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lunes, junio 05, 2017

Miró: La influencia de Camille Corot (1796-1875).

Miró: La influencia de Camille Corot (1796-1875).

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Autorretrato.

Jean-Baptiste Camille Corot (1796-1875), uno de los precursores del impresionismo y el cubismo, era muy admirado por numerosos artistas, primero por Morisot, Renoir, Degas, Sisley, Cézanne (que apreciaba en particular sus paisajes), Seurat, Van Gogh... más tarde por Picasso, que intercambió un cuadro del francés por el retrato de Wilhelm Uhde en 1910; por Braque, que estudió su composición en paralelo a la de Cézanne; por Juan Gris, que admiró sus estructuras; por Giacometti, absorto ante sus paisajes [Giacometti. Gris, marrón, negro... (Georges Braque), en Giacometti. Escritos. 2001: 112.]; por Masson, que llegó a publicar una monografía sobre su compatriota en 1947; por Magritte, que comenta en 1936: ‹‹Con Corot comienzan las búsquedas para que las preocupaciones específicamente pictóricas aumenten el valor de los temas representados; estos temas no eran más que una excusa para mostrar las formas engendradas por la luz y la sombra.›› [Magritte, Georges Braque. “La Voix du peuple”, Bruselas (1-XII-1936). Es el diario del Partido Comunista belga. reprod. Magritte. Escritos. El espíritu y la letra. 2003: 55-57, cit. 55.]; o también por el poeta René Char, que publica en 1938 el poema Une Italienne de Corot en la revista “Cahiers d’art” de Zervos. [René Char, poema Une Italienne de Corot, del poemario Dehors la nuiy est gouvernée. Ed. Guy Lévis Mano. 1938. Tomado de Van Kelly. René Char (1907-1988), en Leroux, Jean François (ed.). Modern French Poets. v. 258 de Dictionary of Literary Biography. A Bruccoli Clark Layman Book. Detroit. 2002: 112.]

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Es razonable suponer que algunos de los anteriores manifestaron a Miró su interés en los años 20, cuando pudo ver sus obras en los museos parisinos, sobre todo sus extraordinarios paisajes, frecuentes en las mejores exposiciones colectivas de recorrido histórico [*<Le Paysage français de Poussin à Corot>. París. Petit Palais (1925). cit. Selz. Camille Corot. ACR. Paris. 1988: 284.], y pronto apreciaría la claridad lumínica de la paleta, la solidez estructural y el sencillo (simplificador) realismo de sus paisajes en los que homenajea a la naturaleza con un sentido místico y a la vez de enamorada ensoñación por un mundo que se escapa.
Corot sería asimismo para Miró un puente antiacademicista hacia el “retorno al orden” de los años 20, un modelo por su personal recuperación del Cinquecento con Rafael), el neoclasicismo con Ingres, el clasicismo italianizante con Poussin y Claudio de Lorena, el romanticismo con Delacroix y el paisajismo realista au plein air con Théodore Rousseau y el resto de la Escuela de Barbizon, y todo ello enlazaría muy bien con sus cuadros de realismo detallista de 1918-1922. Su pensamiento estético casaba muy bien con el de Corot, quien había escrito sobre la virtud de la obra inacabada: ‹‹Una obra con genio, si se prefiere, una obra con alma, en la que todo está bien visto, bien observado, bien entendido, bien imaginado, está siempre muy bien ejecutada cuando lo está suficientemente, ya que hay una gran diferencia entre una pieza hecha y una pieza acabada, y, por lo general, lo que está bien hecho no está acabado y una cosa muy acabada puede no estar hecha en absoluto.›› [Cuerda, José Luis. Corot, el pintor de la maestría constructiva. “El País” (25-VIII-2005): 34. Reseña de <Corot. Naturaleza, emoción, recuerdo>. Madrid. Museo Thyssen-Bornemisza (7 junio-11 septiembre 2005).] Cuerda añade la teoría de Hemingway de que en la narración y en el arte es “suficiente” mostrar la parte emergente del iceberg, lo que coincide con las ideas de Miró; y menciona métodos creativos de Corot muy parecidos a los mironianos: trabajar con varios cuadros a la vez durante largos periodos, el gusto por la materia pictórica, el uso de los dedos para pintar…
Este gusto de Corot por el fragmento congeniaba con el de Bataille, que llegó a escribir un artículo laudatorio en la revista “Documents” en 1929: ‹‹un grand art à la fois classique et primitive››. [Bataille, G. Jean–Baptiste Corot (1796-1875). “Documents” 2 (1929) 84-92.]

Miró comentará mucho después, en 1963 a Schneider, durante una visita al Louvre, su preferencia por Corot, probablemente acrecentada porque al parecer visitó dos antológicas celebradas en 1962 en el mismo museo, una de pinturas figurativas [<Figures de Corot>. París. Musée du Louvre (1962). 82 obras. Cat. Prefacio de Germain Bazin] y otra de dibujos [<Dessins de Corot>. París. Cabinet des Dessins du Louvre (1962). 103 obras. Cat. Prefacio de J. Bouchot-Saupique. cit. Selz. Camille Corot. ACR. Paris. 1988: 285.]. Miró admira su libertad formal a la vez que su rigor plástico ante la realidad, así como su modestia: ‹‹comme Corot: des choses minuscules, mais on y voit tout. (...) la grande peinture m’ennuie, Corot excepté. Maintenant, de plus en plus, je viens pour ici. Tout de mème, il ya Corot. Un jour, un paysage de Corot. Des petites touches minuscules —ping! ping! ping!— à leur place. Et puis la dignité de l’homme. Où est-elle aujourd’hui? Et son humilité: il n’aurait pas été malhereux de rester presque anonyme. Calme.›› [Schneider. Au Louvre avec Miró. “Preuves”, 154 (XII-1963): 38-39. FPJM H-3771.]


Finalmente, plasmará su admiración en Homenaje a Corot (1967) o Hommage à Corot, un óleo sobre tela (175 x 205) realizado el 5-XII-1967, que hoy está en una col. particular y antes de 1993 en la Pierre Matisse Gallery. [DL 1269] y que se basa en un cuadro del francés, Paisaje de Château-Thierry (1855-1865), preparando seis esbozos propios titulados Dibujo preparatorio de Homenaje a Corot (1967).
Penrose (1970) explica, gracias a las confidencias del artista, qué le atrajo del cuadro de Corot:

‹‹De un modo diferente ha tomado Miró como punto de partida un paisaje de Château-Thierry pintado por Camille Corot (1855-1865), en el que un leve toque de color, el rojo sombrero de un personaje sentado a la orilla de un río, llena de sentido a los delicados verdes grises y ocres de toda la composición. Tres fueron los factores del cuadro de Corot que suscitaron el entusiasmo de Miró y le movieron a pintar un gran lienzo, su Homenaje a Corot (1967). El primero, la incitante economía del toque rojo vivo; el segundo, la forma de un bosquecillo que rodea la casa en la media distancia; y el tercero, el anchuroso vacío del cielo grisáceo, que Miró transformó característicamente en impenetrable negrura. Por lo demás, la absoluta libertad con que emprendió Miró este trabajo apartó tanto su versión de la fuente original que sólo en el título queda vinculada.›› [Penrose. Miró. 1970: 172-173.]

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