Los dibujos más
conocidos de esta época son los esbozos que completan los proyectos de un
cuadro. Picon (1976) comenta:
‹‹En el origen de
casi todos los cuadros complejos, que comportan combinaciones de formas, hay
uno o varios dibujos. Simples anotaciones, ideas de un instante, esquemas,
especie de diario íntimo en el que el pintor se inspirará. Pero a veces, se
trata de un verdadero proyecto, del modelo del cuadro. Y es frecuente que, para
conseguir más precisión, este modelo pase de un dibujo a otro. Lo que es
excepcional es que esta precisión tome la idea de una elaboración progresiva,
pasando por toda una serie de dibujos. El proceso natural no es el de un
trabajo del dibujo sobre el dibujo, sino el de una visión del cuadro a través
del dibujo, con una traducción pictórica más o menos inmediata.››[1]
Al mismo tiempo,
empero, Miró realiza numerosos dibujos sueltos en 1928-1929, que no tienen en
principio la condición de esbozos de pinturas o collages, sino obras acabadas,
algunas de gran formato. Son una experiencia más en su proceso de
simplificación formal y de austeridad en los medios. La línea curva se rompe en
rectas, siguiendo así la introducción de elementos que se remiten a la
abstracción geométrica o, más probablemente, recuperando las enseñanzas del
purismo.
Dupin explica una
serie de dibujos titulados Adulterio —de la que reproduce El
adulterio (1928), un lápiz, pastel y gouache (72 x 108), de la col. familia
Kaiserman, Filadelfia—, por su ruptura en los medios expresivos pero su
continuidad temática con las pinturas oníricas:
‹‹(...) Los dibujos
con lápiz Conte realzado con gouache, y titulados Adulterios, ilustran
esa manera. La reacción contra el grafismo espontáneo es manifiesta. La línea
sigue siendo curva, pero con una inflexión carente de gracia; se interrumpe con
frecuencia formando rectas y ángulos, dejando ver correcciones y raspaduras.
Miró insiste en las formas y las maltrata, emplea una nueva franqueza y una
brutalidad que prefiguran las obras crueles de 1935. Y, no obstante, los Adulterios
conservan la atmósfera turbia de las pinturas de los sueños, sus formas flotantes,
blandas, lánguidas, que ahora vienen a chocar, incidir o a romperse contra
ángulos, filos y triángulos cortantes como cuchillos. El acto invocado resulta,
más que adulterio complaciente, acoplamiento terrible y malsano en el seno de
las profundidades, una oscilación incierta entre la vida y la muerte por la
que la mujer parece prometida y retirada a la posesión de un monstruo de pelo
hirsuto y dientes de lobo.››
Otros muchos dibujos
experimentan sólo con elementos geométricos, que podrían vincularse con las
innovaciones coetáneas de la abstracción geométrica de Mondrian, o una
maduración de sus primeros trabajos de los años 20 a partir del purismo de
Ozenfant y Le Corbusier. Empero, Dupin apunta a continuación que en estos
dibujos predomina la esquematización de las anteriores formas mironianas:
‹‹Otros dibujos
dejan ver elementos casi geométricos y no figurativos: triángulos,
cuadriláteros, trapecios y círculos. Las figuras “mironianas” subsisten, pero
reducidas a puros esquemas. Las líneas rectas horizontales y verticales se
apoderan de todo el espacio y las curvas se les someten en tanto que elementos
secundarios. Esta hegemonía de los ejes dispersa el mundo flotante y turbulento
de los sueños, remplazado por los dates de la experiencia de la realidad, sus
signos y su rígida orientación, aunque todavía no por sus estructuras.››[2]
Y resalta el vacío
de estas piezas que el artista logra suprimiendo todos los elementos
secundarios —apuntemos que en un proceso similar al reduccionismo del arte zen
japonés—:
‹‹Suprimiendo uno
tras otro todos los elementos que componían su escritura lírica y poética,
consigue llegar al vacío en la tela, o casi. Pero este vacío deliberado,
obtenido por una serie de operaciones sucesivas, es fundamentalmente distinto
del vacío animado al que le había conducido la experiencia puramente pictórica
de 1925. Entonces se trataba de un vacío original, intensamente vivo, ligado
al misterio de la creación y con los gérmenes de todos los nacimientos y
metamorfosis en su seno. Ahora llega al borde de la supresión completa de su
trazo, de sus formas y de su color, aunque con ensamblaje de materiales
brutos, la supervivencia de una última mancha o de un trazo único; juega con la
muerte de la pintura, la roza, la cita y la esquiva como un matador ante los
cuernos del toro. Más aun, mantiene la existencia del espacio pictórico. En
lugar de desembocar en el vacío, desemboca en un cuadro sin pintura, en toda su
desnudez, pero también con la máxima tensión plástica.››[3]
La inmensa mayoría
de los dibujos conocidos se relacionan con pinturas, para esbozarlas o
inspirándose en ellas. Es el caso de Sin título (1929), un lápiz sobre
papel (?) [Dupin. 1961: p. 179.] que muestra el cuerpo femenino y sinuoso de Retrato
de Mrs. Mills en 1750 (Según George Engleheart) (1929), esquematiza su
sombrero en una estrella y transforma sus miembros para convertirlos en
bioformas generalistas, como ese dedo con lúnula que veíamos ya en Mano
atrapando un pájaro (1926) [D 174. CRP 218].
Hay una serie de
dibujos de personajes, de cuerpos muy estilizados, jugando en la playa con
pelotas, palos... Probablemente pensaba hacerlos servir para collages,
incorporando papeles sobre los grandes elementos de formas más geométricas.
Destacan tres: Sin título (Composición con pie) (1928) o Sans titre
(Composition au pied), es un carboncillo sobre papel (48,3 x 61), de Col.
Ruth P. Horwich [<Joan Miró 1917-1934: la naissance du monde>.
París. MNAM (2004): nº 129.], con una playa casi desnuda en la que el hombre
(con un enorme pie en la arena) extiende en cruz los brazos ante un columpio
suspendido en el aire; a la izquierda hay una pelota o un ojo del que surge a
su izquierda un garfío que le ancla en la arena. Las otras dos piezas
relacionadas son Estudio de composición (1927-1928), un lápiz grafito
sobre papel (15,5 x 21,5) de Col. FJM (530). [Malet. Obra de Joan Miró. 1988:
fig. 401.] y Estudio de composición (1927-1928), un lápiz grafito sobre
papel (15,5 x 21,5) de Col. FJM (531). [Malet. Obra de Joan Miró. 1988:
fig. 402.]
Sin título
(Personaje del rectángulo blanco) (1928) o Sans titre (Personnage du
rectangle blanc), es un dibujo a Lápiz Conté, gouache, carboncillo, grattage
sobre papel floqué (108 x 71,8) de Col. Musée de Grenoble, Grenoble,
donación 1928. [<Joan Miró 1917-1934: la naissance du monde>.
París. MNAM (2004): nº 126.] Es idéntico a su dibujo previo: Dibujo
preparatorio para Personaje del rectángulo blanco (1928), un lápiz grafito
sobre papel (26,7 x 20,5) de Col. FJM (532). [Malet. Obra de Joan Miró. 1988:
fig. 404.].
Los amantes (1928) es un gouache y mina de
plomo sobre papel de terciopelo (72 x 100) [Dupin. Miró. 1961: nº 43, p. 186.], que es una reelaboración de la Pintura
(Los amantes) (1925), un óleo sobre tela (73 x 92) [CRP 131] y su Dibujo preparatorio para Pintura
(Los amantes) (1925), un lápiz grafito sobre papel (8,1 x 11) de col. FJM
(579a). [Malet. Obra de Joan Miró. 1988: fig. 291.]. Todavía habrá una
nueva reelaboración mucho después en El abrazo de los amantes
(16-III-1942), un lápiz grafito sobre papel (25 x 30) de col. FJM (1686a)
[Malet. Obra de Joan Miró. 1988: fig. 924.]. En el gouache de 1928 Miró
realiza una magnífica composición: los dos amantes, el hombre a la izquierda,
con el pene enhiesto y un enorme pie que le ancla en el suelo; la mujer a la
izquierda, con sus insinuantes curvas, cuya lengua deviene un largo brazo
serpenteante que se dirige hacia la cabeza varonil. Entre ambos un paisaje
desolado y volcánico, una metáfora de la pasión, y un tablero trapezoidal como
el que había colocado en la serie El circo (1925-1927), en la cual
coloca pequeñas bocas volcánicas y elementos de juego, nuevamente una metáfora
del amor.
El cometa (1929) es un gouache sobre
papel (49 x 64) [Dupin. Miró. 1961:
nº 44, p. 187.] que Miró regaló a Robert Desnos en prenda de su amistad. Su
tema y composición está relacionada con Pintura (1930), un óleo sobre
tela (155 x 225) [D 262. CRP 319], con el que comparte el sol negro en el
centro de una nebulosa amorfa en la que sitúa algunos elementos biomórficos que
esencializan la presencia de personajes en la escena; pero se distinguen en que
el gouache es más espontáneo en sus brochazos en espiral, mientras que en la
pintura los brochazos son más geométricos.
Fèlix Fanés (2007) explica que este gouache, por sus componentes y
colorido plano, sirve como puente entre los collages de 1929 y las seis
pinturas de gran formato de 1930: ‹‹Dos manchas circulares, una negra y otra roja, anticipan unas formas
que se repetirán, como ya hemos visto, en los papier collés de unos meses más tarde. Un garabato de color gris,
en cambio, preludia las abundantes formas de este tipo que caracterizarán los
óleos posteriores.››[4]
Sin título (1929) es un dibujo de lápiz
sobre papel (?). [Dupin. Miró. 1961:
p. 195.], que muestra una bella escena de relación sexual, probablemente
inspirada en un relieve mesoamericano, en la que vemos una oposición entre la
agresividad del deseo varonil y la pasiva entrega femenina. El hombre a la
derecha, de cuerpo ameboide y un enorme pie desarrollado como la cola de un
dragón, alarga su pene para fecundar el sexo abierto de la diosa-mujer, cuyo
cuerpo adopta la forma de un pájaro (y remotamente una llave) que es alegoría
del más allá. La forma de la cabeza es inusual en Miró: una masa agujereada en
cuyo vacío flota un ojo que insinúa la forma de un pajarito.
Sin título (Árbol al viento, 1929),
es un gouache al carbón sobre papel, de considerable tamaño (71,8 x 108 cm),
que parte de una circunstancia, un paisaje desolado en este caso, para
desprenderse gradualmente de todo cuanto lo integra, hasta llegar a un
despojamiento absoluto. Hay aspectos que todavía se emparentan con las pinturas
oníricas, como la austeridad de los medios y la uniformidad del fondo, aunque
la inclusión de la línea del horizonte nos sitúa ante un paisaje más
convencional, y la tonalidad homogénea del fondo ya no es resultado de la
aplicación del color con un pincel, sino una cualidad del soporte empleado. El
viento es un tema muy frecuentado por la poesía y tal vez la interpretación más
cercana al pensamiento mironiano sea la del poeta uruguayo-francés Jules
Laforge, que lo asociaba a la desolación romántica del poeta o artista ante la
carencia de amor o la inminencia de la muerte, y de ser así, esta obra se
podría datar en los primeros meses de 1929, cuando su relación con Pilar Juncosa
aún no había fructificado. Otra posibilidad, en la línea del Altazor de Vicente Huidobro, es que el
árbol sea una metáfora de la joven amada, cuyos cabellos son mecidos por el
viento de la pasión, o la mirada más pesimista del mismo Huidobro en su poema Invierno para beberlo de su Arte poética: ‹‹El invierno ha
llegado al llamado de alguien / Y las miradas emigran hacia los calores
conocidos / Esta noche el viento arrastra sus chales de viento››, o todavía del mismo poemario
otro poema, La poesía es un atentado
celeste, en la que el árbol es el propio poeta metamorfoseado, ‹‹Me estoy haciendo árbol››, arrastrado
por la vorágine de sus pasiones.
Michel Leiris.
Leiris (1929) toma
esta obra para ilustrar un interesante artículo en la revista “Documents” en el
que establece un paralelismo entre el método de trabajo de Miró y un ejercicio
que practican algunos ascetas o místicos tibetanos con el propósito de "comprender el vacío”, que
consiste, a grandes rasgos, en observar con atención una circunstancia
determinada (un paisaje, por ejemplo) para ir desprendiéndose gradualmente de
todo cuanto la integra, hasta el despojamiento absoluto, y a partir de la nada iniciar
en sentido inverso una lenta reconstrucción de la realidad, esto es, crear a
partir de la esencia más oculta bajo la apariencia.[5]
Zervos (1934) apunta
la probable influencia de Urgell en la representación de este espacio tan
solitario, despojado de anécdotas: ‹‹(...) De même le sentiment de solitude, dont son maître
Urgell l’avait entretenu jadis, lui devient nécessité. C’est de cette année que
date le dessin représentant vaguement un arbre d’on se dégage une impression de
solitude poignante.››[6]
Cirici (1949) sigue
esta pauta al considerar que en esta y otras piezas de esta época, más que
abstracción (el orientalismo ni siquiera lo cita), hay un retorno al espíritu
romántico de sus años de formación con Urgell, palpable en el retorno a la
realidad y el interés por los paisajes solitarios:
‹‹Tal retorno al objeto era propicio al despertar
de los recuerdos de la época académica, que se manifestaron en paisajes
solitarios, evidentemente inspirados en los de Urgell, como cierto dibujo de la
Colección Pierre Loeb, con una figura varonil y otra femenina en un paisaje sin
árboles, cierta dilatada planicie sin perspectiva, con piedras aisladas, un
gallo, y la sugestión astral de la rueda y la escalera que se hunde en el
cielo, y aquel árbol solitario [Sin título (Árbol al viento,
1929)], azotado por el viento, en un lugar con objetos abandonados, de la
Galería Pierre.››[7]
NOTAS.
[1] Picon. Joan Miró.
Cuadernos catalanes. 1976: 59.
[2] Dupin. Miró.
1993: 152.
[3] Dupin. Miró.
1993: 154.
[4] Fanés. Pintura,
collage, cultura de masas. Joan Miró, 1919-1934. 2007: 188.
[5] Leiris, M. Joan Miró.
“Documents”, París, v. 1, nº 5 (X-1929)
263-265 y fotografías en 268-270. Consulta en FPJM. Trad. en Combalía. El
descubrimiento de Miró. 1990: 257-258. Leiris señaló años más tarde que la
viajera Alexandra David-Neel fue quien le comentó el mismo año 1929 los
ejercicios de los ascetas tibetanos y esto le facilitó establecer un
paralelismo con Miró. [Leiris. Fibrilles. La Règle du jeu. NRF/Gallimard.
París. 1966: v. 3, pp. 14-15.]
[6] Christian Zervos. Joan
Miró. “Cahiers d’Art”, v. 9, nº 1-4 (1934): 14.
[7] Cirici. Miró y la imaginación. 1949: 27-28.

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