de
juicio de su propia pintura, el rechazo de sus dotes naturales, de su
facilidad, de su exuberancia y de sus aciertos casi milagrosos. Asistimos, como
en todos sus periodos críticos, en cuanto la duda se apodera de él, al
retroceso e incluso eclipse total del color, a la ruptura y posteriormente a
la desaparición del grafismo espontáneo, de la línea sinuosa y del arabesco. El
color y el arabesco son la expresión natural de su vida, otra respiración, el
producto de su lirismo innato. Toda reflexión crítica, toda puesta en tela de
juicio de la obra en particular o del arte en general, supone su supresión, una
reacción voluntaria contra su inconsciente facilidad. Hemos visto como, de
1928 a 1929, esa misma tendencia había hecho que tras los Interiores
holandeses, apoteosis del arabesco y el color, venían los Retratos
imaginarios, de cromatismo cada vez más austero, de trazo cada vez más
conciso, hasta llegar a la sombría y casi deforme Fornarina, corroída
por los ácidos del humor y la negatividad activa. Pero entonces estábamos
todavía en el universo de la pintura al óleo y del tratamiento del tema.››
Dupin finalmente
explica el nuevo y austero estilo, reflejado en el dibujo, los papier collés
y los objetos que conforman gran parte de su producción de 1928-1929:
‹‹Desde el invierno
de 1928, es decir, antes del viaje a Holanda y de la ejecución de los Interiores,
Miró parece ponernos en guardia o lanzar una primera salva contra la felicidad
y alegría de éstos. Dibujos, papiers collés y objetos muestran los
síntomas de la crisis o lanzan flechas envenenadas contra la pintura‑pintura y
la belleza ideal. La línea se vuelve dura, rígida, intencionadamente torpe y
temblorosa; se esfuerza en pensar, en cernir pesadamente los contornos; se
arrepiente, se busca y se fragmenta, recorta finalmente, en su ingrata andadura,
formas planas, sumarias, que unas veces son como citas de las figuras
anteriores, otras promesas balbucientes, en su novedad, del futuro lenguaje.
Pero el lirismo no se deja aniquilar fácilmente y proyecta todavía vástagos
contrariados. En muchas ocasiones, la guerra que se le hace lo retira a las confinadas
y ambiguas regiones del erotismo. La materia refinada, a la vez suave y
rugosa, del papel terciopelo, se convierte en el soporte ideal de esos juegos
conscientemente crueles. (...)››[6]
Antonio Saura
(1983), en cambio, incide en los elementos más expresionistas de este cambio
sufrido hacia 1928:
‹‹CAMBIO CONCEPTUAL.
En 1928 aparece la tentación de incluir el despliegue de formas flotantes en
espacios bien definidos, pintando Miró, además de los extraordinarios Interiores
holandeses, en los que se manifiesta también de forma precursora, una
actitud de recuperación y transmutación de una imagen del pasado, la
prolongada serie de Playas, surcadas por seres fantasmagóricos, en cuyo
escenario se desarrolla el capítulo más extremo de su teatro de la crueldad.
Al margen de este
mundo flotante y plano, otras llamaradas crueles salpicarán una trayectoria
tan consecuente como fructífera: poderosas figuraciones de salvajes y
sintéticas reducciones del ser humano —entre las cuales descuella la fantástica
serie de pinturas al pastel realizadas durante la guerra civil— afirmarán su
presencia, como indicándonos, en su aislamiento desmesurado y preciso, la
necesidad de saqueo de la historia y la domesticación de la rabia.››[7]
Christopher Green
(1993) comenta que Miró vuelve en esta poética a la realidad más material,
desdeñando la tentación de una inspiración puramente onírica:
‹‹Llegados a este
punto, es importante señalar que las pinturas‑sueño de Miró eran en términos
bretonianos opuestas a las pinturas de sueños. Su automatismo era, como hemos
visto, un automatismo (en apariencia) del signo, y en 1924 Max Morise se
apresuró a situar al automatismo del signo contra las pinturas de sueños. De
hecho, se basaba predominantemente, como he apuntado, en cosas vistas, no
soñadas. A finales de los años veinte, aunque estaba en contacto estrecho con
Ernst, Miró no se vio tentado en lo más mínimo por el ilusionismo del collage
ernstiano. De hecho, sus collages de 1928‑1929, el prefacio a sus objetos y
construcciones, eran una declaración de fe en la materialidad concreta del
collage en contra de la ilusión. Son, visiblemente, una respuesta al renacimiento
del collage cubista en un nuevo estilo aún más exageradamente materialista
iniciado por el propio Picasso, la más renombrada de cuyas manifestaciones fue
la rápidamente conocida Guitarra de 1926 fabricada con una bayeta y unos
clavos. No es una coincidencia que los clavos clavados en el soporte sean una
característica de las Bailarinas españolas de 1928 y de la Construcción
[1930] que se encuentra ahora en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Señalan lo que podría ser interpretado como un “homenaje” irónico.››[8]
Malet y Montaner
(1998) explican que ‹‹Los recelos de Miró desencadenan una rebelión interna que
desdeña la facilidad, los colores vibrantes, la gracilidad lineal, el onirismo
y la exuberancia, pero sobre todo los medios de representación convencionales.››[9] Esto es, Miró se da la vuelta
respecto a toda su producción anterior, incluyendo las técnicas.
Beaumelle (1998)
apunta que las obras mironianas de finales de los años 20, de un extraordinario
despojamiento y sencillez, son un retorno a las cualidades plásticas y
enunciativas del arte popular (los graffiti) y primitivo, como ya habían
advertido en 1929-1930 Georges Bataille y Carl Eisntein al estudiar sus
collages:
‹‹Pintura de fondo,
un fondo que sería una sustancia viva, la materia de un cuerpo abierto,
energizante, matricial y convertido en el sujeto mismo de la pintura; cuadro de
enunciación con una función declarativa e indizante: realidad eficaz de un
documento, de un testimonio; superficie de ejecución en la que se anuncian el
accidente, la agresión o el fracaso, todo acto de intervención del artista,
soporte turbio, no identificable, en el que se imprimen trazos, manchas o
corrimientos, donde se inscriben signos dispersos, figuras residuales y
fragmentos de ficciones; ensamblajes infructuosos, de materiales brutos, viles,
y cuya condición del “fondo” es ambigua e inestable. Estas extraordinarias
proposiciones de Miró, creadas en “zigzag” alrededor de una muy radical
“invención del fondo” que caracteriza en realidad su producción llamada
“surrealista” —comúnmente
se sublima en calidad de escritura poética u onírica—, acusan “directa y explícitamente [Bataille[10]] aquello que seduce, sin
tener en cuenta las maniobras poéticas, que en definitiva no son más que una
desviación”. ¿Cabe incluir este trabajo de agresión y disgregación —“un despojo necesario merced al
cual se derrota a la virtuosidad” [Einstein[11]]— en las huellas de la estética de lo informe,
del burdo materialismo (...). Es evidente la analogía del trabajo de fondo
iniciado por Miró con el arte popular “bajo”, directo, de los graffiti
(...) [como Leiris advertía en 1929]. En efecto, tienen la misma capacidad para
alertar y comunicar un mensaje, la misma eficacia inmediata de un lenguaje
primigenio, de un ejercicio anterior a la escritura y a la pintura; la misma
fuerza de fascinación de un lugar de desconcierto, el de un recuerdo casi
borrado, huella residual de una violación pasada o de una emergencia de fuerzas
instintivas. Pero no se trata del muro de Leonardo (que Miró vuelve a tomar en
cuenta tardíamente), un mural que sería soporte de sueños y el lugar de
visiones futuras, de alucinaciones que se suscitarán, sino de una superficie
concreta de resonancia, de enfrentamiento de uno mismo con otro o con las
fuerzas del universo: tanto de una materia de memoria, como de una tabla de
inscripción donde se conservan la marca y la firma de un escribiente que
devendría anónimo.››[12]
NOTAS.
[1] Sweeney. <Joan Miró>. Nueva York. MoMA
(1941-1942): 47 y 53.
[2] Jeffett. From
Collage and Construction to the Rebirth of Painting: Play and Surrealism in the
art of Joan Miró 1928-1933. 1986.
Introducción.
[3] Christian Zervos. Joan
Miró. “Cahiers d’Art”, v. 9, nº 1-4 (1934): 14.
[4] Dupin. Miró. 1993: 152.
[5] Dupin. Miró.
1993: 151-152.
[6] Dupin. Miró. 1993:
152.
[7] Saura, Antonio. La cara oculta de un pintor.
“El País” (26-XII-1983).
[8] Green. Joan Miró, 1923-1933: El último y primer
pintor. <Joan Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 72-73.
[9] Malet; Montaner. CD-rom. Joan Miró. 1998.
[10] Bataille, Georges. Le
gros orteil. “Documents”, v. 1, nº 6 (XI-1929). El dedo gordo del pie.
[11] Einstein, Carl. Joan
Miró, papiers collés à la Galerie Pierre. “Documents”, París, v. 2, nº 4
(1930) 241-243.
[12] Beaumelle. Zigzag Miró: la invención del fondo
(52-61). <Joan Miró. La colección del CGP>. México. CCAC (La
1998): 60-61.

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