Tomàs Llorens (2008) aborda el tema de la catalanidad de Miró con una clara voluntad analítica, identificando las alusiones del artista a la “tierra” con Cataluña, y enfatizando su ideología nacionalista, manifiesta en su defensa del idioma catalán y en el esfuerzo que hizo para aprender a escribir con un nivel culto.[44]
El blog trata temas de Joan Miró y sus relaciones en Arte y Cultura, para un uso pedagógico o divulgativo. El uso de textos y enlaces, imágenes y grabaciones, no tiene intención comercial y las reclamaciones se atenderían de inmediato. Google ha insertado cookies y se da aviso, según la normativa.
Mis Blogs.
Mis Blogs son: Actual (Actualidad y Aficiones), Heródoto (Ciencias Sociales, Geografía e Historia), Plini (Ciències Socials, Geografia, Història i Història de l’Art), Lingua (Idiomas), Oikos (Economía y Empresa), Paideia (Educación y Pedagogía), Sophia (Filosofía y Pensamiento), Sport (Deportes), Thales (Ciencia y Tecnología), Theos (Religión y Teología), Tour (Viajes), Altamira (Historia del Arte y Arquitectura), Diagonal (Cómic), Estilo (Diseño y Moda), Pantalla (Cine, Televisión y Videojuegos), Photo (Fotografia), Letras (Literatura), Mirador (Joan Miró, Arte y Cultura), Odeón (Ballet y Música).
viernes, abril 07, 2017
La estética de Miró. 33. El Mediterráneo como visión mística y clásica de la naturaleza.
El Mediterráneo
como visión mística y clásica de la naturaleza.
Playa de Mont-roig (1917).
El Mediterráneo es el mar de los pintores
europeos por su luz y colorido, asumiendo el rango de mito para los pintores
nórdicos —el amor de Böcklin por la costa toscana es un caso paradigmático—,
que ejercieron una gran aunque poco conocida influencia sobre el arte catalán[1], y, por su mayor cantidad sobre todo, los establecidos en
París en algún momento de sus vidas, como Van Gogh, Signac, Cézanne, Bonnard,
Matisse, Picasso, Braque... Sylvie Buisson (2004) destaca que estos pintores se
enamoraron del amable y soleado paisaje del sur de Francia (y del Mediterráneo
español e italiano), descansando del gris bullicio bohemio de Montmartre y la
presión de la vanguardia. Así lo apunta Buisson en la exposición *<De
París al Mediterráneo. El triunfo del color> (2004).[2]
Esto es que el Mediterráneo es un polo de
atracción hacia el clasicismo y la visión de las corrientes de fin de
siècle (modernismo, noucentismo) en diálogo/contraste con la
modernidad de las primeras vanguardias.
Por su parte, Miró, criado en este ambiente,
volverá siempre a sus raíces, de modo que la naturaleza mediterránea es una
presencia constante en su obra, que quiere eternizar el instante de la
contemplación de esa luz y ese color que le enamoraron de niño. Como explica el
poeta Francisco Brines al loar el Mediterráneo: ‹‹Cada uno es de su tierra. No
porque sea la mejor, sino porque es allí donde descubres el mundo y donde te
enamoras del mundo.››[3]
El paisaje mironiano no es sólo la
representación de su entorno natural o urbano (este sólo en unos pocos cuadros
a finales de los años 10), sino que es un preciso mecanismo de construcción
cultural en el que vierte su Weltanschauung, su concepción personal
del mundo. Todas las influencias estilísticas sobre Miró estaban pasadas por el
tamiz de su visión personal y mística de la naturaleza, determinada por la
confluencia de la ideología modernista y noucentista respecto al
mediterraneísmo, con su experiencia personal del campo, en especial de
Mont-roig. Miró (1956) declara: ‹‹El vigoroso paisaje catalán, sin traza alguna
de descripción anecdótica, ha sido un elemento capital en mi concepción
plástica y poética.››[4]
El paisaje de sus pinturas es pues una
confesión más sincera que sus entrevistas, en las que a menudo actúa, mientras
que en los fondos desnudos y tristes manifiesta su melancólico pesimismo sobre
el ser humano o cuando, por el contrario, nos presenta escenas pobladas de
criaturas vivaces expresa un cálido optimismo sobre el futuro. Y el paisaje es
también simiente. En sus últimos años, Miró (1978) declara a Amón que su obra,
pese a la apariencia de estar llena de símbolos abstractos, se inspira en los
misterios de la naturaleza: ‹‹P. (...) ¿No tiene un cierto carácter intelectual
el perpetuo simbolismo de su pintura? R. No. Mi obra está, en efecto, cargada
de símbolos, pero de símbolos naturales, abiertos a la naturaleza, no al reino
de las ideas. Son signos que remiten a la naturaleza misma, que quieren indicar
su enigma diario.››[5]
Incluso poco antes del final, en 1980,
escribe: ‹‹31-VIII-1980. Retrobar una civilització mediterrània (com un
oracle). La meva última exposició serà la última de cavallet, però retrobant el
sentit religiós profund i màgic i profètic. (…)›› (FJM 9970). Esto es, vuelve
en un círculo final a la visión prenoucentista (de Torras i Bages) y
noucentista (de Torres García y Joaquim Sunyer) del Mediterráneo como paraíso
mítico.[6]
Contra la que se rebelará Miró en el momento
preciso, como cuando lanza su grito de rebeldía “¡Abajo el Mediterráneo!” (À bas
la Méditérranée), el 2 de julio de 1925, en el polémico homenaje a
Saint-Pol Roux en el restaurante parisino La closerie des Lilas, no un rechazo
al lugar físico, sino una crítica a la tradición de la cultura grecolatina, y
que se transformará en su idea del “asesinato de la pintura”. Conocemos su
temprano amor por la naturaleza gracias a las declaraciones de sus amigos y a
su correspondencia de esta época, sobre todo algunas de sus cartas de 1916‑1918,
escritas desde Mont-roig. Fuentes preciosas son las referentes a las frecuentes
visitas en el campo de sus amigos Ràfols y Ricart[7], Gasch, y sobre todo, Joan Prats, quien recuerda su
relación durante estos años y cómo ya entonces apuntaba a ser un pintor-poeta,
siempre enamorado de su tierra:
‹‹Salíamos a pintar al campo, hablábamos de
arte, aprendíamos. A menudo iba a verle a la finca de sus padres en Montroig,
un paisaje —su mundo espiritual— que está en su obra aludido
permanentemente. Las rocas rojizas, la tierra fértil y grasa... Yo llegaba, en
verano, en tren y luego en una tartana saltarina, bajo un sol abrumador...
Entonces pintaba Miró sus paisajes “fauves” y poscubistas: los de Ciurana, La
platja de Cambrils, L’ermita de Sant Joan d’Horta... Paseábamos
mucho. Quedaba a veces ensimismado —como hoy todavía cuando
paseamos— más que ante la grandeza del paisaje, ante cosas que formaban
parte de él: un tronco, una roca, una raíz de caña resecada en la playa... Sus
hallazgos ante las formas más reales siempre me han sorprendido. Cualquier cosa
que subraya, que advierte con su mirada azul, como deslumbrada, es un Miró. Es
algo que pertenece a un mundo suyo que ya va siendo nuestro... Porque Miró es
un artista de una realidad que nadie ve. Es un goloso de formas naturales que
habitan luego, con mágica normalidad, su mundo propio. Por esta razón digo que
es un poeta y un mediterráneo, por la claridad amorosa que asimila el mundo que
le rodea, por la fuerza luminosa en que luego lo expresa, por la generosidad
con que su obra nos enriquece...››[8]
La correspondencia de Miró en esta época está
regada de comentarios de su amor por la naturaleza. Así, se sincera con Ricart
en julio de 1916, desde Mont‑roig:
‹‹He venido para vivir, durante algunos días,
con el paisaje, para comunicar con esta luz azul y dorada de los trigos, para
ennoblecerme contemplándolos. ¡No sabes cómo puede ennoblecer el paisaje!
Cuando estoy aquí siento un gran amor por todas las cosas. Amo a los bichitos,
a la más insignificante hierbecilla, olvido completamente las fechorías de los
hombres. Tras una temporada en el campo, ruda y sana, nos sentimos más fuertes
para seguir nuestra senda y nuestra nueva vida ciudadana.››[9]
Le escribe nuevamente a Ricart, el 7 de
octubre de 1916, explicando que su bucólica vida en el campo no se enfrenta a
su voluntad rupturista:
‹‹Trabajar muchísimo, y vivir la vida. Que el
paseo por la montaña o el mirar a una mujer hermosa, el leer un libro, el oír
un concierto, sugiriéndome la visión de formas, ritmos y colores, me vaya
formando, que todo vaya nutriendo mi espíritu, para que su voz sea más potente.
¡Y sobre todo que Dios quiera que no me falte la Santa Inquietud! Gracias a
ella los hombres hemos avanzado.››[10]
Otra misiva, de agosto de 1917, otra vez
desde Mont‑roig, tras una breve estancia en Siurana, repite los términos casi
animistas, tan bucólicos como un Virgilio:
‹‹La vida solitaria en Siurana, el admirable
primitivismo de las gentes de mi tierra, mi intenso trabajo y, sobre todo, mi
retiro espiritual, la posibilidad de vivir en el mundo creado por mi espíritu,
alejado como Dante de todas las realidades (...) ¿puedes tú comprender todo
eso? Me encerré en mí mismo y, cuanto más escéptico me volvía sobre lo que me
rodeaba, más me acercaba a lo que tiene de Espíritu, a los Árboles, a las
Montañas y a la Amistad.››[11]
En 1918, en cambio, cuando se cartea con
Ràfols, de una mayor enjundia teórica, su contenido es ligeramente más
racionalista, pero también trufado de animismo:
‹‹Cuando trabajo sobre un lienzo, me enamoro
de él, con un amor que nace de un lento entendimiento. Un lento entendimiento
de los matices 'concentrados' que proporciona el sol. Alegría de aprender a
entender una delgada brizna de hierba en un paisaje. ¿Por qué
menospreciarla? —una brizna de hierba es tan fascinante como un árbol o una
montaña—. Fuera de los primitivos y los japoneses, casi todo el mundo desprecia
algo tan divino. Todos buscan y pintan solamente las enormes masas de árboles,
de montañas, sin escuchar la música de las briznas de hierba y las florecillas
y sin prestar atención a los minúsculos guijarros de un
barranco —encantadores—.››[12]
En Miró el mediterraneísmo de raíces clásicas
y místicas de los años 10, muy influido por el catolicismo, el catalanismo y el
noucentisme, evoluciona en los años 20 hacia una visión más personalista, más
integrada en su “yo”. Miró, por su relación estrechísima con el paisaje catalán
y los objetos de la vida cotidiana de su tierra, de lo que La masía (1921-1922)
es la mejor constatación, es un ejemplo axiomático de la tesis que Herbert Read
expone en Las raíces del arte, en la que estudia los aspectos
sociales del arte en una era industrial y plantea que el arte está ligado no
sólo a la estructura social sino también al paisaje del país (esto es al medio
natural transformado por el hombre), aunque no haya un artista “típico” de un
estilo, pues la personalidad de todo gran artista es única.[13]
Sus profundas raíces en su tierra rural
(imagen de una Cataluña mítica, medieval, soberana) son las que le acercan a
otros intelectuales y artistas catalanes, desde entonces hasta el presente.
Sebastià Gasch, ya en los años 20, le defenderá como el mayor artista catalán
del siglo (o más quizás); J. V. Foix escribe en 1934 que le ve como el artista
catalán por antonomasia y Tàpies y Perucho siempre han admirado en primer lugar
en Miró su amor por Cataluña.
La influencia de Cataluña sobre él no es
tanto iconográfica como espiritual. Soby insiste con acierto en la importancia
de la herencia catalana en su inspiración, especialmente de los frescos
románicos, de su música, danzas y festivales.[14] Pero en casi todos los artistas la iconografía es una de
las fuentes más fiables sobre sus ideas y Miró no es una excepción.
Su amor por la simbología catalana se
manifiesta sobre todo en París, como si el estar lejos de su tierra le llevase
a recrearla en sus obras. Los símbolos catalanistas se pueden advertir en
varias de las obras de los años 20, en especial La masovera (1922-1923),
la serie Cabeza de campesino catalán (1924-25), Botella
de vino (1924), o de su madurez, como El segador (1937),
así como en las de las últimas décadas, como las alusiones a las “quatre
barres” que se ven en el tridente de cuatro púas, como los dedos o puntas
dirigidas al aire que corona la escultura, Luna, sol y una estrella (1968).
Persistirá esta sensación de placer sensual
ante la naturaleza de su tierra natal, como demuestra la anécdota de los años
50 contada por Artigas: ‹‹Cuando Miró llegó por primera vez a Gallifa, estaba
muy excitado por las grandes rocas de los alrededores. Salió fuera y comenzó a
pintar sobre ellas directamente, sólo por su propio placer.››[15]
Nuestra opinión es que Miró se vuelca en su
amor por la naturaleza siguiendo una pauta de rechazo al mundo urbano que está
muy difundida entre las vanguardias europeas de principios del siglo XX, salvo
los cubistas, futuristas y expresionistas de izquierdas. El historiador
marxista Arno J. Mayer explica esta querencia —y apunta de un modo general
algunos de los rasgos que veremos en Miró en 1918-1925, desde la deformación de
la naturaleza y el cuerpo hasta la experimentación con nuevas formas de
representación—:
‹‹(...) los artistas del Art Nouveau
coincidían con los postimpresionistas (...) eran ajenos a la ciudad, la
fábrica, el proletariado y las masas. En particular, la ciudad cada vez más
urbanizada inquietaba y enajenaba incluso a los más cosmopolitas entre ellos.
Mientras que los artistas del Art Nouveau trataban de ponerle una pantalla a
ese fermento invasor, casi todos los postimpresionistas trataban de escapar a
él o fustigarlo, aunque fuese indirectamente. En ese sentido, Cézanne, Van
Gogh, Gauguin y Munch no coincidían sólo con Kirchner, Kokoschka y Schiele,
sino con Kandinsky. De hecho, la Babilonia y el Moloch urbanos —todavía
más espectrales que reales— fomentaban la frustración, la ansiedad, el
temor, la angustia y el horror de casi toda la vanguardia del modernismo. La
ciudad, decadente y dinámica, repelente y magnética al mismo tiempo, amenazaba
con destruir la alta cultura y la sociedad que ellos mismos atacaban en otro
tono. Sin saber a dónde volverse, algunos vanguardistas externalizaron su agonía
interna e irresoluta mediante la deformación de las formas naturales y humanas,
mientras que otros pasaban cautelosamente más allá de los objetos, las
situaciones y las personas reconocibles para experimentar con interpretaciones
abstractas y no representativas. (...)››[16]
La historiografía coincide en resaltar la
importancia de su vivencia de la naturaleza y su reflejo en su obra mironiana,
así como la estrecha relación entre las ideas de naturaleza y Cataluña.
La mayoría de la crítica de los años 20 y,
especialmente Leiris, coincidía en que la obra de Miró se creaba en comunión
con la naturaleza y Zervos escribe en 1934 al respecto: ‹‹Los cambios que se
producen en su obra no son jamás producidos por un esfuerzo cerebral. Miró
evita el endurecimiento del espíritu que deja sordo para la voz de la
naturaleza, actuando todos los días por los movimientos interiores que produce
en su ánimo el mundo de las cosas.››[17] Los comentarios de la crítica y la historiografía
norteamericana —Soby, Sweeney, Greenberg— anterior a 1949 abundan en esta misma
interpretación, que seguirán Cirlot, Cirici y el resto de los especialistas
mironianos hasta el culmen de Dupin.
Cirici (1949), por lo tanto, no innova cuando
explica el mundo sígnico de Miró como una manifestación de la cultura colectiva
catalana, enraizada en su naturaleza:
‹‹A nosaltres ens sembla més legítima una
interpretació d’ordre col·lectiu, atès que hem admès que la pintura de Miró és
l’acceptació d’un sistema de signes originats pel seu context. Per tant,
cercarem a la vida social l’estructura que determina la que ara estudiem. No és
difícil, per aquest camí, d’adonar-se que la pintura de Miró és la imatge d’una
cultura que desconfia dels immaterialismes, que té necessitats de força i vol
sadollar-se’n a partir de la pròpia terra, energia nutrícia que en permet d’enriquir-nos
a condició d’establir el màxim contacte, la màxima adherència a les realitats
telAlúriques. També ho és d’una cultura que vol donar vida, energia, força, i
que no troba la possibilitat de donar tot allò que voldria. Tot plegat és la
imatge de tots nosaltres, que en enriquim en contacte amb la terra però que ens
trobem orfes d’unes estructures que es permetin d’adonar-nos, i que ens fa
inútils. Al final de tot hi ha la presència angoixosa de les eines de la
violència.››[18]
Miró (1974) explica a Taillandier que se
refiere a la mitología en relación a la presencia humana entre las cosas, esto
es la idea tanto primitiva como romántica de que las cosas albergan un
espíritu, y que lo humano trasciende en ellas:
‹‹(…) ¿Qué es lo que entiendo por mitología?
Por mitología entiendo algo dotado de un carácter sagrado, como una
civilización antigua. Incluso un árbol es mitológico. Un árbol no es un objeto
vegetal. Algo de humano hay en un hermoso árbol que respira y te oye, que está
enamorado de sus botones cuando sus botones se convierten en flores, de sus
flores cuando se vuelven frutos, que lucha contra el viento y que te ama. Esta
especie de presencia humana en las cosas, eso es para mí la mitología. Es lo
que hace que yo no considere cosas muertas una piedra o una roca. En el fondo,
lo que pinto es, ante todo, esa mitología. (...)››[19]
Más tarde, Cirici (1977) explora aún el
mediterraneísmo mítico de Miró, ligándolo a una concepción más progresista,
revolucionaria respecto a la conservadora "noucentista”:
‹‹Miró pasó, en su juventud, por la escuela
del “Noucentisme”. Ello lo vinculó con el ideal mediterraneísta, tal como era
concebido entonces. Predominio de una visión de la naturaleza relacionada con
una tradición cultural concreta, de raíz griega, que conducía a la
mitologización de las cosas y un entrañamiento hacia la visión sistemáticamente
narradora o trascendente de la realidad. Cada cosa del paisaje sería como la
epifanía de un dios oculto.
Aparte de la visión mitológica general,
existiría el aspecto histórico. La encarnación del contexto humano y
paisajístico en una concepción unitaria, nacional, vinculada a su vez a una
concepción amplia de síntesis mediterránea, en la cual el misterio egipcio, la
racionalidad griega, la organización práctica romana, colaborarían con una
aportación genuinamente catalana de la mesura vinculada con la plenitud física.
Miró se sustrajo a los estrechos límites del
“Noucentisme” institucionalizado, pero ha mantenido siempre las bases del
mediterraneísmo que iría encarnándose a lo largo de toda su vida.
Al principio, pudo existir un bloque
ideológico recibido. Pero también se dio la experiencia vivida, el reencuentro
con la realidad, en Montroig, y la necesaria reflexión en torno a las relaciones
se su paisaje de colinas, de campos y de mar, con el fenómeno urbano. A las
aguas podridas de Barcelona debía oponer las aguas claras de los cántaros de
Montroig. A la estrechez de las calles, la anchura del mar. A la oscuridad del
Pasaje del Crédito, la luminosidad de las huertas y las viñas. Lejos de la
ciudad, el mar se le había de abrir como un camino que comunica libremente con
los focos luminosos de Italia, de Grecia, de Egipto. Un camino para conceptos
de la vida y los mitos.
No abandonará nunca la mitologización de los
elementos del clima mediterráneo. De su topografía, su vegetación, su gente,
las herramientas que le son propias.
Cuando el ideal “noucentista” se estará
desvaneciendo, nuevas formulaciones internacionales volverán a vigorizar la
idea mediterránea. Se pensará en Atenas y se programará con la famosa Carta la
nueva arquitectura del siglo XX. Le Corbusier impondrá al mundo entero las
morfologías mediterráneas del bloque cuadrangular blanco, cubierto con azotea,
de los pórticos y las hormazas. La Vanguardia redescubrirá el arcaísmo. Zervos
incorporará, a través de los “Cahiers d’Art” y de sus libros, las viejas
culturas mediterráneas preclásicas, las más arcaicas, como documentos del arte
actual. Le Corbusier pintará libremente la copia del Moscóforo de
la Acrópolis. Sert y sus amigos reivindicarán desde el GATCPAC y la revista
“A.C.” la arquitectura de Ibiza, los cántaros, los siurells, las
cestas de pescado, las ruedas de molinos, las rejas de arado. El sentido
poético de los ready made se sumaba al hallazgo psicoanalítico
de los mitos. Miró vivía en el centro de la agitación del movimiento moderno, y
especialmente del surrealismo, en el entorno de una apropiación de
primitivismos que había de fortalecer sus conciencia de un mediterraneísmo
diferente del de los “noucentistes”, más profundo, más primigenio, más mágico,
como un mediterraneísmo subterráneo y submarino cuyos tesoros harían aflorar
los artistas más agudos de la época, como si hicieran de sus obras una especie
de pozos de petróleo.››[20]
Dupin (1961, 1993) marca la interpretación
canónica, cuando destaca la importancia del ámbito del campo de Tarragona para
la inspiración de sus paisajes:
‹‹Miró vuelve de sus estancias en el campo
con gran número de paisajes. Le encanta perderse y recobrar el dominio de sí
mismo en contacto con la naturaleza, a la vez exuberante y depurada, violenta y
apacible, de Mont‑roig o de Cornudella. Sólo espera una auténtica revelación de
la tierra con la que se identifica; en ella siembra las ideas nuevas, en la
tierra primitiva y ardorosa que encarna para él el inconsciente ancestral. Hay
toda una serie de paisajes que proceden de un pueblo extraordinariamente viejo
e intacto, que, cuando Miró me lo hizo descubrir, aún parecía el vivo
testimonio de otro siglo: Siurana. El pueblo, con unas cuantas casas grises y
su pequeña iglesia románica, está situado en lo alto de una roca que domina
valles y montañas, aislándolo del resto del mundo. La severa belleza del lugar
explica la panteísta exaltación que inspiró al artista››.[21]
Cassou (1962), siguiendo con bastante
fidelidad a Dupin, destacará el factor mediterráneo cuando resuma el estilo del
joven Miró en el naturalismo realista y detallista, muy ingenuo, de los
primeros decenios, tomado sobre todo de la naturaleza de Mont-roig, hasta la
casi abstracción posterior a 1925, el gran año del cambio en su estilo, cuando
convierte definitivamente en signos su anterior mundo natural:
‹‹Cette part méditerranéenne de l’Espagne qu’est la Catalogne se veut active,
attachée aux réalités élémentaires et immédiats, à la mer, à la terre. Outre le
bouillonnement spirituel du grand emporium barcelonais, la jeunesse de Miró a
subi une autre influence, celle de la nature, et de cette nature-là, la nature
catalane, rude, colorée, homérique. C’est avec elle que, tout de suite, el
s’accorde dans la montagne, dans ce Mont-roig qui sera l’un des constants
séjours de sa carrière et dont il rendra l’humble nom à jamais illustre.
Les premières
périodes de Miró sont essentiellement naturalistes; elles ressemblent à la
nature qui lui est congénitale, où il a ses racines; elles sont, comme elle,
d’un coloris âcre, terreux, rugueux. Paysages et natures mortes se présentent
sous leur jour mouvementé et primitif, avec, souvent, une tendance à une sorte
d’expressionnisme caricatural. On y note aussi une minutie
excessive, un graphisme d’écolier attentif et qui compte les détails. L’un
après l’autre. L’admirable, chez ce Miró de ses débuts, c’est qu’à mesure que
s’accroît et s’enrichit son talent, s’accroît et s’affirme sa naïveté. Plus il
se perfectionne et plus il révèle son ingénuité. C’est là le paradoxe de Miró
et ce qu’il faut appeler son miracle. A examiner les premiers ouvrages de Miró
que l’on connait mal et qui méritent d’être réputés très beaux et importantes on doit incontestablement se
déclarer en présence, chez le jeune artiste, de dons exceptionnels et qui vont
se dépenser avec un succès de plus en plus éclatant. Il y a là une personnalité
originale, vigoreuse et qui va gagner en savoir et en pouvoir. Mais sous ce
progrès, ce qui se discerne de plus en plus clairement, c’est une merveilleuse
candeur. Elle est le principe, de plus en plus apparent et souverain, de cet
art de grand peintre. Cet art de grand peintre, il est celui d’un coeur pur et
simple, d’un homme très doux et très taciturne, replié, mystérieusement et
définitivement occupé du génie de l’enfance.
Peut-être cela
aussi estil catalan, conforme au caractère perpétuellement agreste et primitif
du site catalan, à la simplicité de lignes et de couleurs de cette Méditerranée
inchangée, inchangeable depuis ses premières épopées et ses premières fables.››[22]
Cirici (1977) resume la poética de pesimismo
existencial de un hombre vinculado a la naturaleza “vivida” y que se desgaja de
esta raíz (y aquí reconocemos el origen del aliento ecologista que tan a menudo
Miró mostró en sus últimos años):
‹‹Es sin duda el drama del hombre convencido
de que toda su fuerza le viene de su identidad como hombre de una tierra. El
hombre que advierte que cuanto más permanece en contacto con su tierra más
fuerte se hace y con mayor seguridad crea. El hombre que absorbe esta energía
telúrica y la encarna. El hombre que absorbe que se llena de ella totalmente y,
arrebatado por un entusiasmo que las erecciones revelan, tiende a dirigirlo
hacia el mundo superior. También es la frustración de esta entrega final. De
haberse querido cargar con la esencia de la tierra para entregar su fruto
generosamente y no encontrar acogida, nadie que quiera recibir la oferta,
porque el cielo permanece impasible e inalcanzable.
También es la fidelidad a una visión heredada,
que impide una corrección de finalidades y obliga a la insistencia. La
experiencia dolorosa de la frustración no hace vacilar la fe de Miró en la
excelencia del mundo intangible y puro de las estrellas, del sol, la luna, los
pájaros y las mariposas.
Esta tenacidad explica el aspecto crispado,
violento, indignado, exasperado, que a menudo tienen los personajes, con las
grandes bocas abiertas de par en par, vociferando, y los dientes aguzados como
herramientas de filo.››[23]
Cirici (1977) apunta que el proyecto de Miró
es progresista por cuanto lucha contra el orden establecido procurando un
cambio espiritual profundo:
‹‹La obra de Miró es consecuencia de las
características de un tipo especial de rebeldía, la rebeldía poética, que no es
lo mismo que la rebeldía racional, prosaica. Sus antropomorfos expresan un
deseo de acción, como consecuencia de la realidad telúrica que asumen, pero, en
vez de considerar que la acción puede llevarse a cabo en el mismo mundo
material, a través de la organización, el proceso de transformación y el logro
de un cambio objetivo, sigue teniendo por modelos para un mejoramiento los
elementos llamados espirituales, desencarnados, que la tradición —tanto
la culta como la popular— sitúan en la cumbre de la realidad.
Podemos considerar que los antropomorfos dan
testimonio de la crisis del idealismo, el callejón sin salida al que el
idealismo aboca a quienes desearían emprender el combate por la justicia pero
siguen mirando a las estrellas.
Tal vez este hecho trágico es inevitable
cuando un arte, como el de Miró, se ha orientado básicamente hacia el cambio, y
el cambio no es sino un proyecto irrealizable. Si admitimos que el arte es una
superestructura de las relaciones de producción establecidas, existe una
paradoja en el hecho de trabajar según una dinámica de generosidad que es
exactamente la inversa de la civilización del provecho. Esta contradicción no
anula el valor de la obra. Al contrario, si sabemos que las grandes fuerzas
históricas se producen donde aparecen las contradicciones, podremos leer el
discurso que Miró nos dirige como un discurso de esperanza.››[24]
Santiago Amón (1978) destaca la importancia
de la naturaleza en la obra de Miró, su rasgo personal que mejor le diferencia
de los otros vanguardistas. La impregna de un sentido panteísta, franciscano,
de ejemplo máximo del esplendor de la creación divina:
‹‹(...) bien pudiera Joan Miró, en los
nuestros [días], sentirse desligado de todo magisterio personal y antecedente
para parar en la enseñanza y en el amor de la sola y simple, de la hermana
Naturaleza. Espejos son sus pinturas de la Naturaleza (...) (Las radiantes y
hermanas criaturas de Nuestro Señor!
(...) su moroso y amoroso asomarse al
espectáculo de la Naturaleza omnipresente y de la vida embargante hasta
convertirlas en símbolo de sí mismas, por vía más y más esclarecedora y a favor
de una insólita capacidad reductiva. Fieles a su propia etimología, los
símbolos de Miró comportan siempre una porción de la Naturaleza y de la vida
con un específico significado igualmente natural y vital. “Mi
obra —declaraba recientemente el artista— está cargada de símbolos,
abiertos a la Naturaleza, no al reino de las ideas. Son signos que remiten a la
Naturaleza misma que quieren indicar su enigma diario.”››[25]
El crítico Daniel Giralt-Miracle (1983)
explica sobre la iconografía catalana de Miró, en la línea de un “determinismo
del medio” que parece inspirado lejanamente en Taine, pero que sigue fielmente
la interpretación de Cirici en los años 70, que Miró es un artista radicalmente
influido por el contacto íntimo con Mont-roig, con la vida campesina, desde
1910, lo que se refleja abundantemente en su obra de toda la vida, aunque
destaquen los ejemplos de los años 20:
‹‹En el mundo contemporáneo, el arte de Joan
Miró es, sin lugar a dudas, uno de los embajadores más universales de la
catalanidad. Cataluña es la raíz y el catalizador de una creación que Miró
siempre ha reconocido y ha proclamado. Reportajes, entrevistas, catálogos,
libros, películas... sobre su vida y su obra inciden en este punto
trascendental que si bien en sus orígenes es perfectamente apreciable en la
iconografía de su arte, después de la aventura surrealista se transforma en un
idioma propio de validez internacional.
Para llegar a elaborar su personalísimo
sistema de signos, en ocasiones aparentemente poco ligados a la realidad del
mundo objetivo, Miró nunca perderá el contacto con la naturaleza y con las
primeras experiencias sensibles de su tierra natal, que a través de una larga
evolución y síntesis reducirá a sus rasgos más esenciales y necesarios.
(...) el gran choque emocional que
desencadena en él una plástica determinada se produce en Montroig del Camp
(...).
Sin caer en esquemas reductivos, de los que
siempre ha escapado Miró, en las primeras etapas de su obra se da algo o mucho
de lo que Taine defendió en su teoría del medio. Hay un fuerte reflejo de unos
arquetipos visuales que le sedujeron hasta penetrar en su subconsciente y que
en sucesivas elaboraciones reaparecerán ya sea de forma manifiesta o latente.
La masía, los campos de cultivo, las viñas y
los olivos, los payeses, los animales de granja, el perro, el asno, el caballo,
los árboles y las montañas, el rutilante mundo de los insectos, la barretina,
los aperos de labranza, los objetos y utensilios de la vida cotidiana (plato,
mesa, botijo, espejo, libro, pipa, jarro, cuchillo, etc...), el silencio de la
noche, el cielo, el sol, las estrellas... un cosmos perfectamente inventariable
que es claramente perceptible en sus pinturas hasta 1940 e interpretable, en
tanto que signos, en su etapa posterior.
En más de una ocasión, Miró ha insistido en
la idea de que como catalán su fuerza sube por los pies, nace de la tierra y
por ello puede saltar hasta el cielo, refiriéndose a este tránsito entre lo
telúrico y lo cósmico, que empieza en Montroig y culmina en las infinitas
variantes de sus Constelaciones. Cita a Sweeney, que ha
descrito orteguianamente a Miró y su circunstancia: “Miró es un poeta popular,
un poeta de la tierra, de su tierra natal y de su herencia intemporal. De esta
primera materia, de este escenario íntimo y de esa atmósfera, surgen los
mágicos elementos de su mundo”.
Como en toda interpretación artística, no
podemos caer en simples esquematismos reductivos. Miró no quiere copiar la
naturaleza ni quiere ser un realista más, busca en la tierra aquella energía
transformadora de la realidad, que enardecerá sus sentidos ofreciéndole una
nueva comprensión del mundo por los caminos de la imaginación. Por ello le
fascinaron los surrealistas, porque consideraban la pintura como un medio y no
como un fin, al límite de afirmar: “lo que de la pintura nos debe importar no
es, ciertamente, que siga siendo tal como es, sino más bien si pone los
gérmenes del crecimiento, o si siembra semillas de las que brotan otras cosas”.
Es decir, prosigue en su línea de fusionar las imágenes poéticas con las
visuales, en su convicción de que hay que hacer el mayor esfuerzo posible por
ampliar nuestro campo perceptivo recurriendo a todos los medios a nuestro
alcance, sean conscientes o inconscientes.
Desde esta perspectiva, obras como La
masia (1921-22), La masovera (1922-23), Terra
llaurada (1923-24), La taula (1920), Paisatge
català (o El caçador, 1923-24), el impresionante El
segador que figuró en el pabellón de la República española en París en
1937, o la misma Cap de pagès (1924-25), su más directo
antecedente, son magníficos ejemplos de esta forma suya de abordar nuestra
simbología desde la imaginación y la fantasía. Grandes dosis de información
sobre nuestra vida rural están concentradas en cada uno de sus cuadros, con
simplicidad y sin confusión, de una manera magistral, gracias a esta poética
tan mironiana de transformar lo cotidiano en algo estático, vigoroso, siempre
lozano.
Son símbolos anónimos que aparecen una y otra
vez recordándonos sus esencias (las de la tierra), su vida campesina (su forma
de trabajar) y su altitud de miras (su pintura). Son alusiones que no se
refieren a ninguna persona en concreto pero que en su dimensión intemporal
aluden a su pueblo, a sus gentes y a su particular forma de ver el mundo.
“La més petita cosa de la naturalesa és un
món. Trobo tots els meus termes en el camp y la platja. Trossos d’àncora, peces
de timó, tot això apareix en les meves composicions, de la mateixa manera que
els capriciosos caps de bolets i les infinites formes de la carbassa”.
Aplicarnos el sentido de la realidad, esta es
la fascinación que ejerce en nosotros la obra mironiana, tan catalana y tan
universal.››[26]
Rowell (1986) caracteriza el carácter catalán
y el de Miró por el difícil equilibrio entre el seny (sentido
común, pragmatismo) y la rauxa (pasión, exaltación), en una
tensión entre el sentido de la tierra inmediata y el misticismo de un universo
inconmensurable.[27] Según Rowell, la nacionalidad catalana ha debido ser
reinventada desde 1900 porque había de superarse la gran decadencia anterior
del sentimiento nacional y de la cultura. Miró ayudó en esta tarea a través de
su obra, que sondea la esencia de la catalanidad en la naturaleza y en la
cultura. En la primera, sobre todo la de Mont-roig, de un modo
prioritario:
‹‹Miró’s nostalgia for a Catalan visual arts
tradition was nourished by the process that constitutes myths: a passionate
exaltation of a forgotten past in order to legitimize a present.
(...) Miró searched around him for a
collective visual past. That eternal past, as he saw it, was Catalonia itself:
its light, its soil, its tilled fields, its beaches in the sun. (...) the land and
landscape.››[28]
Pero también en la cultura (y en su seno el
arte) popular, directamente relacionada con el medio que la rodea, pero que se
encardina asimismo con símbolos universales, los que reflejan con simplicidad
los artes románico y primitivo, tan cercanos a su interés por el espíritu y la
magia:
‹‹Aside from his surroundings at Montroig,
apprehended as quintessencial Catalan landscape, Miró also appropriated all
primitivisms and folk art expressions into his heritage, thus expanding his
Catalan identity to encompass many universal expressive conventions. What he
claimed to admire in these popular styles were their simplicity of language,
their immediate impact, their forms that derived from a collective iconography,
and the anonimity of the artists. His constant references to Catalan Romanesque
wall paintings in particular (...). He was equally sensitive to the prehistoric
cave paintings in the south of France and in Spain in which the figurative
representations has magical functions. The possibility of controlling and
directing human events, spiritual activities, even magical forces, through a
spare yet intelligible vocabulary was infinitely atractive to Miró.››[29]
Valeriano Bozal (1992) comenta —tomando como
ejemplo Huerto con asno (1918)— las diferencias en el concepto
y tratamiento de la naturaleza entre los noucentistas y el joven Miró, más
realista e incluso crítico, frente al bucolismo noucentista:
‹‹(...) una pintura de carácter ingenuista
que recupera, en clave lírica, algunos aspectos de la temática que había
preocupado a los artistas catalanes de principios de siglo, a la vez que
contrasta con las posiciones de los noucentistas. A este respecto bueno será
recordar que en estos años Sunyer pinta abundantes paisajes con campesinas y
desnudos, estableciendo una ecuación entre campesinas y desnudos idealizados
paralela a la que se afirma entre paisaje catalán y paisaje idílico, pastoril,
todo lo cual está ausente en Miró: su naturaleza es bien distinta de la
idealizada por el noucentisme, aunque tan catalana o más como la que
defendieron D’Ors, Maragall y Sunyer. Tan catalana y popular como la que
aparece en las figuras de Manolo Hugué, el más excéntrico de los
noucentistas.››[30]
Danto (1993) caracteriza la obra de Miró como
el conflicto entre la particularidad nacionalista catalana y el afán de
universalidad: ‹‹Miró was at once proudly nationalistic and content with
nothing short of universality.››[31]
Rowell (1993), por su parte, se adentra en el
papel de la realidad de la naturaleza, en especial del mundo estelar, en la
obra mironiana:
‹‹El tema de Miró, como él mismo ha repetido
una y otra vez, es el mundo real. (...) Miró nunca abandonará este amor por la
naturaleza. Un amor que, no sólo le proporcionará la calma y la concentración
necesarias para la concepción de sus cuadros, sino también sus motivos
habituales: un auténtico bestiario mítico extraído de los diferentes paisajes
en que le será dado trabajar.››[32]
Lubar es quien más ha penetrado teóricamente
sobre la relación entre las ideas de naturaleza y Cataluña en la obra mironiana.
Este autor presenta las dos posiciones ideológicas, ambas plasmadas en la
crítica cultural respecto a la obra de Sunyer, de la generación de Miró frente
al mediterraneísmo —esto es, la relación entre la tierra y la identidad
nacional catalana—, la de Maragall y la de D’Ors. Ambas posiciones se
encardinan con el tema del noucentisme y su influencia sobre el joven Miró.
Lubar (1993) explica que la visión
mediterránea de Miró no era la de una Cataluña moderna, sino primitiva, según
el ideal noucentista:
‹‹Comparando la volatilidad de la vida urbana
moderna con una existencia arcádica ideal en el campo catalán, Miró preparó su
arquetípica visión de una Cataluña primitiva inalterada por el tiempo, la
industrialización y las transformaciones políticas. El retiro de Miró en
Ciurana marcaba el retorno a una Cataluña mítica, en la que la simbiosis del
campesino y la tierra evocaban imágenes de estabilidad, continuidad y
renovación cíclica.››[33]
Lubar explora las asociaciones que la idea de
Cataluña como nación mediterránea representaban para Miró y sus contemporáneos,
y sitúa los primeros trabajos y escritos de Miró en relación con los discursos
políticos, sociales y culturales predominantes en su juventud, con una cima en
agosto de 1917, cuando se retiró durante unas semanas al pueblo de Ciurana:
‹‹En el contexto de los acontecimientos de
agosto de 1917, el “retiro espiritual” de Miró significaba más que una exégesis
poética. En oposición a las intervenciones políticas e industriales que
polarizaban Barcelona, Miró avanzaba en su concepción de una Cataluña
intemporal y transcendente. En el más amplio sentido, su posición representaba
una firme respuesta a la vida social que intentaba disociar la cultura y las
cuestiones de la identidad nacional de la política: la imagen de una nación
catalana moderna enraizada en las antiguas tradiciones mediterráneas de las que
se derivaban la fuerza y el alimento era el fundamento ideológico sobre el que
se asentaba su postura. Es más, para Miró, así como para numerosos
intelectuales de su generación, la idea del Mediterráneo hacía las veces de
paradigma intelectual mediante el cual se negociaban las salidas de la
identidad nacional, de la regeneración cultural y de la política. (...)››[34]
Lubar remarca que este mediterraneísmo, bajo
la apariencia panteísta de exaltación de la naturaleza, lo que sin duda
repercutirá después en el estilo del realismo detallista de 1918-1922, era más
bien una reivindicación de la presencia humana, de la cultura de las gentes que
poblaban esa tierra. Esto es, de la herencia cultural del pueblo catalán, como
reflejan sus cartas desde 1915:
‹‹En una de sus primeras cartas de las que se
tiene constancia, Miró describía su visión del paisaje mediterráneo. Contando
sus experiencias en el pueblo costero catalán de Caldetas, escribía con
nostalgia al pintor mallorquín Bartomeu Ferrà: “Bella esta estancia en un
pueblo besado sensualmente por el mar y bajo el dosel de un cielo azul, muy
azul, y fecundado por una luz muy potente! He vivido el ritmo de las olas
(...)”.[35] En otra de sus primeras cartas desde Caldetas, Miró
comunicaba su identificación visceral con el paisaje catalán en términos de
intercambio poético entre hombre y naturaleza, describiendo la acción de la luz
mediterránea iluminando el esmalte y las construcciones de piedra del pueblo.[36] Fue precisamente con este espíritu con el que Miró se
llamaba a sí mismo y a Ferrà en otra ocasión “hijos del Mediterráneo”.[37]
Más que la expresión romántica de un
panteísmo común, Miró evocó con gran consistencia la idea del Mediterráneo en
relación con la presencia humana que encierra, situando esta concepción en un
campo de cultura y civilización más amplio. Sus paisajes de pueblos distantes,
campos arados, senderos, puentes, iglesias y casas avanzan una visión
específica de la naturaleza como fundamento de cultura, y de la cultura como
base de la unidad nacional. Bajo esta perspectiva, las descripciones que hace
Miró de Caldetas y sus primeros paisajes quedan enmarcados en un discurso
común, como la idea de Mediterráneo se encuentra implicada en la afirmación
simbólica de una herencia cultural también común.››[38]
Lubar resume sus argumentos respecto al
debate crítico sobre el mediterraneísmo y su imbricación en Miró, derivando a
la consideración del aspecto político del arte de vanguardia en la Cataluña de
entonces:
‹‹Hasta aquí, he considerado el
mediterraneísmo de Miró en relación a tres construcciones específicas: la idea
de un contrato espiritual espontáneo entre el campesino catalán y la tierra; la
noción de una identidad cultural compartida por todas las naciones latinas; y
el modelo iconográfico y lingüístico definido en la teoría estética
noucentista. Ello no quiere decir que estas posiciones ocuparan en la sociedad
catalana espacios distintos y separados. Por el contrario, la crítica mediaba
entre estos discursos, particularmente en lo relativo a la recepción del arte
de vanguardia en Cataluña. A este respecto, debemos recordar que el interés de
Miró en la pintura francesa e italiana de vanguardia se fraguó en las vísperas
de la Primera Guerra Mundial. Los puntos de vista de Miró respecto al arte
moderno se veían necesariamente teñidos por los acontecimientos políticos que
se producían fuera de Cataluña. Es más, en Cataluña su imagen pública de pintor
de vanguardia llevaba inevitablemente su obra a la palestra política de la
crítica cultural, en la que se debatía acaloradamente la posición de un arte
nacional catalán.››[39]
Jiménez Burillo (2002) explica, con ideas que
parecen rebatir a Lubar, que Miró vive el ideal de la naturaleza catalana desde
una posición personal muy vital, pasando por encima muy pronto de los conceptos
noucentistas de mediterranismo y catalanismo, que él supera gracias al influjo
compensador de las vanguardias con un eclecticismo personal que definirá su
propia y personalísima vía de artista:
‹‹El joven Miró no puede ser bien entendido
sin tener en cuenta el contexto marcado por el noucentisme, aunque
él no fuera nunca un noucentista. Cuando Miró comenzó a
relacionarse con los medios artísticos, los primados del mediterraneísmo y del
catalanismo estaban situados como topoi inexcusables para todo
creador del momento. Pero Miró no se relacionó con lo mediterráneo y con lo
catalán desde la exigencia programática, desde el desideratum noucentista,
sino que lo hizo de manera plenamente vital, fluida o si se quiere orgánica con
su propio ser y con su propia realidad. Los paisajes, los bodegones y las
figuras del joven Miró son mediterráneos y catalanes por pura relación
vivencial. En Miró, la exigencia de asumir argumentalmente los rasgos de la
vida urbana moderna habría sido una impostura. En sus declaraciones a Raillard[40], Miró recordaría cómo no entendió muy bien el sentido de
enclaustrar lo mediterráneo en fórmula predeterminada, siendo él, como era, un
creador tan enraizado en su propia geografía originaria. (...)››[41]
Balsach (2003) considera que Miró se aleja
totalmente de la frialdad de Malevich respecto al mundo natural (que toma como
un engaño platónico), para reivindicar el universo visible:
‹‹(...) Superar el universo visible, alejarse
de las cosas, es alejarse del hombre, de su entorno, de su mundo de
representación. Mundo originario el que Miró hace dialogar, transformándolo,
metamorfoseándolo, recreándolo. El sol es, para el pintor catalán, el centro de
la visión, sol al que Malevich compara a las tinieblas de la caverna platónica,
a las sombras de las apariencias. (...)››[42]
Y aporta una visión general de la naturaleza
mironiana:
‹‹En Miró, la visión del mundo es cosmoteándrica,
concepto holístico en el que el sujeto y el objeto no existen como tales, sino
en la que el hombre es auténticamente ingenuo, que en su verdadero significado
quiere decir “el que no separa”: el hombre en plenitud, el que se no se separa
del objeto que contempla ni separa los objetos de la totalidad. Es quien se
experimenta creación y no un simple objeto que la contempla desde su
racionalidad. Ingenuo es quien tiene el sentido de lo cósmico: creación
ordenada y total, trascendente e inmanente a la vez, y que percibe el mundo
como una realidad viviente en la que nosotros somos parte y totalidad que queda
designada en la expresión griega tó hólon.››[43]
NOTAS.
[1] Casamartina,
Josep. El mediterranisme transvertit. “El País”, extra Sant Jordi
(21-IV-2007) 6.
[2] Exposición
*<De París al Mediterráneo. El triunfo del color>. Barcelona. Pia
Almoina-Museo Diocesano (30 julio-10 octubre 2004). Antes pasó por Sevilla y
Granada. 85 obras de 63 artistas: Bonnard, Cézanne, Daumier, Manet, Modigliani,
Picasso, Renoir (dos dibujos y una pintura), Signac, Van Gogh... Comisaria:
Sylvie Buisson, conservadora del Musée du Montparnasse de París. Cat. Cita en
reseña de Catalina Serra. “El País” (31-VII-2004) 27.
[3] Rojo,
J. A. Entrevista. Francisco Brines / Escritor. “La idea central de mi
poesía es el mundo como pérdida”. “El País” (29-II-2008) 51.
[4] Bernier,
R. Miró céramiste, interview par correspondance. “Oeil” 17 (V-1956)
46-53.
[5] Amón. Entrevista
a Miró. “El País” (4-V-1978).
[6] Comadira,
Narcís. The Forms of Paradise: Noucentista Paintibg and Sculpture.
*<Barcelona and modernity. Picasso, Gaudí, Miró, Dalí>. Cleveland.
Cleveland Museum of Art (2006-2007): 249-259. En el mismo catálogo Suàrez,
Alícia; Vidal, Mercè. Noucentisme and the Revival of Classicisme (260-265),
y Doñate, Mercè. The Mediterranean Roots of Noucentista Sculpture (266-272).
[7] Carta
de Ràfols a E. C. Ricart. Selva del Camp (16-IX-1918), BMB. Ràfols propone que
la visita al mas Miró la hagan el próximo sábado 21, saliendo de Vilanova a
Reus, y desde allí a Montr-roig. Ricart se lo ha de comunicar a Miró por carta.
[8] Melià. Joan
Miró, vida y testimonio. 1975: 42-43, y 121.
[9] Carta
de Miró a E. C. Ricart (25-VII-1916). BMB 447. cit. Dupin. Miró.
1993: 49.
[10] Carta
de Miró a E. C. Ricart. Barcelona (7-X-1916). BMB 451. cit. <Miró
1893-1993>. FJM (1993): 122. / cit. parcial. Dupin. Miró.
1993: 49.
[11] Carta
de Miró a E. C. Ricart. Mont-roig (VIII-1917). cit. Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 50. / Rowell. Joan
Miró. Écrits et entretiens. 1995: 59. / Rowell. Joan Miró.
Escritos y conversaciones. 2002: 84-85. / Dupin. Miró.
1993: 49.
[12] Carta
de Miró a J.F. Ràfols. Mont-roig (11-VIII-1918). cit. Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 57. / Rowell. Joan
Miró. Écrits et entretiens. 1995: 67. / Rowell. Joan Miró.
Escritos y conversaciones. 2002: 97-98.
[13] Read. Las
raíces del arte. 1971: 19.
[14] Soby.
<Joan Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 7.
[15] Bernier, R. Miró céramiste,
interview par correspondance. “Oeil”
17 (V-1956) 46-53.
[16] Mayer. La
persistencia del Antiguo Régimen. 1984 (1981 inglés): 193.
[17] Zervos, Christian. “Cahiers d’Art, nº
1-4 (1934). cit. Cirlot. Joan Miró. 1949: 19.
[18] Cirici. L’art català contemporani. 1970.
[19] Taillandier, Yvon. Miró:
maintenant je travaille par terre. Propos recueillis par Y.
Taillandier. “XX Siècle”, París, v.
36, nº 43 (30-V-1974) 15-19. Reprod. en Rowell. Joan Miró. Selected
Writings and Interviews. 1986: 281-286. / Rowell. Joan Miró. Écrits et
entretiens. 1995: 300-305.
/ Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002:
369-374. / <Joan Miró. La colección del Centro Georges Pompidou>.
México. Centro Cultural Art Contemporáneo (12 febrero-24 mayo 1998): 78-82,
para la trad. utilizada aquí.
[20] Cirici. Miró
mirall. 1977: 72-75.
[21] Dupin. Miró.
1993: 49.
[22] Cassou. <Joan
Miró>. París. MNAM (1962): 5-6.
[23] Cirici. Miró
mirall. 1977: 135.
[24] Cirici. Miró
mirall. 1977: 136.
[25] Amón,
S. Las pinturas de Miró. “El País” (11-V-1978).
[26] Giralt-Miracle,
D. Símbolos de la catalanidad de Miró. Especial “La Vanguardia”
(17-IV-1983). Apunto que la influencia rural en Miró es muy anterior (al menos
una década) a la fecha que apunta este autor y que hay varios errores
biográficos en sus comentarios. Pero ello no disminuye el acierto general de su
análisis.
[27] Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 4. / Rowell. Joan Miró.
Écrits et entretiens. 1995: 12. /
Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 20-21.
[28] Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 2. / Rowell. Joan Miró.
Écrits et entretiens. 1995: 10. /
Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 18-19.
[29] Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 3. / Rowell. Joan Miró.
Écrits et entretiens. 1995: 11. /
Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 19.
[30] Bozal. Pintura
y escultura españolas del siglo XX (1900-1939). 1992: 357.
[31] Danto,
Arthur Coleman. Miró’s little miracles. “Art News”, v. 92, nº
8 (X-1993): 140.
[32] Rowell. Joan
Miró: Campo-Stella. 1993: 17-19.
[33] Lubar. El
Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan
Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 25.
[34] Lubar. El
Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan
Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 26-27.
[35] Carta
de Miró a Ferrà. Barcelona (15-III-1915). cit. Serra. Miró y Mallorca. 1984:
226‑227.
[36] Carta
de Miró a Ricart. Caldetas (31-I-1915) BMB 444.
[37] Carta
de Miró a Ferrà (s/f). cit. Serra. Miró y Mallorca. 1984: 224.
[38] Lubar. El
Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan
Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 27.
[39] Lubar. El
Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan
Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 32.
[40] Raillard. Conversaciones
con Miró. 1993 (1977): 78, 138, 162 y 235.
[41] Pablo
Jiménez Burillo. La generación del 14. Comentarios a una exposición.
*<La generación del 14, entre el novecentismo y la vanguardia (1906-1926)>.
Madrid. Fundación Cultural Mapfre Vida (26 abril-16 junio 2002): 47-48.
[42] Balsach. El
sol en los ojos. Imágenes del sol y visión solar en la obra de Joan Miró.
<Joan Miró. Càntic del sol>. Valladolid. MEAC Patio Herreriano
(2003): 58-59.
[43] Balsach. El
sol en los ojos. Imágenes del sol y visión solar en la obra de Joan Miró.
<Joan Miró. Càntic del sol>. Valladolid. MEAC Patio Herreriano
(2003): 52.
[44] Llorens. La
catalanidad de Miró. <Miró: Tierra>. Madrid. Museo Thyssen-Bornemisza
(2008): 22-27.
domingo, abril 02, 2017
La estética de Miró. 32. Entre la realidad y la abstracción.
Entre
la realidad y la abstracción.
Miró pintando en Nueva York en 1947, cuando
tomó contacto con el expresionismo abstracto.
Miró representa dentro del arte del siglo XX un
excelente ejemplo del conflicto artístico entre realidad y concepto (en sí
mismo con vocación abstracta), justo cuando penetraba entre este ancestral
dualismo un convidado destinado a apoderarse del reino: la abstracción. La
evolución de Miró a lo largo de toda su vida será un permanente diálogo crítico
entre esta triada constituida a su vera en París. El cubismo de Picasso y
Braque era tan hermético que lindaba con la abstracción y lo mismo le ocurre al
surrealismo abstracto de Miró.
Las pinturas oníricas de fondo monocromo (sea
azul, blanco o gris) de 1925-1927 son sus primeras obras en poder llevar el
distintivo de abstractas, las que permitirán a buena parte de la crítica
adscribir a Miró, junto a Masson, a la tendencia del surrealismo abstracto.
Miró le cuenta a Soby: ‹‹Hacia 1925 pinté una serie de pinturas abstractas y
creo que este tipo de pintura encuentra su ámbito más adecuado en la pintura
mural: la abstracción es una postura extrema que no se puede mantener porque no
existe progreso posible.››[1] El pintor catalán pronto abjuró de estas pinturas, y se
mantuvo perseverante en sus juicios de rechazo a la abstracción, en gran parte
por la opinión peyorativa que Gasch, Prats y otros de sus amigos sentían hacia
ella.
En 1936 rechazará en los términos más
despectivos que su obra sea abstracta:
‹‹Avez‑vous jamais entendu parler d’une sottise plus
considérable que l’ “abstraction‑abstraction”? Et
ils m’invitent dans leur maison déserte, comme si les signes que je transcris
sur une toile, du moment qu’ils correspondent à une représentation concrète de
mon esprit, ne possédaient pas une profonde réalité, ne faisaient pas partie du
réel! J’attache d’ailleurs, vous le voyez, a la matière de mes oeuvres, une
importance de plus en plus grande. Une matière riche et vigoureuse me paraît
nécessaire pour donner au spectateur ce coup en plein visage qui doit
l’atteindre avant que la réflexion n’intervienne. Ainsi la poésie,
plastiquement exprimée, parle‑t‑elle son propre langage.
Dans ces
conditions, je ne peux comprendre —et tiens pour une insulte— qu’on me range
dans la catégorie des peintres “abstraits”.››[2]Y mucho después declara (1968) que no se siente pintor
abstracto: ‹‹Yo nunca he sido abstracto. Siempre que se parte de una realidad y
se plasma en una realidad es que tiene fuerza de irradiación y vida propia; si
no, es una cosa muerta y, por lo tanto, cosa abstracta, fría y negativa.››[3]
Esto es, después de una breve incursión, que se
repetirá varias veces en años posteriores, Miró vuelve a sus raíces realistas,
cada vez más convencido de que su propio camino está en la realidad. Es en los
años 1922-1924 cuando asienta de un modo casi definitivo su concepción acerca
del problema del realismo y la abstracción. Explica en una carta de 1923 sus
primeros tímidos pasos hacia la abstracción: ‹‹He aconseguit ja desfer-me en
absolut del natural i els paisatges no tenen res a veure amb la realitat
exterior. (...)››.[4]
En el verano de 1924 le escribe a Leiris sobre
su deseo de alcanzar una pintura despojada, desnuda de todo lo accesorio,
concentrada en un minimum de símbolos (y el color es uno
especialmente importante) y signos:
‹‹Me aparto de toda convención pictórica (...)
Al comparar telas simplemente dibujadas —a lo más, con un ligero
colorido— con otras pintadas he notado que éstas llegaban menos
directamente al espíritu (...) Insisto en el carácter mucho más hondamente
conmovedor de mis telas que sólo están dibujadas y nada más llevan algunos puntitos
de colores, un arco iris. Nos conmueven en el sentido más elevado de la palabra
(...) Concibo mis últimas telas como un rayo, un flechazo de amor desprendido
por completo del mundo exterior.››[5]
Miró asienta su poética acerca de la realidad.
¿Cuál es el concepto de la realidad en Miró, si su obra no es exactamente
mimética ni abstracta? Al respecto, tomemos un análisis de Subirats sobre la
vanguardia en general y su programa estético de superación y negación de la
mímesis, en el que distingue la vanguardia (cubismo, expresionismo,
constructivismo, suprematismo, neoplasticismo, futurismo...) del arte abstracto
en cuanto que la vanguardia entiende la mímesis como simulacro, mientras que el
arte abstracto la entiende como copia o réplica de la realidad. Por ello, ‹‹En
lugar de la experiencia mimética de lo real, las vanguardias proclamaron lo
real como producción estética.›› Ahora podemos entender el sentido profundo de
la inspiración de Miró en la realidad: busca la sensación inspiradora en el
mundo de lo real pero sólo para trascenderlo, encontrar su naturaleza más
oculta, permanente (incontingente) y universal. Miró desarrolla un nuevo mundo
imaginario, dotándole de naturaleza real en su arte. Como continúa diciendo
Subirats: ‹‹el arte [en las vanguardias] es elevado a la dignidad
teológico-escatológica de potencia creadora, y a la altura metafísico-política
de principio constitutivo de la nueva realidad del mundo››.[6] Pero si en la mayoría de las vanguardias esto se hizo
mediante la búsqueda de la pureza de las formas (desde el cubismo hasta el
neoplasticismo) o la abstracción pura, en cambio el surrealismo (que Subirats
no califica en momento alguno como vanguardista y que en Miró en esta fase es
más bien presurrealismo) se focaliza en el interior del hombre. Si la
vanguardia busca la razón y el orden, el surrealismo (un movimiento moderno)
busca la sinrazón y el desorden sin ánimo alguno de reinstaurar el orden. Y,
sin embargo, este desorden es esencial a la pacificación, a la felicidad del
individuo. En este sentido, el surrealismo podría interpretarse
contradictoriamente a la vez como un neo-humanismo, como un anti-humanismo, tan
clásico como el propio cubismo, con una estética antitética y complementaria de
este. El surrealismo se ligaría más a la visión vitalista de Rousseau que a la
racionalista de Diderot y otros autores de la Ilustración.
Por todo esto, la contrariedad de Miró, cuando
decían que su obra era abstracta, es la misma que la de otros contemporáneos
que son afines a las ideas del surrealismo hacia 1925. Cuando Picasso escuchó
la crítica de que en Las señoritas de Aviñón había eliminado
la realidad, le respondió a Zervos que: ‹‹Todos los elementos de la realidad
habían sido escrupulosamente conservados en su trasposición a los cuadros.››[7] Christian Zervos escribe en 1935: ‹‹No hay arte abstracto.
Siempre hay que comenzar por algo. Luego se puede suprimir
toda apariencia de realidad. En ello ya no hay peligro, pues la idea del objeto
ha dejado una impronta imborrable... No se puede contrariar a la naturaleza. Es
más fuerte que el más fuerte de los hombres.››[8]
Pero la abstracción es un concepto que podemos
emplear para referirnos a gran parte de su obra pese al rechazo del propio Miró
y a que muchos autores (Bonet, Bozal, De Diego) jamás lo admitirían. Pese a él
mismo, sí cabe hablar de abstracción en una obra en que lo que importa no es el
significado sino la resolución de los elementos plásticos, en la que Miró
demanda del espectador que se desinterese de la representación —de lo
representado y se apasione por la emoción instintiva—. Para el artista la
auténtica pintura se independiza de la representación y, como ejemplo de esta
fractura íntimamente estética, nos confiesa que gira, voltea, juega con la
disposición horizontal, vertical o invertida del cuadro, con total impunidad,
como si fuera un juego de provocación.[9]
Su amigo Llorens Artigas llegará a decir que un
buen cuadro se reconoce porque es igualmente bueno si lo miramos invertido[10]y para el caso tenemos varios ejemplos de cómo los esbozos
de Miró acaban en obras invertidas, en los que el cielo inicial acaba como
suelo porque lo que quiere es expresar una emoción y la naturaleza es sólo un
inicio inspirador.

Herbert Read.
Esta voluntaria ambigüedad entre realidad y
abstracción, este juego de construcción y deconstrucción, es la explicación
profunda de que Miró deje al criterio del espectador la identificación de las
figuras de sus obras. Cualquier interpretación personal es válida en un mundo
absurdo. Así, el artista procederá a recrear con entera libertad el mundo, con
un punto inquietante de acidez. Esto lo ha percibido la crítica. Por ejemplo,
Herbert Read, comparándolo con Tàpies (un artista mucho más cercano a la
realidad “natural”, a la que no deforma) nos advierte que ‹‹El “personaje” de
Miró es una deformación bella pero grotesca del hecho natural.››[11] Respecto a la ambigüedad en la identificación de las
figuras de Miró escribe Mitchell: ‹‹Incluso cuando la obra de arte ya ha sido
terminada, la interpretación del espectador no es menos válida que la suya
propia, e incluso puede llegar a ser más penetrante, más profunda, más
reveladora de la verdad subyacente.››[12]
Miró no ponía límites a su imaginación, como
recoge Baron en L’an I du Surréalisme:
‹‹Un día que estaba yo con Paul Éluard y otros
amigos en el taller que tenía Miró en la calle Blomet, al lado del de André
Masson, el pintor hacía desfilar sobre su caballete, sin comentarios y con
mucha ceremonia, sus cuadros recién terminados. En uno de ellos podía
distinguirse, por encima de su horizonte lineal, una forma parda rodeada de una
especie de pelos negros que planeaba sobre lo que podría ser el cielo... Pero,
¿quién podría describir un cuadro de Miró? Misterio... Todavía me parece
escuchar a Éluard que dice, rompiendo el silencio:
-¡Bonita patata!
-No —dijo Miró, con voz dulce—. Es el
sol.››[13]
Mitchell llamará “revolución camello-ballena”
—en referencia a Hamlet, que se mofa de Polonio acerca de las fluctuantes
interpretaciones de la mismas forma nubosa poniendo como ejemplos un camello,
una comadreja y una ballena— a este fenómeno moderno de consagración de la
libertad interpretativa del espectador (activo, implicado, participante por
fin) ante la obra de arte y considerará que el surrealismo es el movimiento
artístico que mejor se le aviene, aunque se había consolidado con el cubismo y
el arte abstracto y tenga unos orígenes incluso más lejanos.[14] Un buen ejemplo para Mitchell es una escultura de Miró, la
tardía El pájaro lunar (1966), de la que destaca su carácter
entre figurativo y abstracto, que permite numerosas interpretaciones.[15]
Miró se debate siempre entre dos pulsiones
estéticas: el realismo que le permite llegar a la gente, ser comprensible para
el profano; la abstracción que le hermana con la vanguardia más rupturista con
las tradiciones artísticas. Este conflicto estético, irresoluble por demás, le
limita ciertamente pero a la vez le estimula para llegar a las fronteras de un
estilo personal, el comúnmente llamado “lenguaje mironiano”, el que va
madurando en los años 20 hasta encontrar su punto ya definidor hacia 1937. Miró
declara sobre la lucha que se desarrolla en su obra de 1929 entre la
descripción realista y la abstracción: ‹‹Par contre mes “portraits imaginaires”
sont représentés [en esta exposición]. Voilà Portrait d’une dame en 1820 [1929],
et La Reine Louise de Prusse [1929]. A travers la lutte entre
les formes descriptives et les formes abstraites et l’ambiguité de
signification qui en naissait, je cherchais à dégager la forme‑mère.››[16] Desde entonces la victoria realista parece evidente,
al menos en su pensamiento, como refleja una entrevista (1958) —en la que
mantiene que no conoce a Larionov, porque no podría conocer su trabajo si no
vive en París, aunque lo cierto es que este artista vivió en esta ciudad 40
años y que Miró nunca supo de su obra abstracta, tan alejada de sus propios
intereses—, donde afirma que sus signos no son abstractos, sino ideogramas como
los chinos y reconoce que experimentó la abstracción a finales de los años 20 y
que se le ha calificado como abstracto, pero nunca ha tenido la intención de
ser un artista abstracto. ‹‹[first begin experimenting in this
style abstract?] Toward the end of the twenties. I have often been called
abstract painter, but it has never been my intention to be abstract.››[17]
Por mi parte, afirmo como válida la adscripción
de Miró a la corriente del surrealismo abstracto, porque así se explican dos de
sus pulsiones más significativas: la representación de la realidad oculta y el
rechazo del ilusionismo. Hay bastantes fuentes de autoridad para defender esta
afirmación, pese al rechazo furibundo que seguramente Miró nos dedicaría. La
principal legitimación viene del propio Miró, quien reconoce la relación de su
arte con el primitivo, y es que éste es abstracto, pues como establece con razón
Giedion, en El presente eterno, en rigor, el arte comenzó con la
abstracción, en los símbolos de las cuevas paleolíticas, en Lascaux, en
Altamira..., con una abstracción “simbólica”, que representa formas y figuras
que no existen en la naturaleza y que revisten un significado simbólico, pues
nacen de la necesidad de dar forma perceptible a lo imperceptible. No otra es
la intención de Miró. Como explica Ceysson, el artista sólo obedece a criterios
estéticos, sin preocupaciones externas, y sigue el consejo de Manet de “Cambiar
constantemente de métodos y de estilos. Cada obra debe ser una nueva creación
del espíritu”, su constante innovación (en concreto los objetos de los años 30,
tras el “asesinato de la pintura”) es una ‹‹aspiración de retorno a la inocencia
del niño, del loco o del hombre de antes de la historia, a unos comportamientos
“fabricadores” primigenios en los que la captación de lo real no es sólo
utilitaria, sino que implica un ritual, una celebración de los ritos
fundadores.››[18]
Miró, influido por el arte primitivo y
románico, de predominio claramente conceptual, será uno de los adalides de un
arte conceptual (poco que ver esto con el arte conceptual) pese a sus continuas
manifestaciones de ser sólo un pintor realista. Sin duda no había aquilatado
que inspirarse en la realidad no es lo mismo que ser un pintor realista. Al
igual que casi todos los artistas contemporáneos de vanguardia —Kandinsky,
Klee, Mondrian o Max Ernst estarían entre las contadas excepciones—, carecía
del grado de formación filosófico-estética que le hubiera permitido comprender
la radical diferencia entre concepto y realidad, entre pensamiento ideal y
objeto material.
A continuación pongo un ejemplo para aclarar
este punto: el Dios de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina es muy realista, muy
fidedigno respecto al cuerpo humano, más naturalista que casi cualquier obra de
la época, pero su intención es idealista, la de reflejar una belleza perfecta.
En cambio, los personajes de Giotto en la Capilla Scrovegni, dos siglos antes,
son mucho menos naturales que los de Miguel Ángel, pero su intención es mucho
más realista. No es únicamente el resultado sino también la intención y la
mentalidad del artista lo que debemos juzgar. Miguel Ángel nos parece mucho más
realista porque estaba inserto en una reciente e impresionante tradición
renacentista, mientras que Giotto nos lo parece menos porque era el iniciador,
el rompedor de esquemas, sin que pudiera contar con el beneficio de unos
modelos inmediatos.
Añado que Duvignaud, en Sociología del
arte (1988), plantea una renovación de los objetivos de la sociología
del arte, que entiende como una “historia social de lo imaginario” y, al
respecto, cuando Miró nos ofrece su conocida visión de sí mismo como pintor de
la realidad, jamás abstracto, nos hurta una parte de esa visión, pues como
señala Duvignaud, la realidad entendida como naturaleza que describe el artista
no puede ser la naturaleza “en sí misma”, sino que se trata de una naturaleza
doblemente traspuesta, una primera vez por la sociedad, una segunda vez por el
creador.[19]
La historiografía ha coincidido por lo general
en dos afirmaciones: que la obra de Miró tiene poderosos elementos abstractos,
aunque, con todo, es un artista realista.
Clement Greenberg.
La crítica norteamericana —Greenberg y más
tarde le siguen Hunter, Rubin, Rose, Rowell...— ha sido la más madrugadora
y entusiasta en remarcar las características abstractas de las obras de Miró.
Greenberg (1948) es, sin duda, el crítico que más defendió que Miró tuvo una
fase abstracta en los años 20; probablemente porque el norteamericano estaba
empeñado en sentar las bases de una pintura abstracta y pura como el arte
perfecto. Sostiene que el Miró surrealista que se inicia hacia 1924 es un
pintor abstracto, como demostraría la estilización de sus personajes en la
serie de Paisaje catalán, Pastoral y La
familia.
‹‹1924, the year in which he finished The
Tilled Field, saw Miró’s art decide itself with a suddenness and violence
of change that have nothing like them elsewhere in his career. With one abrupt
leap, led up to by few preliminaries, he arrived at the abstract. Nature, the
so-called “objective”, was still the point from which he began, but the result
became something far removed from that. And since the result is what counts in
art, I feel justifies in terming Miró’s art from 1924 or as more or less
abstract.››[20]
Artner (1993) comenta que la muestra <Joan
Miró> en el MoMA de Nueva York (1993-1994) extiende el debate sobre
si es un surrealista o un genio de la abstracción (este es el subtítulo del
artículo).[21]
Kramer (1993), en un artículo
aprovechando la antológica <Joan Miró> en el MoMA de Nueva
York (1993-1994), comenta que Miró rechaza la abstracción y se considera
un pintor realista en cuanto sus pinturas están gobernadas por las convenciones
de la observación directa y la descripción precisa, aunque luego simplifique y
transforme los elementos. Para entender las obras realistas de Miró nada mejor
que compararlas con un paisaje del aduanero Rousseau. Así, La
Masía es también: ‹‹and affectionate and painstaking evocation of a
beloved paradise. (…) This mastery picture is, in any case, more a dream of
Montroig than a realistic depiction of it.››[22], porque su estructura pertenece al cubismo que ha
aprendido en París.
Volviendo a la relación de Miró con la
abstracción, la estancia de Miró en el París de los años 20 no le pone en
directa relación con los focos de la pintura abstracta europea (Alemania,
Rusia, Holanda), salvo cuando llegan sus obras a exposiciones parisinas, o
permanecen aislados (lo que ocurrió a Mondrian en su estancia parisina). Los
maestros de la Escuela de París, Matisse; Derain, Picasso, Léger o Gris, son
todos figurativos y contrarios a la abstracción. Pero fue justamente en este
medio y pese a sí mismo, que Miró se convirtió en un gran pintor abstracto (una
tesis que según Kramer le permitiría ser después el puente hacia el
expresionismo abstracto): ‹‹Yet it was out of this artisic milieu, which
was so hostile to the aesthetics of abstraction, that Miró emerged as one of
the greatest painters of the century. That he became an abstractionist despite
himself and despite all of his vociferous denials, hardly matters.››, como
demuestra una obra tan abstracta como El nacimiento del mundo. ‹‹It
is thus one of the ironies of modern art history that Surrealism, which was
itself so hostile to abstraction in theory, served as a catalyst for Miró’s
unexpected leap to abstraction.››[23]
Kramer (1993) considera que la muestra
organizada por Lanchner en el MoMA (1993-1994) presenta bien esta tensión entre
abstracción y realismo, y, como ella, no está de acuerdo con la visión que
tenía el artista de sí mismo como radicalmente anti-abstracto, concluyendo que
fue precisamente: ‹‹And it was a master of abstract painting that Miró
exerted his greatest influence on the New York School››, justamente lo que vio
Greenberg en su monografía de 1948.[24]
Juan-Eduardo Cirlot (1949) considera que Miró
equidista del realismo y la abstracción, Sobre el estilo permanente de Miró,
ese carácter que le daría una personalidad propia y continua en el tiempo,
alejada de los ismos temporales y perecederos, establece que
Miró, como en algunas fases Klee y Picasso, recurre al esquema o forma
“intermedia” de la realidad, como medio de lograr (más bien, buscar) una equidistancia
entre la abstracción pura y la fidedigna copia respecto al mundo-realidad:
‹‹El esquema es la reducción a un reino
ambivalente y concentrado de los factores más importantes, tanto de lo que
constituye el factor externo de la emoción artística: modelo, materia, etc.,
como de lo que enhebra esta exterioridad en una forma apasionada; esto es, la
médula de la pasión actuante. El esquema es tanto más perfecto cuanto mejor
reúne las peculiaridades del ánimo y del espíritu creador con las de la
inamovible realidad objetiva. Para que esa doble interfusión se produzca, es
necesario que la significación-motivo del acto creador “entre en el alma de la
forma externa” y la subyugue a sus propias finalidades líricas. Cuando este
ideal esquemático se cumple, el resultado es un esquema coherente, expresivo,
dúctil, que delata el temperamento, el tono, la fuerza, el grado de la pasión y
del intelecto autores, no menos que la carga emocional derivada de la cosa.››[25]
Cirlot destaca entre los infinitos modos
posibles del esquematismo a dos: el instintivo, que agrupa las formas, los
colores y las líneas según necesidades patéticas, y el geométrico, que los
ordena según prefiguraciones ideológicas y culturales. El de Miró sería
incontrovertiblemente el primero, por su constante búsqueda de la emoción con
un arte primitivo-infantil, y su esquematismo está presente en todas sus obras
desde 1924, aunque ocasionalmente incorpore elementos traídos del
mundo-realidad, como ocurre en ‹‹Cuerda y personajes (1935), en la
cual un rollo de cuerda está adaptado al óleo sobre cartulina, produciendo
aquella fortísima impresión del dualismo substancial (...) [como el] gran
collage de 1932 con los retratos de señoras de principios de siglo pegados
sobre los meandros de líneas dibujadas a pluma.››[26]
Georges
Ribemont-Dessaignes (1956) se decanta por un Miró pintor-poeta abstracto desde
las pinturas-poema y oníricas de 1925-1927:
‹‹La poésie est la réalité de l’abstraction.
Aussi peut-on
aussi bien affirmer que Miró évolue sur une ligne de plus en plus abstraite,
mais que sur cette ligne il crée une réalité de plus en plus concrète. Il a
créé un monde auquel il est mêlé si profondément qu’on ne peut plus les
distinguer l’un et l’autre.
Quelques
merveilleux exemples de cet état actif, de ces moments d’action, de
ces moments poétiques (au sens étymologique grec) sont bientôt offerts durant
la période de 1925-1927, où excité par l’état d’esprit surréaliste, Miró oublie
les descriptions humoristiques et les transpositions « animistes” d’un
univers de forces déchaînées. Il découvre une simplicité de ton dans un nouveau
langage.››[27]
Soby (1959) sólo indica que hacia 1925 Miró
pintó obras al menos relativamente abstractas: Hombre con pipa, el
candil, Pintura, “Le corps de ma brune...”.[28]
Hunter (1959) en su monografía sobre la obra
gráfica de Miró, sigue los planteamientos de Greenberg sobre el Miró
pintor-poeta que ofrece un mensaje entre los extremos de la realidad y la
abstracción, y opina que en 1925 Miró ‹‹abandonó la fórmula realista (aunque
con esquematismo y sentimiento mágico), de su primer periodo, por un
procedimiento más personal basado en el espacio, el color y unas formas
biomórficas de sentido ideográfico, que le llevaron hacia una progresiva
“abstracción virtual”.››[29] La influencia determinante en este cambio es el surrealismo:
‹‹Le penchant de
Miró pour la littérature et pour cette image de soi en tant que poète à
laquelle il s’est toujours tenu, le servirent favorablement. [cita de
Greenberg] (...). Il confronta le côté spéculatif et philosophique du
surréalisme, ses désordres systématiques et ses techniques académiques
policées, avec la sensualité du peintre pur, opposant la face du poète au
“daimon” contraire de l’abstraction. Son oeuvre porte en elle ces deux forces,
fondamentales dans la peinture moderne. (...)››[30]
José Pierre (1961) considera que Miró no es
abstracto porque quiere un arte que signifique; otra cosa es que Miró haya
querido divertirse pintando algunas obras rápidas, con un trazo sumario. Al
respecto, José Pierre escribe en el 50 aniversario de la primera obra
abstracta de Kandinsky que hay dos líneas en la abstracción moderna: la serena
y equilibrada; la expresiva e impetuosa, y que sólo tres pintores surrealistas
continúan siéndolo en 1961: Miró, Svanberg, Lam.[31]
El crítico de arte Harold A. Gregory (1961),
por contra, sostiene, indirectamente, que Miró es un artista abstracto, contra
la tesis generalizada de que el arte abstracto no es representacional:
‹‹First, abstract art is not a replacement of
traditionally representational art. There will always be the classics in any
art. Abstract art is a special form of philosophical, decorative, schematic,
and intuitional art which has a function and a life of his own. And, in spite
of the seemingly confused outlook in some of the types, the sincere abstract
art will still reflect the responsability of the artist. It will show the great
artist golden rule of harmony, balance, and sequence which is imbedded in the
soul of any true artist.››[32]
Seuphor (1971) considera que Miró es un
pintor situado al filo entre lo figurativo y lo no figurativo, aunque en la
mayoría de sus obras se decante por lo primero, y señala que su obra más
abstracta ha influido en algunas piezas de Picasso (la ilustración de un poema
de Reverdy), mientras que su obra mágica ha influido en Baumeister durante su
último periodo.[33]
Gaya Nuño (1975) explica del estilo mironiano
de madurez —se entiende que se refiere a toda su obra “simplificadora”
desde mediados de los años 20—:
‹‹¿Pintura abstracta? Decididamente, no. Si por
su apariencia final pudiera parecer así, si en teoría puede ser Juan Miró
responsable de más de un modal antifigurativo, siempre hay en sus obras una
referencia, todo lo sutilizada que se quiera, o un esquema humano o animal, a
una estrella, a un sol o a una luna, con lo que su postura a este respecto
viene a ser en cierto modo paralela a otro artista gemelo en fantasía plástica
y en hondo misterio, a Paul Klee. Pero también puede acontecer que un cuadro de
Miró rebase estos indicios figurativos y se convierta en pura abstracción. El
caso no tiene importancia. En criatura tan libre de compromisos, de escuelas,
de movimientos colectivos cual es Miró, todo cuanto haga es, será suyo y sin
relación con nada ni remotamente parecido. Y, además, es inimitable, y no es
cabeza de ninguna promoción obediente a sus principios, no transmisibles,
imposibles de degenerar en fórmula.››[34]
Cirici (1977) apunta indirectamente como causa
de la percepción como abstracta de la obra mironiana que a partir de 1923
representa generalizaciones de visiones internas:
‹‹Las representaciones que aparecen en las
pinturas de Miró no aluden nunca a hechos concretos, sino a generalizaciones.
Sólo en la primera época no dio retratos y paisajes que, por más que se
hallaran transformados por razones diversas, se basaban en una información
sobre realidades concretas.
Pero a partir del momento de 1923, en el que
Miró invirtió los términos de su trabajo y en lugar de interiorizar visiones
pasó a exteriorizar vivencias o estados de ánimo, su obra era
necesariamente —como los conceptos— una generalización sobre la base
de las cosas vividas.››[35]
Gaëtan Picon (1981) relaciona la obra primera
de Miró de los años 20 con la posterior, con el ligamen del esfuerzo por
desarrollar un alfabeto sígnico en el que se fundan lo real y lo imaginario. En
este sentido, Miró siempre sería un artista realista. Su avance no es olvidar
la realidad, sino representarla simbólicamente, con tal novedad que a menudo no
captamos la relación inmediata y tendemos a ver sólo imaginación, fantasía,
cuando Miró jamás ha roto la unidad dentro de la dualidad. Miró no se aleja de
la realidad, sino que se refugia “en” ella:
‹‹Cuando Miró pasa sin transición del realismo
detallista de La Mujer [¿La Masovera? de 1922-23] a la
escritura metafórica de Tierra labrada se puede ver en ese
despegue el más puro ejemplo de la fusión de lo real con lo imaginario. Pero no
se trata de la transcripción de un sueño (como Chirico) ni de un efecto de
rareza (como Ernst) nacido del encuentro de elementos reales dispares, sino del
intento bien distinto (mucho más cercano al de Klee, descubierto por Miró en
1924) de un nuevo vocabulario, de una denominación inédita de los elementos de
lo real. Pues ahí están la casa, los animales de corral, el árbol... un universo
familiar, una aplicación terrena, realista, muy lejos del surrealismo que es,
evidentemente, urbano y mental, sin contacto con las plantas y los animales. Y,
por otra parte, no se trata de hacerlos emigrar, de situarlos en el círculo de
la rareza, de lo insólito, sino de representarlos simbólicamente, de hablar de
ellos empleando un nuevo lenguaje: Miró está a la vez más cerca de lo real, que
cataloga, y más lejos, pues la coherencia y la suficiencia del nuevo lenguaje
son tales que la referencia se pierde de vista. Verdad es que Miró se
evade en la naturaleza y no fuera de ella; y
la línea del horizonte, con la escalera que une ambos mundos, tierra y cielo,
realidad e imaginación, tan frecuente en sus cuadros, mantiene y recuerda la
dualidad. Pero no es menos cierto que aquí se abre un mundo autónomo, que
únicamente rechaza a su director: el Miroland. En los cuadros de 1926
a 1929 el espacio ya no se ahonda: se acabó la engañifa.
¿Reflejo —fiel o deformado— de las cosas? No: página de un
alfabeto.››[36]
Barbara Rose (1982) apunta que su pintura de
mediados de los años 20 está a caballo entre el realismo y la abstracción, por
lo que no cabe afirmar que Miró —siempre atento a mantener la estructura y el
sentido esencial de la naturaleza— es un surrealista “automático” o un “action
painter”:
‹‹The declaration of the autonomy of line,
first by Klee and Kandinsky, then by Miró, rather than Surrealist “pure psychic
automatism”, is the most important precedent for converting non-descriptive,
non-objective drawing into the physical gesture of “action painting”. However,
Miró’s reduction of the illusionistic content of painting, its tactility, and
sculptural three-dimensionality into a sign referring to, but not completing,
the original tactile, sculptural experience was far more sophisticated than the
superficial existencialist rationale of “action painting”. This explains why
Miró’s paintings maintain themselves structurally and conceptually, whereas
much “action painting” fails to cohere pictorially in a totally convincing
manner.››[37]
Ceysson (1983), basándose en la autoridad de
Rubin, afilia al Miró de los años 20 a la corriente abstracta:
‹‹William Rubin designa a Miró como el pintor
más importante de la tendencia “revolucionaria” [abstracta] del surrealismo, es
decir la que se opuso a la ejecución gráficamente equívoca de las imágenes del
sueño. Y añade que la obra de Miró, junto a la de Masson, es la que ha tenido
más importancia para la pintura norteamericana, estimulando su radicalización y
su afirmación formales. Por lo tanto la obra de Miró, al igual que la de
Masson, recibe elogios por lo que se alejó de la ortodoxia surrealista.››[38]
Whitford (1987) explica que su abstracción se
inspira en la naturaleza por lo que no puede considerarse pura: ‹‹Such
abstraction is commonly called organic in order to emphasize its affinities
with natural forms and natural processes of growth. Miró’s paintings,
which include forms reminiscent of human figures, as well as plankton and other
even more primitive varieties of life, provide obvious examples of organic
abstraction.››[39]
Dupin (1961, 1993) reconoce en las pinturas
oníricas de 1925-1927, con su expresión de los impulsos del inconsciente, un
antecedente de la abstracción lírica que marca la obra posterior de los
expresionistas norteamericanos y los informalistas europeos:
‹‹Miró se revela en todas las pinturas como el
más evidente precursor del lirismo abstracto contemporáneo. No se trata en él
de una experiencia concertada y dirigida, sino del desenlace natural de un modo
de expresión totalmente dominado por los impulsos del inconsciente y del sueño.
Veinte años antes que Pollock, Miró desemboca en la creación de un espacio
sumamente sugestivo por medio de la confusión entre la textura y la estructura,
que abrirá una vía escandalosamente nueva a la generación que le sigue. No le
falta razón a James Thrall Soby cuando dice que Miró fue, en cualquiera de sus
etapas, un “pintor para los pintores”.[40] Basta citar, entre otros, los nombres de Pollock, Gorky,
Rothko, Gottlieb, Motherwell y Rauschenberg, en los Estados Unidos, y los de
Tàpies, Saura y Alechinsky en Europa, para comprobar que los gérmenes lanzados
por Miró no se han dispersado en vano. Aún tendremos otras ocasiones de
encontrar la acción de Miró en los pintores, nunca en un linaje, en una
posteridad, más bien como quien entrega el testigo en una carrera de relevos.››[41]
Gimferrer (1993) explica que la pintura de Miró
es totalmente realista pese a las apariencias:
‹‹Les obres de Miró són completament realistes.
Si surten insectes és perquè hi ha bestioles al camp i Miró es movia en aquest
ambient. A més, quan recorre als insectes arriba a allò més universal a través
d’allò local. “Com més local és una cosa més universal esdevé”, deia Miró. Ell
practica el miniaturisme còsmic. / Miró no demana comprensió intel·lectual,
demana assentiment plàstic. Ell rebia un xoc i, simplement, tractava de
transmetre’l. La seva obra respon a una intenció. Era molt conscient d’allò que
feia.››[42]
Combalía (2000) opina que la importancia de Miró en el arte del s. XX se debe a ‹‹que su papel en el arte abstracto es tan decisivo como el de Klee o de Kandinsky. Y sin embargo, Miró no es, propiamente dicho, un pintor totalmente abstracto. Como para Picasso, la realidad es siempre su punto de arranque, que luego simplificará o distorsionará. (...) su principal fuente de inspiración fue siempre el paisaje mediterráneo››.[43]
NOTAS.
[1] Soby. <Joan Miró>. Nueva
York. MoMA (1959): 45.
[2] Duthuit, G. Entrevista
a Miró. Où allez‑vous Miró. “Cahiers d’Art”, París, 8-10 (1936).
Reprod. en Rowell. Joan Miró.
Selected Writings and Interviews. 1986:
149-155. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995:
160-166. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002:
213-220.
[3] Del
Arco, Manuel. Entrevista a Miró. “Tele Expres” (14-XII-1968).
[4] Carta
de Miró a Ràfols. Mont‑roig (26-IX-1923) BC. Reprod. Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 82. / Rowell. Joan
Miró. Écrits et entretiens. 1995: 94. / Rowell. Joan Miró. Escritos y
conversaciones. 2002: 136. / cit. Dupin. Miró. 1993: 96.
[5] Carta
de Miró a Leiris. Mont-roig (10-VIII-1924) FJM. Reprod. Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 86-87. / Rowell. Joan
Miró. Écrits et entretiens. 1995: 97-98. / Rowell. Joan Miró.
Escritos y conversaciones. 2002: 140-142. Trad. Rowell. <Joan
Miró. La colección del CGP>. México. CCAC (1998): 177.
[6] Subirats,
Eduardo. Dialéctica de las vanguardias: Un concepto ambiguo.
“Lápiz”, 62 (XI-1989) 30-35.
[7] Picasso.
cit. Huyghe. El arte y el mundo moderno. 1972 (1970): v. II.
8.
[8] Zervos.
cit. Huyghe. El arte y el mundo moderno. 1972 (1970): v. II. 8.
[9] Raillard. Conversaciones
con Miró. 1993 (1977): 125.
[10] Fuster,
Joan. El descrédito de la realidad. 1975: 76.
[11] Read. Carta
a un joven pintor. 1982: 125.
[12] Idea
tomada de Charles Mitchell. El papel del espectador en el arte
contemporáneo, en Greenberg; et al. Interpretación y análisis del
arte actual. 1977 (1974): 67.
[13] Baron,
Jacques. L’an I du Surréalisme. cit. González García. De
cómo Joan Miró llegó a París y fue engañado por los surrealistas. “Arte
y Parte”, Madrid, 6 (diciembre 1996-enero 1997): 44.
[14] Mitchell. El
papel del espectador en el arte contemporáneo, en Greenberg, C.; et
al. Interpretación y análisis del arte actual. 1977 (1974): 67-68.
[15] Mitchell. El
papel del espectador en el arte contemporáneo, en Greenberg, C.; et
al. Interpretación y análisis del arte actual. 1977 (1974):
104-106.
[16] Chevalier,
Denys. Entrevista a Miró. “Aujourd’hui: Art et architecture”,
París (XI-1962). Reprod. Rowell. Joan
Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 261-271. / Rowell. Joan
Miró. Écrits et entretiens. 1995: 282-292. / Rowell. Joan Miró.
Escritos y conversaciones. 2002: 349-360.
[17] Roditi. Entretien avec Joan
Miró. “Arts” Nueva York, v. 33, nº 1
(X-1958).
[18] Ceysson. La
pintura moderna. Del Vanguardismo al Surrealismo. 1983: Miró y los
signos plásticos: 76.
[19] Duvignaud. Sociología
del arte. 1988: 18.
[20] Greenberg. Joan
Miró. 1948: 23.
[21] Artner,
Alan G. Holding a mirror to Miró. “Chicago Tribune” (24-X-1993).
Col. MoMA Queens.
[22] Kramer,
Hilton. Reflections on Miró. “The New Criterion”, v. 12 (3-XI-1993)
4-7. Col. MoMA Queens. cit. 4.
[23] Kramer, Hilton. Reflections on Miró.
“The New Criterion”, v. 12 (3-XI-1993) 4-7. Col. MoMA Queens. cit. 5.
[24] Kramer, Hilton. Reflections on Miró.
“The New Criterion”, v. 12 (3-XI-1993) 4-7. Col. MoMA Queens. cit. 6.
[25] Cirlot. Joan
Miró. 1949: 31.
[26] Cirlot. Joan
Miró. 1949: 32.
[27] Ribemont-Dessaignes. Joan Miró.
Maeght. París. 1956. cit. <Joan Miró. Rétrospective de l’oeuvre peint>. Fondation Maeght (1990): 56.
[28] Soby.
<Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 40 y ss.
[29] Hunter. Joan
Miró. Su obra gráfica. 1959: introd.
[30] Hunter (1959). Miró, l’oeuvre gravé. Calman-Lévy. París. 1960. Reprod. <Joan Miró. Rétrospective de
l’oeuvre peint>. Fondation Maeght (1990):
54.
[31] Pierre,
José. Où va l’art abstrait? “Combat” (5-VI-1961).
[32] Gregory,
Harold A. When Art is Abstract, Can Criticism Be Concrete? “The
Evening Gazette” (VII-1961).
[33] Seuphor. L’art abstrait.
1971. v. I: 57.
[34] Gaya
Nuño, J. A. Arte del siglo XX. 1975: 346-350.
[35] Cirici. Miró
mirall. 1977: 104.
[36] Picon. Diario
del surrealismo. 1981: 102.
[37] Rose. Miró
in America. <Miró in America>. Houston. Museum of Fine Arts
(1982): 12.
[38] Ceysson. La
pintura moderna. Del Vanguardismo al Surrealismo. 1983: Miró y los
signos plásticos: 72.
[39] Whitford. Understanding
Abstract Art. 1987: 130, y más extensamente sobre la abstracción en 113
(cit. en la obra de la fase 1925-1927). En su biografía de p. 151 repite que
Miró nació en Mont-roig y el viaje a París en 1919. Preciso
que Whitford (1941) es un destacado escritor, profesor y comentarista
británico. Durante varios años trabajó como dibujante de “The Evening
Standard”, y a partir de 1970 ejerció la docencia en la Slade Shool y el Royal
College of Art, entre otras instituciones, al mismo tiempo que siguió
escribiendo para revistas y periódicos, y participando en programas sobre arte
en radio y televisión. Es autor de libros sobre arte alemán y austriaco
preferentemente, como Expressionism (1970), Japanese Prints
and Western Painters (1977), Bauhaus (1984) y
monografías como Kandinsky (1971), Schiele (1981)
y Klimt (1990).
[40] Soby.
<Joan Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 58.
[41] Dupin. Miró.
1993: 124-125.
[42] Gimferrer.
Declaraciones. “Idees” (16-V-1993).
[43] Combalía,
V. Joan Miró. Paisaje catalán. 1924. Serie: Obras
fundamentales del arte del siglo XX. “El Mundo”, Cultural (12
a 18-III-2000) 42-43.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)