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viernes, abril 07, 2017

La estética de Miró. 33. El Mediterráneo como visión mística y clásica de la naturaleza.

El Mediterráneo como visión mística y clásica de la naturaleza.

Resultado de imagen de Joan Miró, montroig playa

Playa de Mont-roig (1917).

El Mediterráneo es el mar de los pintores europeos por su luz y colorido, asumiendo el rango de mito para los pintores nórdicos —el amor de Böcklin por la costa toscana es un caso paradigmático—, que ejercieron una gran aunque poco conocida influencia sobre el arte catalán[1], y, por su mayor cantidad sobre todo, los establecidos en París en algún momento de sus vidas, como Van Gogh, Signac, Cézanne, Bonnard, Matisse, Picasso, Braque... Sylvie Buisson (2004) destaca que estos pintores se enamoraron del amable y soleado paisaje del sur de Francia (y del Mediterráneo español e italiano), descansando del gris bullicio bohemio de Montmartre y la presión de la vanguardia. Así lo apunta Buisson en la exposición *<De París al Mediterráneo. El triunfo del color> (2004).[2]
Esto es que el Mediterráneo es un polo de atracción hacia el clasicismo y la visión de las corrientes de fin de siècle (modernismo, noucentismo) en diálogo/contraste con la modernidad de las primeras vanguardias.
Por su parte, Miró, criado en este ambiente, volverá siempre a sus raíces, de modo que la naturaleza mediterránea es una presencia constante en su obra, que quiere eternizar el instante de la contemplación de esa luz y ese color que le enamoraron de niño. Como explica el poeta Francisco Brines al loar el Mediterráneo: ‹‹Cada uno es de su tierra. No porque sea la mejor, sino porque es allí donde descubres el mundo y donde te enamoras del mundo.››[3]
El paisaje mironiano no es sólo la representación de su entorno natural o urbano (este sólo en unos pocos cuadros a finales de los años 10), sino que es un preciso mecanismo de construcción cultural en el que vierte su Weltanschauung, su concepción personal del mundo. Todas las influencias estilísticas sobre Miró estaban pasadas por el tamiz de su visión personal y mística de la naturaleza, determinada por la confluencia de la ideología modernista y noucentista respecto al mediterraneísmo, con su experiencia personal del campo, en especial de Mont-roig. Miró (1956) declara: ‹‹El vigoroso paisaje catalán, sin traza alguna de descripción anecdótica, ha sido un elemento capital en mi concepción plástica y poética.››[4]
El paisaje de sus pinturas es pues una confesión más sincera que sus entrevistas, en las que a menudo actúa, mientras que en los fondos desnudos y tristes manifiesta su melancólico pesimismo sobre el ser humano o cuando, por el contrario, nos presenta escenas pobladas de criaturas vivaces expresa un cálido optimismo sobre el futuro. Y el paisaje es también simiente. En sus últimos años, Miró (1978) declara a Amón que su obra, pese a la apariencia de estar llena de símbolos abstractos, se inspira en los misterios de la naturaleza: ‹‹P. (...) ¿No tiene un cierto carácter intelectual el perpetuo simbolismo de su pintura? R. No. Mi obra está, en efecto, cargada de símbolos, pero de símbolos naturales, abiertos a la naturaleza, no al reino de las ideas. Son signos que remiten a la naturaleza misma, que quieren indicar su enigma diario.››[5]
Incluso poco antes del final, en 1980, escribe: ‹‹31-VIII-1980. Retrobar una civilització mediterrània (com un oracle). La meva última exposició serà la última de cavallet, però retrobant el sentit religiós profund i màgic i profètic. (…)›› (FJM 9970). Esto es, vuelve en un círculo final a la visión prenoucentista (de Torras i Bages) y noucentista (de Torres García y Joaquim Sunyer) del Mediterráneo como paraíso mítico.[6]
Contra la que se rebelará Miró en el momento preciso, como cuando lanza su grito de rebeldía “¡Abajo el Mediterráneo!” (À bas la Méditérranée), el 2 de julio de 1925, en el polémico homenaje a Saint-Pol Roux en el restaurante parisino La closerie des Lilas, no un rechazo al lugar físico, sino una crítica a la tradición de la cultura grecolatina, y que se transformará en su idea del “asesinato de la pintura”. Conocemos su temprano amor por la naturaleza gracias a las declaraciones de sus amigos y a su correspondencia de esta época, sobre todo algunas de sus cartas de 1916‑1918, escritas desde Mont-roig. Fuentes preciosas son las referentes a las frecuentes visitas en el campo de sus amigos Ràfols y Ricart[7], Gasch, y sobre todo, Joan Prats, quien recuerda su relación durante estos años y cómo ya entonces apuntaba a ser un pintor-poeta, siempre enamorado de su tierra:
‹‹Salíamos a pintar al campo, hablábamos de arte, aprendíamos. A menudo iba a verle a la finca de sus padres en Montroig, un paisaje —su mundo espiritual— que está en su obra aludido permanentemente. Las rocas rojizas, la tierra fértil y grasa... Yo llegaba, en verano, en tren y luego en una tartana saltarina, bajo un sol abrumador... Entonces pintaba Miró sus paisajes “fauves” y poscubistas: los de CiuranaLa platja de CambrilsL’ermita de Sant Joan d’Horta... Paseábamos mucho. Quedaba a veces ensimismado —como hoy todavía cuando paseamos— más que ante la grandeza del paisaje, ante cosas que formaban parte de él: un tronco, una roca, una raíz de caña resecada en la playa... Sus hallazgos ante las formas más reales siempre me han sorprendido. Cualquier cosa que subraya, que advierte con su mirada azul, como deslumbrada, es un Miró. Es algo que pertenece a un mundo suyo que ya va siendo nuestro... Porque Miró es un artista de una realidad que nadie ve. Es un goloso de formas naturales que habitan luego, con mágica normalidad, su mundo propio. Por esta razón digo que es un poeta y un mediterráneo, por la claridad amorosa que asimila el mundo que le rodea, por la fuerza luminosa en que luego lo expresa, por la generosidad con que su obra nos enriquece...››[8]
La correspondencia de Miró en esta época está regada de comentarios de su amor por la naturaleza. Así, se sincera con Ricart en julio de 1916, desde Mont‑roig:
‹‹He venido para vivir, durante algunos días, con el paisaje, para comunicar con esta luz azul y dorada de los trigos, para ennoblecerme contemplándolos. ¡No sabes cómo puede ennoblecer el paisaje! Cuando estoy aquí siento un gran amor por todas las cosas. Amo a los bichitos, a la más insignificante hierbecilla, olvido completamente las fechorías de los hombres. Tras una temporada en el campo, ruda y sana, nos sentimos más fuertes para seguir nuestra senda y nuestra nueva vida ciudadana.››[9]
Le escribe nuevamente a Ricart, el 7 de octubre de 1916, explicando que su bucólica vida en el campo no se enfrenta a su voluntad rupturista:
‹‹Trabajar muchísimo, y vivir la vida. Que el paseo por la montaña o el mirar a una mujer hermosa, el leer un libro, el oír un concierto, sugiriéndome la visión de formas, ritmos y colores, me vaya formando, que todo vaya nutriendo mi espíritu, para que su voz sea más potente. ¡Y sobre todo que Dios quiera que no me falte la Santa Inquietud! Gracias a ella los hombres hemos avanzado.››[10]
Otra misiva, de agosto de 1917, otra vez desde Mont‑roig, tras una breve estancia en Siurana, repite los términos casi animistas, tan bucólicos como un Virgilio:
‹‹La vida solitaria en Siurana, el admirable primitivismo de las gentes de mi tierra, mi intenso trabajo y, sobre todo, mi retiro espiritual, la posibilidad de vivir en el mundo creado por mi espíritu, alejado como Dante de todas las realidades (...) ¿puedes tú comprender todo eso? Me encerré en mí mismo y, cuanto más escéptico me volvía sobre lo que me rodeaba, más me acercaba a lo que tiene de Espíritu, a los Árboles, a las Montañas y a la Amistad.››[11]
En 1918, en cambio, cuando se cartea con Ràfols, de una mayor enjundia teórica, su contenido es ligeramente más racionalista, pero también trufado de animismo:
‹‹Cuando trabajo sobre un lienzo, me enamoro de él, con un amor que nace de un lento entendimiento. Un lento entendimiento de los matices 'concentrados' que proporciona el sol. Alegría de aprender a entender una delgada brizna de hierba en un paisaje. ¿Por qué menospreciarla? —una brizna de hierba es tan fascinante como un árbol o una montaña—. Fuera de los primitivos y los japoneses, casi todo el mundo desprecia algo tan divino. Todos buscan y pintan solamente las enormes masas de árboles, de montañas, sin escuchar la música de las briznas de hierba y las florecillas y sin prestar atención a los minúsculos guijarros de un barranco —encantadores—.››[12]
En Miró el mediterraneísmo de raíces clásicas y místicas de los años 10, muy influido por el catolicismo, el catalanismo y el noucentisme, evoluciona en los años 20 hacia una visión más personalista, más integrada en su “yo”. Miró, por su relación estrechísima con el paisaje catalán y los objetos de la vida cotidiana de su tierra, de lo que La masía (1921-1922) es la mejor constatación, es un ejemplo axiomático de la tesis que Herbert Read expone en Las raíces del arte, en la que estudia los aspectos sociales del arte en una era industrial y plantea que el arte está ligado no sólo a la estructura social sino también al paisaje del país (esto es al medio natural transformado por el hombre), aunque no haya un artista “típico” de un estilo, pues la personalidad de todo gran artista es única.[13]
Sus profundas raíces en su tierra rural (imagen de una Cataluña mítica, medieval, soberana) son las que le acercan a otros intelectuales y artistas catalanes, desde entonces hasta el presente. Sebastià Gasch, ya en los años 20, le defenderá como el mayor artista catalán del siglo (o más quizás); J. V. Foix escribe en 1934 que le ve como el artista catalán por antonomasia y Tàpies y Perucho siempre han admirado en primer lugar en Miró su amor por Cataluña.
La influencia de Cataluña sobre él no es tanto iconográfica como espiritual. Soby insiste con acierto en la importancia de la herencia catalana en su inspiración, especialmente de los frescos románicos, de su música, danzas y festivales.[14] Pero en casi todos los artistas la iconografía es una de las fuentes más fiables sobre sus ideas y Miró no es una excepción.
Su amor por la simbología catalana se manifiesta sobre todo en París, como si el estar lejos de su tierra le llevase a recrearla en sus obras. Los símbolos catalanistas se pueden advertir en varias de las obras de los años 20, en especial La masovera (1922-1923), la serie Cabeza de campesino catalán (1924-25), Botella de vino (1924), o de su madurez, como El segador (1937), así como en las de las últimas décadas, como las alusiones a las “quatre barres” que se ven en el tridente de cuatro púas, como los dedos o puntas dirigidas al aire que corona la escultura, Luna, sol y una estrella (1968).
Persistirá esta sensación de placer sensual ante la naturaleza de su tierra natal, como demuestra la anécdota de los años 50 contada por Artigas: ‹‹Cuando Miró llegó por primera vez a Gallifa, estaba muy excitado por las grandes rocas de los alrededores. Salió fuera y comenzó a pintar sobre ellas directamente, sólo por su propio placer.››[15]
Nuestra opinión es que Miró se vuelca en su amor por la naturaleza siguiendo una pauta de rechazo al mundo urbano que está muy difundida entre las vanguardias europeas de principios del siglo XX, salvo los cubistas, futuristas y expresionistas de izquierdas. El historiador marxista Arno J. Mayer explica esta querencia —y apunta de un modo general algunos de los rasgos que veremos en Miró en 1918-1925, desde la deformación de la naturaleza y el cuerpo hasta la experimentación con nuevas formas de representación—:
‹‹(...) los artistas del Art Nouveau coincidían con los postimpresionistas (...) eran ajenos a la ciudad, la fábrica, el proletariado y las masas. En particular, la ciudad cada vez más urbanizada inquietaba y enajenaba incluso a los más cosmopolitas entre ellos. Mientras que los artistas del Art Nouveau trataban de ponerle una pantalla a ese fermento invasor, casi todos los postimpresionistas trataban de escapar a él o fustigarlo, aunque fuese indirectamente. En ese sentido, Cézanne, Van Gogh, Gauguin y Munch no coincidían sólo con Kirchner, Kokoschka y Schiele, sino con Kandinsky. De hecho, la Babilonia y el Moloch urbanos —todavía más espectrales que reales— fomentaban la frustración, la ansiedad, el temor, la angustia y el horror de casi toda la vanguardia del modernismo. La ciudad, decadente y dinámica, repelente y magnética al mismo tiempo, amenazaba con destruir la alta cultura y la sociedad que ellos mismos atacaban en otro tono. Sin saber a dónde volverse, algunos vanguardistas externalizaron su agonía interna e irresoluta mediante la deformación de las formas naturales y humanas, mientras que otros pasaban cautelosamente más allá de los objetos, las situaciones y las personas reconocibles para experimentar con interpretaciones abstractas y no representativas. (...)››[16]

La historiografía coincide en resaltar la importancia de su vivencia de la naturaleza y su reflejo en su obra mironiana, así como la estrecha relación entre las ideas de naturaleza y Cataluña.
La mayoría de la crítica de los años 20 y, especialmente Leiris, coincidía en que la obra de Miró se creaba en comunión con la naturaleza y Zervos escribe en 1934 al respecto: ‹‹Los cambios que se producen en su obra no son jamás producidos por un esfuerzo cerebral. Miró evita el endurecimiento del espíritu que deja sordo para la voz de la naturaleza, actuando todos los días por los movimientos interiores que produce en su ánimo el mundo de las cosas.››[17] Los comentarios de la crítica y la historiografía norteamericana —Soby, Sweeney, Greenberg— anterior a 1949 abundan en esta misma interpretación, que seguirán Cirlot, Cirici y el resto de los especialistas mironianos hasta el culmen de Dupin.
Cirici (1949), por lo tanto, no innova cuando explica el mundo sígnico de Miró como una manifestación de la cultura colectiva catalana, enraizada en su naturaleza:
‹‹A nosaltres ens sembla més legítima una interpretació d’ordre col·lectiu, atès que hem admès que la pintura de Miró és l’acceptació d’un sistema de signes originats pel seu context. Per tant, cercarem a la vida social l’estructura que determina la que ara estudiem. No és difícil, per aquest camí, d’adonar-se que la pintura de Miró és la imatge d’una cultura que desconfia dels immaterialismes, que té necessitats de força i vol sadollar-se’n a partir de la pròpia terra, energia nutrícia que en permet d’enriquir-nos a condició d’establir el màxim contacte, la màxima adherència a les realitats telAlúriques. També ho és d’una cultura que vol donar vida, energia, força, i que no troba la possibilitat de donar tot allò que voldria. Tot plegat és la imatge de tots nosaltres, que en enriquim en contacte amb la terra però que ens trobem orfes d’unes estructures que es permetin d’adonar-nos, i que ens fa inútils. Al final de tot hi ha la presència angoixosa de les eines de la violència.››[18]
Miró (1974) explica a Taillandier que se refiere a la mitología en relación a la presencia humana entre las cosas, esto es la idea tanto primitiva como romántica de que las cosas albergan un espíritu, y que lo humano trasciende en ellas:
‹‹(…) ¿Qué es lo que entiendo por mitología? Por mitología entiendo algo dotado de un carácter sagrado, como una civilización antigua. Incluso un árbol es mitológico. Un árbol no es un objeto vegetal. Algo de humano hay en un hermoso árbol que respira y te oye, que está enamorado de sus botones cuando sus botones se convierten en flores, de sus flores cuando se vuelven frutos, que lucha contra el viento y que te ama. Esta especie de presencia humana en las cosas, eso es para mí la mitología. Es lo que hace que yo no considere cosas muertas una piedra o una roca. En el fondo, lo que pinto es, ante todo, esa mitología. (...)››[19]
Más tarde, Cirici (1977) explora aún el mediterraneísmo mítico de Miró, ligándolo a una concepción más progresista, revolucionaria respecto a la conservadora "noucentista”:
‹‹Miró pasó, en su juventud, por la escuela del “Noucentisme”. Ello lo vinculó con el ideal mediterraneísta, tal como era concebido entonces. Predominio de una visión de la naturaleza relacionada con una tradición cultural concreta, de raíz griega, que conducía a la mitologización de las cosas y un entrañamiento hacia la visión sistemáticamente narradora o trascendente de la realidad. Cada cosa del paisaje sería como la epifanía de un dios oculto.
Aparte de la visión mitológica general, existiría el aspecto histórico. La encarnación del contexto humano y paisajístico en una concepción unitaria, nacional, vinculada a su vez a una concepción amplia de síntesis mediterránea, en la cual el misterio egipcio, la racionalidad griega, la organización práctica romana, colaborarían con una aportación genuinamente catalana de la mesura vinculada con la plenitud física.
Miró se sustrajo a los estrechos límites del “Noucentisme” institucionalizado, pero ha mantenido siempre las bases del mediterraneísmo que iría encarnándose a lo largo de toda su vida.
Al principio, pudo existir un bloque ideológico recibido. Pero también se dio la experiencia vivida, el reencuentro con la realidad, en Montroig, y la necesaria reflexión en torno a las relaciones se su paisaje de colinas, de campos y de mar, con el fenómeno urbano. A las aguas podridas de Barcelona debía oponer las aguas claras de los cántaros de Montroig. A la estrechez de las calles, la anchura del mar. A la oscuridad del Pasaje del Crédito, la luminosidad de las huertas y las viñas. Lejos de la ciudad, el mar se le había de abrir como un camino que comunica libremente con los focos luminosos de Italia, de Grecia, de Egipto. Un camino para conceptos de la vida y los mitos.
No abandonará nunca la mitologización de los elementos del clima mediterráneo. De su topografía, su vegetación, su gente, las herramientas que le son propias.
Cuando el ideal “noucentista” se estará desvaneciendo, nuevas formulaciones internacionales volverán a vigorizar la idea mediterránea. Se pensará en Atenas y se programará con la famosa Carta la nueva arquitectura del siglo XX. Le Corbusier impondrá al mundo entero las morfologías mediterráneas del bloque cuadrangular blanco, cubierto con azotea, de los pórticos y las hormazas. La Vanguardia redescubrirá el arcaísmo. Zervos incorporará, a través de los “Cahiers d’Art” y de sus libros, las viejas culturas mediterráneas preclásicas, las más arcaicas, como documentos del arte actual. Le Corbusier pintará libremente la copia del Moscóforo de la Acrópolis. Sert y sus amigos reivindicarán desde el GATCPAC y la revista “A.C.” la arquitectura de Ibiza, los cántaros, los siurells, las cestas de pescado, las ruedas de molinos, las rejas de arado. El sentido poético de los ready made se sumaba al hallazgo psicoanalítico de los mitos. Miró vivía en el centro de la agitación del movimiento moderno, y especialmente del surrealismo, en el entorno de una apropiación de primitivismos que había de fortalecer sus conciencia de un mediterraneísmo diferente del de los “noucentistes”, más profundo, más primigenio, más mágico, como un mediterraneísmo subterráneo y submarino cuyos tesoros harían aflorar los artistas más agudos de la época, como si hicieran de sus obras una especie de pozos de petróleo.››[20]

Dupin (1961, 1993) marca la interpretación canónica, cuando destaca la importancia del ámbito del campo de Tarragona para la inspiración de sus paisajes:
‹‹Miró vuelve de sus estancias en el campo con gran número de paisajes. Le encanta perderse y recobrar el dominio de sí mismo en contacto con la naturaleza, a la vez exuberante y depurada, violenta y apacible, de Mont‑roig o de Cornudella. Sólo espera una auténtica revelación de la tierra con la que se identifica; en ella siembra las ideas nuevas, en la tierra primitiva y ardorosa que encarna para él el inconsciente ancestral. Hay toda una serie de paisajes que proceden de un pueblo extraordinariamente viejo e intacto, que, cuando Miró me lo hizo descubrir, aún parecía el vivo testimonio de otro siglo: Siurana. El pueblo, con unas cuantas casas grises y su pequeña iglesia románica, está situado en lo alto de una roca que domina valles y montañas, aislándolo del resto del mundo. La severa belleza del lugar explica la panteísta exaltación que inspiró al artista››.[21]

Cassou (1962), siguiendo con bastante fidelidad a Dupin, destacará el factor mediterráneo cuando resuma el estilo del joven Miró en el naturalismo realista y detallista, muy ingenuo, de los primeros decenios, tomado sobre todo de la naturaleza de Mont-roig, hasta la casi abstracción posterior a 1925, el gran año del cambio en su estilo, cuando convierte definitivamente en signos su anterior mundo natural:
‹‹Cette part méditerranéenne de lEspagne quest la Catalogne se veut active, attachée aux réalités élémentaires et immédiats, à la mer, à la terre. Outre le bouillonnement spirituel du grand emporium barcelonais, la jeunesse de Miró a subi une autre influence, celle de la nature, et de cette nature-là, la nature catalane, rude, colorée, homérique. C’est avec elle que, tout de suite, el s’accorde dans la montagne, dans ce Mont-roig qui sera l’un des constants séjours de sa carrière et dont il rendra l’humble nom à jamais illustre.
Les premières périodes de Miró sont essentiellement naturalistes; elles ressemblent à la nature qui lui est congénitale, où il a ses racines; elles sont, comme elle, d’un coloris âcre, terreux, rugueux. Paysages et natures mortes se présentent sous leur jour mouvementé et primitif, avec, souvent, une tendance à une sorte dexpressionnisme caricatural. On y note aussi une minutie excessive, un graphisme d’écolier attentif et qui compte les détails. L’un après l’autre. L’admirable, chez ce Miró de ses débuts, c’est qu’à mesure que s’accroît et s’enrichit son talent, s’accroît et s’affirme sa naïveté. Plus il se perfectionne et plus il révèle son ingénuité. C’est là le paradoxe de Miró et ce qu’il faut appeler son miracle. A examiner les premiers ouvrages de Miró que lon connait mal et qui méritent dêtre réputés très beaux et importantes on doit incontestablement se déclarer en présence, chez le jeune artiste, de dons exceptionnels et qui vont se dépenser avec un succès de plus en plus éclatant. Il y a là une personnalité originale, vigoreuse et qui va gagner en savoir et en pouvoir. Mais sous ce progrès, ce qui se discerne de plus en plus clairement, c’est une merveilleuse candeur. Elle est le principe, de plus en plus apparent et souverain, de cet art de grand peintre. Cet art de grand peintre, il est celui d’un coeur pur et simple, d’un homme très doux et très taciturne, replié, mystérieusement et définitivement occupé du génie de l’enfance.
Peut-être cela aussi estil catalan, conforme au caractère perpétuellement agreste et primitif du site catalan, à la simplicité de lignes et de couleurs de cette Méditerranée inchangée, inchangeable depuis ses premières épopées et ses premières fables.››[22]

Cirici (1977) resume la poética de pesimismo existencial de un hombre vinculado a la naturaleza “vivida” y que se desgaja de esta raíz (y aquí reconocemos el origen del aliento ecologista que tan a menudo Miró mostró en sus últimos años):
‹‹Es sin duda el drama del hombre convencido de que toda su fuerza le viene de su identidad como hombre de una tierra. El hombre que advierte que cuanto más permanece en contacto con su tierra más fuerte se hace y con mayor seguridad crea. El hombre que absorbe esta energía telúrica y la encarna. El hombre que absorbe que se llena de ella totalmente y, arrebatado por un entusiasmo que las erecciones revelan, tiende a dirigirlo hacia el mundo superior. También es la frustración de esta entrega final. De haberse querido cargar con la esencia de la tierra para entregar su fruto generosamente y no encontrar acogida, nadie que quiera recibir la oferta, porque el cielo permanece impasible e inalcanzable.
También es la fidelidad a una visión heredada, que impide una corrección de finalidades y obliga a la insistencia. La experiencia dolorosa de la frustración no hace vacilar la fe de Miró en la excelencia del mundo intangible y puro de las estrellas, del sol, la luna, los pájaros y las mariposas.
Esta tenacidad explica el aspecto crispado, violento, indignado, exasperado, que a menudo tienen los personajes, con las grandes bocas abiertas de par en par, vociferando, y los dientes aguzados como herramientas de filo.››[23]
Cirici (1977) apunta que el proyecto de Miró es progresista por cuanto lucha contra el orden establecido procurando un cambio espiritual profundo:
‹‹La obra de Miró es consecuencia de las características de un tipo especial de rebeldía, la rebeldía poética, que no es lo mismo que la rebeldía racional, prosaica. Sus antropomorfos expresan un deseo de acción, como consecuencia de la realidad telúrica que asumen, pero, en vez de considerar que la acción puede llevarse a cabo en el mismo mundo material, a través de la organización, el proceso de transformación y el logro de un cambio objetivo, sigue teniendo por modelos para un mejoramiento los elementos llamados espirituales, desencarnados, que la tradición tanto la culta como la popular sitúan en la cumbre de la realidad.
Podemos considerar que los antropomorfos dan testimonio de la crisis del idealismo, el callejón sin salida al que el idealismo aboca a quienes desearían emprender el combate por la justicia pero siguen mirando a las estrellas.
Tal vez este hecho trágico es inevitable cuando un arte, como el de Miró, se ha orientado básicamente hacia el cambio, y el cambio no es sino un proyecto irrealizable. Si admitimos que el arte es una superestructura de las relaciones de producción establecidas, existe una paradoja en el hecho de trabajar según una dinámica de generosidad que es exactamente la inversa de la civilización del provecho. Esta contradicción no anula el valor de la obra. Al contrario, si sabemos que las grandes fuerzas históricas se producen donde aparecen las contradicciones, podremos leer el discurso que Miró nos dirige como un discurso de esperanza.››[24]

Santiago Amón (1978) destaca la importancia de la naturaleza en la obra de Miró, su rasgo personal que mejor le diferencia de los otros vanguardistas. La impregna de un sentido panteísta, franciscano, de ejemplo máximo del esplendor de la creación divina:
‹‹(...) bien pudiera Joan Miró, en los nuestros [días], sentirse desligado de todo magisterio personal y antecedente para parar en la enseñanza y en el amor de la sola y simple, de la hermana Naturaleza. Espejos son sus pinturas de la Naturaleza (...) (Las radiantes y hermanas criaturas de Nuestro Señor!
(...) su moroso y amoroso asomarse al espectáculo de la Naturaleza omnipresente y de la vida embargante hasta convertirlas en símbolo de sí mismas, por vía más y más esclarecedora y a favor de una insólita capacidad reductiva. Fieles a su propia etimología, los símbolos de Miró comportan siempre una porción de la Naturaleza y de la vida con un específico significado igualmente natural y vital. “Mi obra —declaraba recientemente el artista— está cargada de símbolos, abiertos a la Naturaleza, no al reino de las ideas. Son signos que remiten a la Naturaleza misma que quieren indicar su enigma diario.”››[25]

El crítico Daniel Giralt-Miracle (1983) explica sobre la iconografía catalana de Miró, en la línea de un “determinismo del medio” que parece inspirado lejanamente en Taine, pero que sigue fielmente la interpretación de Cirici en los años 70, que Miró es un artista radicalmente influido por el contacto íntimo con Mont-roig, con la vida campesina, desde 1910, lo que se refleja abundantemente en su obra de toda la vida, aunque destaquen los ejemplos de los años 20:
‹‹En el mundo contemporáneo, el arte de Joan Miró es, sin lugar a dudas, uno de los embajadores más universales de la catalanidad. Cataluña es la raíz y el catalizador de una creación que Miró siempre ha reconocido y ha proclamado. Reportajes, entrevistas, catálogos, libros, películas... sobre su vida y su obra inciden en este punto trascendental que si bien en sus orígenes es perfectamente apreciable en la iconografía de su arte, después de la aventura surrealista se transforma en un idioma propio de validez internacional.
Para llegar a elaborar su personalísimo sistema de signos, en ocasiones aparentemente poco ligados a la realidad del mundo objetivo, Miró nunca perderá el contacto con la naturaleza y con las primeras experiencias sensibles de su tierra natal, que a través de una larga evolución y síntesis reducirá a sus rasgos más esenciales y necesarios.
(...) el gran choque emocional que desencadena en él una plástica determinada se produce en Montroig del Camp (...).
Sin caer en esquemas reductivos, de los que siempre ha escapado Miró, en las primeras etapas de su obra se da algo o mucho de lo que Taine defendió en su teoría del medio. Hay un fuerte reflejo de unos arquetipos visuales que le sedujeron hasta penetrar en su subconsciente y que en sucesivas elaboraciones reaparecerán ya sea de forma manifiesta o latente.
La masía, los campos de cultivo, las viñas y los olivos, los payeses, los animales de granja, el perro, el asno, el caballo, los árboles y las montañas, el rutilante mundo de los insectos, la barretina, los aperos de labranza, los objetos y utensilios de la vida cotidiana (plato, mesa, botijo, espejo, libro, pipa, jarro, cuchillo, etc...), el silencio de la noche, el cielo, el sol, las estrellas... un cosmos perfectamente inventariable que es claramente perceptible en sus pinturas hasta 1940 e interpretable, en tanto que signos, en su etapa posterior.
En más de una ocasión, Miró ha insistido en la idea de que como catalán su fuerza sube por los pies, nace de la tierra y por ello puede saltar hasta el cielo, refiriéndose a este tránsito entre lo telúrico y lo cósmico, que empieza en Montroig y culmina en las infinitas variantes de sus Constelaciones. Cita a Sweeney, que ha descrito orteguianamente a Miró y su circunstancia: “Miró es un poeta popular, un poeta de la tierra, de su tierra natal y de su herencia intemporal. De esta primera materia, de este escenario íntimo y de esa atmósfera, surgen los mágicos elementos de su mundo”.
Como en toda interpretación artística, no podemos caer en simples esquematismos reductivos. Miró no quiere copiar la naturaleza ni quiere ser un realista más, busca en la tierra aquella energía transformadora de la realidad, que enardecerá sus sentidos ofreciéndole una nueva comprensión del mundo por los caminos de la imaginación. Por ello le fascinaron los surrealistas, porque consideraban la pintura como un medio y no como un fin, al límite de afirmar: “lo que de la pintura nos debe importar no es, ciertamente, que siga siendo tal como es, sino más bien si pone los gérmenes del crecimiento, o si siembra semillas de las que brotan otras cosas”. Es decir, prosigue en su línea de fusionar las imágenes poéticas con las visuales, en su convicción de que hay que hacer el mayor esfuerzo posible por ampliar nuestro campo perceptivo recurriendo a todos los medios a nuestro alcance, sean conscientes o inconscientes.
Desde esta perspectiva, obras como La masia (1921-22), La masovera (1922-23), Terra llaurada (1923-24), La taula (1920), Paisatge català (o El caçador, 1923-24), el impresionante El segador que figuró en el pabellón de la República española en París en 1937, o la misma Cap de pagès (1924-25), su más directo antecedente, son magníficos ejemplos de esta forma suya de abordar nuestra simbología desde la imaginación y la fantasía. Grandes dosis de información sobre nuestra vida rural están concentradas en cada uno de sus cuadros, con simplicidad y sin confusión, de una manera magistral, gracias a esta poética tan mironiana de transformar lo cotidiano en algo estático, vigoroso, siempre lozano.
Son símbolos anónimos que aparecen una y otra vez recordándonos sus esencias (las de la tierra), su vida campesina (su forma de trabajar) y su altitud de miras (su pintura). Son alusiones que no se refieren a ninguna persona en concreto pero que en su dimensión intemporal aluden a su pueblo, a sus gentes y a su particular forma de ver el mundo.
“La més petita cosa de la naturalesa és un món. Trobo tots els meus termes en el camp y la platja. Trossos d’àncora, peces de timó, tot això apareix en les meves composicions, de la mateixa manera que els capriciosos caps de bolets i les infinites formes de la carbassa”.
Aplicarnos el sentido de la realidad, esta es la fascinación que ejerce en nosotros la obra mironiana, tan catalana y tan universal.››[26]

Rowell (1986) caracteriza el carácter catalán y el de Miró por el difícil equilibrio entre el seny (sentido común, pragmatismo) y la rauxa (pasión, exaltación), en una tensión entre el sentido de la tierra inmediata y el misticismo de un universo inconmensurable.[27] Según Rowell, la nacionalidad catalana ha debido ser reinventada desde 1900 porque había de superarse la gran decadencia anterior del sentimiento nacional y de la cultura. Miró ayudó en esta tarea a través de su obra, que sondea la esencia de la catalanidad en la naturaleza y en la cultura. En la primera, sobre todo la de Mont-roig, de un modo prioritario:
‹‹Miró’s nostalgia for a Catalan visual arts tradition was nourished by the process that constitutes myths: a passionate exaltation of a forgotten past in order to legitimize a present.
(...) Miró searched around him for a collective visual past. That eternal past, as he saw it, was Catalonia itself: its light, its soil, its tilled fields, its beaches in the sun. (...) the land and landscape.››[28]
Pero también en la cultura (y en su seno el arte) popular, directamente relacionada con el medio que la rodea, pero que se encardina asimismo con símbolos universales, los que reflejan con simplicidad los artes románico y primitivo, tan cercanos a su interés por el espíritu y la magia:
‹‹Aside from his surroundings at Montroig, apprehended as quintessencial Catalan landscape, Miró also appropriated all primitivisms and folk art expressions into his heritage, thus expanding his Catalan identity to encompass many universal expressive conventions. What he claimed to admire in these popular styles were their simplicity of language, their immediate impact, their forms that derived from a collective iconography, and the anonimity of the artists. His constant references to Catalan Romanesque wall paintings in particular (...). He was equally sensitive to the prehistoric cave paintings in the south of France and in Spain in which the figurative representations has magical functions. The possibility of controlling and directing human events, spiritual activities, even magical forces, through a spare yet intelligible vocabulary was infinitely atractive to Miró.››[29]

Valeriano Bozal (1992) comenta —tomando como ejemplo Huerto con asno (1918)— las diferencias en el concepto y tratamiento de la naturaleza entre los noucentistas y el joven Miró, más realista e incluso crítico, frente al bucolismo noucentista:
‹‹(...) una pintura de carácter ingenuista que recupera, en clave lírica, algunos aspectos de la temática que había preocupado a los artistas catalanes de principios de siglo, a la vez que contrasta con las posiciones de los noucentistas. A este respecto bueno será recordar que en estos años Sunyer pinta abundantes paisajes con campesinas y desnudos, estableciendo una ecuación entre campesinas y desnudos idealizados paralela a la que se afirma entre paisaje catalán y paisaje idílico, pastoril, todo lo cual está ausente en Miró: su naturaleza es bien distinta de la idealizada por el noucentisme, aunque tan catalana o más como la que defendieron D’Ors, Maragall y Sunyer. Tan catalana y popular como la que aparece en las figuras de Manolo Hugué, el más excéntrico de los noucentistas.››[30]

Danto (1993) caracteriza la obra de Miró como el conflicto entre la particularidad nacionalista catalana y el afán de universalidad: ‹‹Miró was at once proudly nationalistic and content with nothing short of universality.››[31]

Rowell (1993), por su parte, se adentra en el papel de la realidad de la naturaleza, en especial del mundo estelar, en la obra mironiana:
‹‹El tema de Miró, como él mismo ha repetido una y otra vez, es el mundo real. (...) Miró nunca abandonará este amor por la naturaleza. Un amor que, no sólo le proporcionará la calma y la concentración necesarias para la concepción de sus cuadros, sino también sus motivos habituales: un auténtico bestiario mítico extraído de los diferentes paisajes en que le será dado trabajar.››[32]

Lubar es quien más ha penetrado teóricamente sobre la relación entre las ideas de naturaleza y Cataluña en la obra mironiana. Este autor presenta las dos posiciones ideológicas, ambas plasmadas en la crítica cultural respecto a la obra de Sunyer, de la generación de Miró frente al mediterraneísmo —esto es, la relación entre la tierra y la identidad nacional catalana—, la de Maragall y la de D’Ors. Ambas posiciones se encardinan con el tema del noucentisme y su influencia sobre el joven Miró.
Lubar (1993) explica que la visión mediterránea de Miró no era la de una Cataluña moderna, sino primitiva, según el ideal noucentista:
‹‹Comparando la volatilidad de la vida urbana moderna con una existencia arcádica ideal en el campo catalán, Miró preparó su arquetípica visión de una Cataluña primitiva inalterada por el tiempo, la industrialización y las transformaciones políticas. El retiro de Miró en Ciurana marcaba el retorno a una Cataluña mítica, en la que la simbiosis del campesino y la tierra evocaban imágenes de estabilidad, continuidad y renovación cíclica.››[33]
Lubar explora las asociaciones que la idea de Cataluña como nación mediterránea representaban para Miró y sus contemporáneos, y sitúa los primeros trabajos y escritos de Miró en relación con los discursos políticos, sociales y culturales predominantes en su juventud, con una cima en agosto de 1917, cuando se retiró durante unas semanas al pueblo de Ciurana:
‹‹En el contexto de los acontecimientos de agosto de 1917, el “retiro espiritual” de Miró significaba más que una exégesis poética. En oposición a las intervenciones políticas e industriales que polarizaban Barcelona, Miró avanzaba en su concepción de una Cataluña intemporal y transcendente. En el más amplio sentido, su posición representaba una firme respuesta a la vida social que intentaba disociar la cultura y las cuestiones de la identidad nacional de la política: la imagen de una nación catalana moderna enraizada en las antiguas tradiciones mediterráneas de las que se derivaban la fuerza y el alimento era el fundamento ideológico sobre el que se asentaba su postura. Es más, para Miró, así como para numerosos intelectuales de su generación, la idea del Mediterráneo hacía las veces de paradigma intelectual mediante el cual se negociaban las salidas de la identidad nacional, de la regeneración cultural y de la política. (...)››[34]
Lubar remarca que este mediterraneísmo, bajo la apariencia panteísta de exaltación de la naturaleza, lo que sin duda repercutirá después en el estilo del realismo detallista de 1918-1922, era más bien una reivindicación de la presencia humana, de la cultura de las gentes que poblaban esa tierra. Esto es, de la herencia cultural del pueblo catalán, como reflejan sus cartas desde 1915:
‹‹En una de sus primeras cartas de las que se tiene constancia, Miró describía su visión del paisaje mediterráneo. Contando sus experiencias en el pueblo costero catalán de Caldetas, escribía con nostalgia al pintor mallorquín Bartomeu Ferrà: “Bella esta estancia en un pueblo besado sensualmente por el mar y bajo el dosel de un cielo azul, muy azul, y fecundado por una luz muy potente! He vivido el ritmo de las olas (...)”.[35] En otra de sus primeras cartas desde Caldetas, Miró comunicaba su identificación visceral con el paisaje catalán en términos de intercambio poético entre hombre y naturaleza, describiendo la acción de la luz mediterránea iluminando el esmalte y las construcciones de piedra del pueblo.[36] Fue precisamente con este espíritu con el que Miró se llamaba a sí mismo y a Ferrà en otra ocasión “hijos del Mediterráneo”.[37]
Más que la expresión romántica de un panteísmo común, Miró evocó con gran consistencia la idea del Mediterráneo en relación con la presencia humana que encierra, situando esta concepción en un campo de cultura y civilización más amplio. Sus paisajes de pueblos distantes, campos arados, senderos, puentes, iglesias y casas avanzan una visión específica de la naturaleza como fundamento de cultura, y de la cultura como base de la unidad nacional. Bajo esta perspectiva, las descripciones que hace Miró de Caldetas y sus primeros paisajes quedan enmarcados en un discurso común, como la idea de Mediterráneo se encuentra implicada en la afirmación simbólica de una herencia cultural también común.››[38]
Lubar resume sus argumentos respecto al debate crítico sobre el mediterraneísmo y su imbricación en Miró, derivando a la consideración del aspecto político del arte de vanguardia en la Cataluña de entonces:
‹‹Hasta aquí, he considerado el mediterraneísmo de Miró en relación a tres construcciones específicas: la idea de un contrato espiritual espontáneo entre el campesino catalán y la tierra; la noción de una identidad cultural compartida por todas las naciones latinas; y el modelo iconográfico y lingüístico definido en la teoría estética noucentista. Ello no quiere decir que estas posiciones ocuparan en la sociedad catalana espacios distintos y separados. Por el contrario, la crítica mediaba entre estos discursos, particularmente en lo relativo a la recepción del arte de vanguardia en Cataluña. A este respecto, debemos recordar que el interés de Miró en la pintura francesa e italiana de vanguardia se fraguó en las vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los puntos de vista de Miró respecto al arte moderno se veían necesariamente teñidos por los acontecimientos políticos que se producían fuera de Cataluña. Es más, en Cataluña su imagen pública de pintor de vanguardia llevaba inevitablemente su obra a la palestra política de la crítica cultural, en la que se debatía acaloradamente la posición de un arte nacional catalán.››[39]

Jiménez Burillo (2002) explica, con ideas que parecen rebatir a Lubar, que Miró vive el ideal de la naturaleza catalana desde una posición personal muy vital, pasando por encima muy pronto de los conceptos noucentistas de mediterranismo y catalanismo, que él supera gracias al influjo compensador de las vanguardias con un eclecticismo personal que definirá su propia y personalísima vía de artista:
‹‹El joven Miró no puede ser bien entendido sin tener en cuenta el contexto marcado por el noucentisme, aunque él no fuera nunca un noucentista. Cuando Miró comenzó a relacionarse con los medios artísticos, los primados del mediterraneísmo y del catalanismo estaban situados como topoi inexcusables para todo creador del momento. Pero Miró no se relacionó con lo mediterráneo y con lo catalán desde la exigencia programática, desde el desideratum noucentista, sino que lo hizo de manera plenamente vital, fluida o si se quiere orgánica con su propio ser y con su propia realidad. Los paisajes, los bodegones y las figuras del joven Miró son mediterráneos y catalanes por pura relación vivencial. En Miró, la exigencia de asumir argumentalmente los rasgos de la vida urbana moderna habría sido una impostura. En sus declaraciones a Raillard[40], Miró recordaría cómo no entendió muy bien el sentido de enclaustrar lo mediterráneo en fórmula predeterminada, siendo él, como era, un creador tan enraizado en su propia geografía originaria. (...)››[41]

Balsach (2003) considera que Miró se aleja totalmente de la frialdad de Malevich respecto al mundo natural (que toma como un engaño platónico), para reivindicar el universo visible:
‹‹(...) Superar el universo visible, alejarse de las cosas, es alejarse del hombre, de su entorno, de su mundo de representación. Mundo originario el que Miró hace dialogar, transformándolo, metamorfoseándolo, recreándolo. El sol es, para el pintor catalán, el centro de la visión, sol al que Malevich compara a las tinieblas de la caverna platónica, a las sombras de las apariencias. (...)››[42]
Y aporta una visión general de la naturaleza mironiana:
‹‹En Miró, la visión del mundo es cosmoteándrica, concepto holístico en el que el sujeto y el objeto no existen como tales, sino en la que el hombre es auténticamente ingenuo, que en su verdadero significado quiere decir “el que no separa”: el hombre en plenitud, el que se no se separa del objeto que contempla ni separa los objetos de la totalidad. Es quien se experimenta creación y no un simple objeto que la contempla desde su racionalidad. Ingenuo es quien tiene el sentido de lo cósmico: creación ordenada y total, trascendente e inmanente a la vez, y que percibe el mundo como una realidad viviente en la que nosotros somos parte y totalidad que queda designada en la expresión griega tó hólon.››[43]


Tomàs Llorens (2008) aborda el tema de la catalanidad de Miró con una clara voluntad analítica, identificando las alusiones del artista a la “tierra” con Cataluña, y enfatizando su ideología nacionalista, manifiesta en su defensa del idioma catalán y en el esfuerzo que hizo para aprender a escribir con un nivel culto.[44]


NOTAS.
[1] Casamartina, Josep. El mediterranisme transvertit. “El País”, extra Sant Jordi (21-IV-2007) 6.
[2] Exposición *<De París al Mediterráneo. El triunfo del color>. Barcelona. Pia Almoina-Museo Diocesano (30 julio-10 octubre 2004). Antes pasó por Sevilla y Granada. 85 obras de 63 artistas: Bonnard, Cézanne, Daumier, Manet, Modigliani, Picasso, Renoir (dos dibujos y una pintura), Signac, Van Gogh... Comisaria: Sylvie Buisson, conservadora del Musée du Montparnasse de París. Cat. Cita en reseña de Catalina Serra. “El País” (31-VII-2004) 27.
[3] Rojo, J. A. Entrevista. Francisco Brines / Escritor. “La idea central de mi poesía es el mundo como pérdida”. “El País” (29-II-2008) 51.
[4] Bernier, R. Miró céramiste, interview par correspondance. “Oeil” 17 (V-1956) 46-53.
[5] Amón. Entrevista a Miró. “El País” (4-V-1978).
[6] Comadira, Narcís. The Forms of Paradise: Noucentista Paintibg and Sculpture. *<Barcelona and modernity. Picasso, Gaudí, Miró, Dalí>. Cleveland. Cleveland Museum of Art (2006-2007): 249-259. En el mismo catálogo Suàrez, Alícia; Vidal, Mercè. Noucentisme and the Revival of Classicisme (260-265), y Doñate, Mercè. The Mediterranean Roots of Noucentista Sculpture (266-272).
[7] Carta de Ràfols a E. C. Ricart. Selva del Camp (16-IX-1918), BMB. Ràfols propone que la visita al mas Miró la hagan el próximo sábado 21, saliendo de Vilanova a Reus, y desde allí a Montr-roig. Ricart se lo ha de comunicar a Miró por carta.
[8] Melià. Joan Miró, vida y testimonio. 1975: 42-43, y 121.
[9] Carta de Miró a E. C. Ricart (25-VII-1916). BMB 447. cit. Dupin. Miró. 1993: 49.
[10] Carta de Miró a E. C. Ricart. Barcelona (7-X-1916). BMB 451. cit. <Miró 1893-1993>. FJM (1993): 122. / cit. parcial. Dupin. Miró. 1993: 49.
[11] Carta de Miró a E. C. Ricart. Mont-roig (VIII-1917). cit. Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 50. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 59. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 84-85. / Dupin. Miró. 1993: 49.
[12] Carta de Miró a J.F. Ràfols. Mont-roig (11-VIII-1918). cit. Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 57. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 67. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 97-98.
[13] Read. Las raíces del arte. 1971: 19.
[14] Soby. <Joan Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 7.
[15] Bernier, R. Miró céramiste, interview par correspondance“Oeil” 17 (V-1956) 46-53.
[16] Mayer. La persistencia del Antiguo Régimen1984 (1981 inglés): 193.
[17] Zervos, Christian. “Cahiers d’Art, nº 1-4 (1934). cit. Cirlot. Joan Miró. 1949: 19.
[18] Cirici. Lart català contemporani. 1970.
[19] Taillandier, Yvon. Miró: maintenant je travaille par terrePropos recueillis par Y. Taillandier“XX Siècle”, París, v. 36, nº 43 (30-V-1974) 15-19. Reprod. en Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 281-286. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 300-305. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 369-374. / <Joan Miró. La colección del Centro Georges Pompidou>. México. Centro Cultural Art Contemporáneo (12 febrero-24 mayo 1998): 78-82, para la trad. utilizada aquí.
[20] Cirici. Miró mirall. 1977: 72-75.
[21] Dupin. Miró. 1993: 49.
[22] Cassou. <Joan Miró>. París. MNAM (1962): 5-6.
[23] Cirici. Miró mirall. 1977: 135.
[24] Cirici. Miró mirall. 1977: 136.
[25] Amón, S. Las pinturas de Miró. “El País” (11-V-1978).
[26] Giralt-Miracle, D. Símbolos de la catalanidad de Miró. Especial “La Vanguardia” (17-IV-1983). Apunto que la influencia rural en Miró es muy anterior (al menos una década) a la fecha que apunta este autor y que hay varios errores biográficos en sus comentarios. Pero ello no disminuye el acierto general de su análisis.
[27] Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 4. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 12. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 20-21.
[28] Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 2. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 10. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 18-19.
[29] Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 3. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 11. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 19.
[30] Bozal. Pintura y escultura españolas del siglo XX (1900-1939). 1992: 357.
[31] Danto, Arthur Coleman. Miró’s little miracles. “Art News”, v. 92, nº 8 (X-1993): 140.
[32] Rowell. Joan Miró: Campo-Stella. 1993: 17-19.
[33] Lubar. El Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 25.
[34] Lubar. El Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 26-27.
[35] Carta de Miró a Ferrà. Barcelona (15-III-1915). cit. Serra. Miró y Mallorca. 1984: 226‑227.
[36] Carta de Miró a Ricart. Caldetas (31-I-1915) BMB 444.
[37] Carta de Miró a Ferrà (s/f). cit. Serra. Miró y Mallorca. 1984: 224.
[38] Lubar. El Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 27.
[39] Lubar. El Mediterráneo de Miró: concepciones de una identidad cultural. <Joan Miró 1893‑1983>. Barcelona. FJM (1993): 32.
[40] Raillard. Conversaciones con Miró. 1993 (1977): 78, 138, 162 y 235.
[41] Pablo Jiménez Burillo. La generación del 14. Comentarios a una exposición. *<La generación del 14, entre el novecentismo y la vanguardia (1906-1926)>. Madrid. Fundación Cultural Mapfre Vida (26 abril-16 junio 2002): 47-48.
[42] Balsach. El sol en los ojos. Imágenes del sol y visión solar en la obra de Joan Miró. <Joan Miró. Càntic del sol>. Valladolid. MEAC Patio Herreriano (2003): 58-59.
[43] Balsach. El sol en los ojos. Imágenes del sol y visión solar en la obra de Joan Miró. <Joan Miró. Càntic del sol>. Valladolid. MEAC Patio Herreriano (2003): 52.
[44] Llorens. La catalanidad de Miró. <Miró: Tierra>. Madrid. Museo Thyssen-Bornemisza (2008): 22-27.

domingo, abril 02, 2017

La estética de Miró. 32. Entre la realidad y la abstracción.

Entre la realidad y la abstracción.

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Miró pintando en Nueva York en 1947, cuando tomó contacto con el expresionismo abstracto.

Miró representa dentro del arte del siglo XX un excelente ejemplo del conflicto artístico entre realidad y concepto (en sí mismo con vocación abstracta), justo cuando penetraba entre este ancestral dualismo un convidado destinado a apoderarse del reino: la abstracción. La evolución de Miró a lo largo de toda su vida será un permanente diálogo crítico entre esta triada constituida a su vera en París. El cubismo de Picasso y Braque era tan hermético que lindaba con la abstracción y lo mismo le ocurre al surrealismo abstracto de Miró.
Las pinturas oníricas de fondo monocromo (sea azul, blanco o gris) de 1925-1927 son sus primeras obras en poder llevar el distintivo de abstractas, las que permitirán a buena parte de la crítica adscribir a Miró, junto a Masson, a la tendencia del surrealismo abstracto. Miró le cuenta a Soby: ‹‹Hacia 1925 pinté una serie de pinturas abstractas y creo que este tipo de pintura encuentra su ámbito más adecuado en la pintura mural: la abstracción es una postura extrema que no se puede mantener porque no existe progreso posible.››[1] El pintor catalán pronto abjuró de estas pinturas, y se mantuvo perseverante en sus juicios de rechazo a la abstracción, en gran parte por la opinión peyorativa que Gasch, Prats y otros de sus amigos sentían hacia ella.
En 1936 rechazará en los términos más despectivos que su obra sea abstracta:
‹‹Avez‑vous jamais entendu parler d’une sottise plus considérable que l’ abstraction‑abstraction”? Et ils m’invitent dans leur maison déserte, comme si les signes que je transcris sur une toile, du moment qu’ils correspondent à une représentation concrète de mon esprit, ne possédaient pas une profonde réalité, ne faisaient pas partie du réel! J’attache d’ailleurs, vous le voyez, a la matière de mes oeuvres, une importance de plus en plus grande. Une matière riche et vigoureuse me paraît nécessaire pour donner au spectateur ce coup en plein visage qui doit l’atteindre avant que la réflexion n’intervienne. Ainsi la poésie, plastiquement exprimée, parle‑t‑elle son propre langage.
Dans ces conditions, je ne peux comprendre —et tiens pour une insulte— qu’on me range dans la catégorie des peintres “abstraits”.››[2]Y mucho después declara (1968) que no se siente pintor abstracto: ‹‹Yo nunca he sido abstracto. Siempre que se parte de una realidad y se plasma en una realidad es que tiene fuerza de irradiación y vida propia; si no, es una cosa muerta y, por lo tanto, cosa abstracta, fría y negativa.››[3]
Esto es, después de una breve incursión, que se repetirá varias veces en años posteriores, Miró vuelve a sus raíces realistas, cada vez más convencido de que su propio camino está en la realidad. Es en los años 1922-1924 cuando asienta de un modo casi definitivo su concepción acerca del problema del realismo y la abstracción. Explica en una carta de 1923 sus primeros tímidos pasos hacia la abstracción: ‹‹He aconseguit ja desfer-me en absolut del natural i els paisatges no tenen res a veure amb la realitat exterior. (...)››.[4]
En el verano de 1924 le escribe a Leiris sobre su deseo de alcanzar una pintura despojada, desnuda de todo lo accesorio, concentrada en un minimum de símbolos (y el color es uno especialmente importante) y signos:
‹‹Me aparto de toda convención pictórica (...) Al comparar telas simplemente dibujadas —a lo más, con un ligero colorido— con otras pintadas he notado que éstas llegaban menos directamente al espíritu (...) Insisto en el carácter mucho más hondamente conmovedor de mis telas que sólo están dibujadas y nada más llevan algunos puntitos de colores, un arco iris. Nos conmueven en el sentido más elevado de la palabra (...) Concibo mis últimas telas como un rayo, un flechazo de amor desprendido por completo del mundo exterior.››[5]
Miró asienta su poética acerca de la realidad. ¿Cuál es el concepto de la realidad en Miró, si su obra no es exactamente mimética ni abstracta? Al respecto, tomemos un análisis de Subirats sobre la vanguardia en general y su programa estético de superación y negación de la mímesis, en el que distingue la vanguardia (cubismo, expresionismo, constructivismo, suprematismo, neoplasticismo, futurismo...) del arte abstracto en cuanto que la vanguardia entiende la mímesis como simulacro, mientras que el arte abstracto la entiende como copia o réplica de la realidad. Por ello, ‹‹En lugar de la experiencia mimética de lo real, las vanguardias proclamaron lo real como producción estética.›› Ahora podemos entender el sentido profundo de la inspiración de Miró en la realidad: busca la sensación inspiradora en el mundo de lo real pero sólo para trascenderlo, encontrar su naturaleza más oculta, permanente (incontingente) y universal. Miró desarrolla un nuevo mundo imaginario, dotándole de naturaleza real en su arte. Como continúa diciendo Subirats: ‹‹el arte [en las vanguardias] es elevado a la dignidad teológico-escatológica de potencia creadora, y a la altura metafísico-política de principio constitutivo de la nueva realidad del mundo››.[6] Pero si en la mayoría de las vanguardias esto se hizo mediante la búsqueda de la pureza de las formas (desde el cubismo hasta el neoplasticismo) o la abstracción pura, en cambio el surrealismo (que Subirats no califica en momento alguno como vanguardista y que en Miró en esta fase es más bien presurrealismo) se focaliza en el interior del hombre. Si la vanguardia busca la razón y el orden, el surrealismo (un movimiento moderno) busca la sinrazón y el desorden sin ánimo alguno de reinstaurar el orden. Y, sin embargo, este desorden es esencial a la pacificación, a la felicidad del individuo. En este sentido, el surrealismo podría interpretarse contradictoriamente a la vez como un neo-humanismo, como un anti-humanismo, tan clásico como el propio cubismo, con una estética antitética y complementaria de este. El surrealismo se ligaría más a la visión vitalista de Rousseau que a la racionalista de Diderot y otros autores de la Ilustración.
Por todo esto, la contrariedad de Miró, cuando decían que su obra era abstracta, es la misma que la de otros contemporáneos que son afines a las ideas del surrealismo hacia 1925. Cuando Picasso escuchó la crítica de que en Las señoritas de Aviñón había eliminado la realidad, le respondió a Zervos que: ‹‹Todos los elementos de la realidad habían sido escrupulosamente conservados en su trasposición a los cuadros.››[7] Christian Zervos escribe en 1935: ‹‹No hay arte abstracto. Siempre hay que comenzar por algo. Luego se puede suprimir toda apariencia de realidad. En ello ya no hay peligro, pues la idea del objeto ha dejado una impronta imborrable... No se puede contrariar a la naturaleza. Es más fuerte que el más fuerte de los hombres.››[8]
Pero la abstracción es un concepto que podemos emplear para referirnos a gran parte de su obra pese al rechazo del propio Miró y a que muchos autores (Bonet, Bozal, De Diego) jamás lo admitirían. Pese a él mismo, sí cabe hablar de abstracción en una obra en que lo que importa no es el significado sino la resolución de los elementos plásticos, en la que Miró demanda del espectador que se desinterese de la representación —de lo representado y se apasione por la emoción instintiva—. Para el artista la auténtica pintura se independiza de la representación y, como ejemplo de esta fractura íntimamente estética, nos confiesa que gira, voltea, juega con la disposición horizontal, vertical o invertida del cuadro, con total impunidad, como si fuera un juego de provocación.[9]
Su amigo Llorens Artigas llegará a decir que un buen cuadro se reconoce porque es igualmente bueno si lo miramos invertido[10]y para el caso tenemos varios ejemplos de cómo los esbozos de Miró acaban en obras invertidas, en los que el cielo inicial acaba como suelo porque lo que quiere es expresar una emoción y la naturaleza es sólo un inicio inspirador.

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Herbert Read.

Esta voluntaria ambigüedad entre realidad y abstracción, este juego de construcción y deconstrucción, es la explicación profunda de que Miró deje al criterio del espectador la identificación de las figuras de sus obras. Cualquier interpretación personal es válida en un mundo absurdo. Así, el artista procederá a recrear con entera libertad el mundo, con un punto inquietante de acidez. Esto lo ha percibido la crítica. Por ejemplo, Herbert Read, comparándolo con Tàpies (un artista mucho más cercano a la realidad “natural”, a la que no deforma) nos advierte que ‹‹El “personaje” de Miró es una deformación bella pero grotesca del hecho natural.››[11] Respecto a la ambigüedad en la identificación de las figuras de Miró escribe Mitchell: ‹‹Incluso cuando la obra de arte ya ha sido terminada, la interpretación del espectador no es menos válida que la suya propia, e incluso puede llegar a ser más penetrante, más profunda, más reveladora de la verdad subyacente.››[12]
Miró no ponía límites a su imaginación, como recoge Baron en L’an I du Surréalisme:
‹‹Un día que estaba yo con Paul Éluard y otros amigos en el taller que tenía Miró en la calle Blomet, al lado del de André Masson, el pintor hacía desfilar sobre su caballete, sin comentarios y con mucha ceremonia, sus cuadros recién terminados. En uno de ellos podía distinguirse, por encima de su horizonte lineal, una forma parda rodeada de una especie de pelos negros que planeaba sobre lo que podría ser el cielo... Pero, ¿quién podría describir un cuadro de Miró? Misterio... Todavía me parece escuchar a Éluard que dice, rompiendo el silencio:
-¡Bonita patata!
-No —dijo Miró, con voz dulce—. Es el sol.››[13]
Mitchell llamará “revolución camello-ballena” —en referencia a Hamlet, que se mofa de Polonio acerca de las fluctuantes interpretaciones de la mismas forma nubosa poniendo como ejemplos un camello, una comadreja y una ballena— a este fenómeno moderno de consagración de la libertad interpretativa del espectador (activo, implicado, participante por fin) ante la obra de arte y considerará que el surrealismo es el movimiento artístico que mejor se le aviene, aunque se había consolidado con el cubismo y el arte abstracto y tenga unos orígenes incluso más lejanos.[14] Un buen ejemplo para Mitchell es una escultura de Miró, la tardía El pájaro lunar (1966), de la que destaca su carácter entre figurativo y abstracto, que permite numerosas interpretaciones.[15]
Miró se debate siempre entre dos pulsiones estéticas: el realismo que le permite llegar a la gente, ser comprensible para el profano; la abstracción que le hermana con la vanguardia más rupturista con las tradiciones artísticas. Este conflicto estético, irresoluble por demás, le limita ciertamente pero a la vez le estimula para llegar a las fronteras de un estilo personal, el comúnmente llamado “lenguaje mironiano”, el que va madurando en los años 20 hasta encontrar su punto ya definidor hacia 1937. Miró declara sobre la lucha que se desarrolla en su obra de 1929 entre la descripción realista y la abstracción: ‹‹Par contre mes “portraits imaginaires” sont représentés [en esta exposición]. Voilà Portrait d’une dame en 1820 [1929], et La Reine Louise de Prusse [1929]. A travers la lutte entre les formes descriptives et les formes abstraites et l’ambiguité de signification qui en naissait, je cherchais à dégager la forme‑mère.››[16] Desde entonces la victoria realista parece evidente, al menos en su pensamiento, como refleja una entrevista (1958) —en la que mantiene que no conoce a Larionov, porque no podría conocer su trabajo si no vive en París, aunque lo cierto es que este artista vivió en esta ciudad 40 años y que Miró nunca supo de su obra abstracta, tan alejada de sus propios intereses—, donde afirma que sus signos no son abstractos, sino ideogramas como los chinos y reconoce que experimentó la abstracción a finales de los años 20 y que se le ha calificado como abstracto, pero nunca ha tenido la intención de ser un artista abstracto. ‹‹[first begin experimenting in this style abstract?] Toward the end of the twenties. I have often been called abstract painter, but it has never been my intention to be abstract.››[17]
Por mi parte, afirmo como válida la adscripción de Miró a la corriente del surrealismo abstracto, porque así se explican dos de sus pulsiones más significativas: la representación de la realidad oculta y el rechazo del ilusionismo. Hay bastantes fuentes de autoridad para defender esta afirmación, pese al rechazo furibundo que seguramente Miró nos dedicaría. La principal legitimación viene del propio Miró, quien reconoce la relación de su arte con el primitivo, y es que éste es abstracto, pues como establece con razón Giedion, en El presente eterno, en rigor, el arte comenzó con la abstracción, en los símbolos de las cuevas paleolíticas, en Lascaux, en Altamira..., con una abstracción “simbólica”, que representa formas y figuras que no existen en la naturaleza y que revisten un significado simbólico, pues nacen de la necesidad de dar forma perceptible a lo imperceptible. No otra es la intención de Miró. Como explica Ceysson, el artista sólo obedece a criterios estéticos, sin preocupaciones externas, y sigue el consejo de Manet de “Cambiar constantemente de métodos y de estilos. Cada obra debe ser una nueva creación del espíritu”, su constante innovación (en concreto los objetos de los años 30, tras el “asesinato de la pintura”) es una ‹‹aspiración de retorno a la inocencia del niño, del loco o del hombre de antes de la historia, a unos comportamientos “fabricadores” primigenios en los que la captación de lo real no es sólo utilitaria, sino que implica un ritual, una celebración de los ritos fundadores.››[18]
Miró, influido por el arte primitivo y románico, de predominio claramente conceptual, será uno de los adalides de un arte conceptual (poco que ver esto con el arte conceptual) pese a sus continuas manifestaciones de ser sólo un pintor realista. Sin duda no había aquilatado que inspirarse en la realidad no es lo mismo que ser un pintor realista. Al igual que casi todos los artistas contemporáneos de vanguardia —Kandinsky, Klee, Mondrian o Max Ernst estarían entre las contadas excepciones—, carecía del grado de formación filosófico-estética que le hubiera permitido comprender la radical diferencia entre concepto y realidad, entre pensamiento ideal y objeto material.
A continuación pongo un ejemplo para aclarar este punto: el Dios de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina es muy realista, muy fidedigno respecto al cuerpo humano, más naturalista que casi cualquier obra de la época, pero su intención es idealista, la de reflejar una belleza perfecta. En cambio, los personajes de Giotto en la Capilla Scrovegni, dos siglos antes, son mucho menos naturales que los de Miguel Ángel, pero su intención es mucho más realista. No es únicamente el resultado sino también la intención y la mentalidad del artista lo que debemos juzgar. Miguel Ángel nos parece mucho más realista porque estaba inserto en una reciente e impresionante tradición renacentista, mientras que Giotto nos lo parece menos porque era el iniciador, el rompedor de esquemas, sin que pudiera contar con el beneficio de unos modelos inmediatos.
Añado que Duvignaud, en Sociología del arte (1988), plantea una renovación de los objetivos de la sociología del arte, que entiende como una “historia social de lo imaginario” y, al respecto, cuando Miró nos ofrece su conocida visión de sí mismo como pintor de la realidad, jamás abstracto, nos hurta una parte de esa visión, pues como señala Duvignaud, la realidad entendida como naturaleza que describe el artista no puede ser la naturaleza “en sí misma”, sino que se trata de una naturaleza doblemente traspuesta, una primera vez por la sociedad, una segunda vez por el creador.[19]
La historiografía ha coincidido por lo general en dos afirmaciones: que la obra de Miró tiene poderosos elementos abstractos, aunque, con todo, es un artista realista.

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Clement Greenberg.

La crítica norteamericana —Greenberg y más tarde le siguen Hunter, Rubin, Rose, Rowell...— ha sido la más madrugadora y entusiasta en remarcar las características abstractas de las obras de Miró. Greenberg (1948) es, sin duda, el crítico que más defendió que Miró tuvo una fase abstracta en los años 20; probablemente porque el norteamericano estaba empeñado en sentar las bases de una pintura abstracta y pura como el arte perfecto. Sostiene que el Miró surrealista que se inicia hacia 1924 es un pintor abstracto, como demostraría la estilización de sus personajes en la serie de Paisaje catalánPastoral y La familia.
‹‹1924, the year in which he finished The Tilled Field, saw Miró’s art decide itself with a suddenness and violence of change that have nothing like them elsewhere in his career. With one abrupt leap, led up to by few preliminaries, he arrived at the abstract. Nature, the so-called “objective”, was still the point from which he began, but the result became something far removed from that. And since the result is what counts in art, I feel justifies in terming Miró’s art from 1924 or as more or less abstract.››[20]
Artner (1993) comenta que la muestra <Joan Miró> en el MoMA de Nueva York (1993-1994) extiende el debate sobre si es un surrealista o un genio de la abstracción (este es el subtítulo del artículo).[21]
Kramer (1993), en un artículo aprovechando la antológica <Joan Miró> en el MoMA de Nueva York (1993-1994), comenta que Miró rechaza la abstracción y se considera un pintor realista en cuanto sus pinturas están gobernadas por las convenciones de la observación directa y la descripción precisa, aunque luego simplifique y transforme los elementos. Para entender las obras realistas de Miró nada mejor que compararlas con un paisaje del aduanero Rousseau. Así, La Masía es también: ‹‹and affectionate and painstaking evocation of a beloved paradise. (…) This mastery picture is, in any case, more a dream of Montroig than a realistic depiction of it.››[22], porque su estructura pertenece al cubismo que ha aprendido en París.
Volviendo a la relación de Miró con la abstracción, la estancia de Miró en el París de los años 20 no le pone en directa relación con los focos de la pintura abstracta europea (Alemania, Rusia, Holanda), salvo cuando llegan sus obras a exposiciones parisinas, o permanecen aislados (lo que ocurrió a Mondrian en su estancia parisina). Los maestros de la Escuela de París, Matisse; Derain, Picasso, Léger o Gris, son todos figurativos y contrarios a la abstracción. Pero fue justamente en este medio y pese a sí mismo, que Miró se convirtió en un gran pintor abstracto (una tesis que según Kramer le permitiría ser después el puente hacia el expresionismo abstracto): ‹‹Yet it was out of this artisic milieu, which was so hostile to the aesthetics of abstraction, that Miró emerged as one of the greatest painters of the century. That he became an abstractionist despite himself and despite all of his vociferous denials, hardly matters.››, como demuestra una obra tan abstracta como El nacimiento del mundo. ‹‹It is thus one of the ironies of modern art history that Surrealism, which was itself so hostile to abstraction in theory, served as a catalyst for Miró’s unexpected leap to abstraction.››[23]
Kramer (1993) considera que la muestra organizada por Lanchner en el MoMA (1993-1994) presenta bien esta tensión entre abstracción y realismo, y, como ella, no está de acuerdo con la visión que tenía el artista de sí mismo como radicalmente anti-abstracto, concluyendo que fue precisamente: ‹‹And it was a master of abstract painting that Miró exerted his greatest influence on the New York School››, justamente lo que vio Greenberg en su monografía de 1948.[24]
Juan-Eduardo Cirlot (1949) considera que Miró equidista del realismo y la abstracción, Sobre el estilo permanente de Miró, ese carácter que le daría una personalidad propia y continua en el tiempo, alejada de los ismos temporales y perecederos, establece que Miró, como en algunas fases Klee y Picasso, recurre al esquema o forma “intermedia” de la realidad, como medio de lograr (más bien, buscar) una equidistancia entre la abstracción pura y la fidedigna copia respecto al mundo-realidad:
‹‹El esquema es la reducción a un reino ambivalente y concentrado de los factores más importantes, tanto de lo que constituye el factor externo de la emoción artística: modelo, materia, etc., como de lo que enhebra esta exterioridad en una forma apasionada; esto es, la médula de la pasión actuante. El esquema es tanto más perfecto cuanto mejor reúne las peculiaridades del ánimo y del espíritu creador con las de la inamovible realidad objetiva. Para que esa doble interfusión se produzca, es necesario que la significación-motivo del acto creador “entre en el alma de la forma externa” y la subyugue a sus propias finalidades líricas. Cuando este ideal esquemático se cumple, el resultado es un esquema coherente, expresivo, dúctil, que delata el temperamento, el tono, la fuerza, el grado de la pasión y del intelecto autores, no menos que la carga emocional derivada de la cosa.››[25]
Cirlot destaca entre los infinitos modos posibles del esquematismo a dos: el instintivo, que agrupa las formas, los colores y las líneas según necesidades patéticas, y el geométrico, que los ordena según prefiguraciones ideológicas y culturales. El de Miró sería incontrovertiblemente el primero, por su constante búsqueda de la emoción con un arte primitivo-infantil, y su esquematismo está presente en todas sus obras desde 1924, aunque ocasionalmente incorpore elementos traídos del mundo-realidad, como ocurre en ‹‹Cuerda y personajes (1935), en la cual un rollo de cuerda está adaptado al óleo sobre cartulina, produciendo aquella fortísima impresión del dualismo substancial (...) [como el] gran collage de 1932 con los retratos de señoras de principios de siglo pegados sobre los meandros de líneas dibujadas a pluma.››[26]
Georges Ribemont-Dessaignes (1956) se decanta por un Miró pintor-poeta abstracto desde las pinturas-poema y oníricas de 1925-1927:
‹‹La poésie est la réalité de labstraction.
Aussi peut-on aussi bien affirmer que Miró évolue sur une ligne de plus en plus abstraite, mais que sur cette ligne il crée une réalité de plus en plus concrète. Il a créé un monde auquel il est mêlé si profondément qu’on ne peut plus les distinguer l’un et l’autre.
Quelques merveilleux exemples de cet état actif, de ces moments d’action, de ces moments poétiques (au sens étymologique grec) sont bientôt offerts durant la période de 1925-1927, où excité par l’état d’esprit surréaliste, Miró oublie les descriptions humoristiques et les transpositions « animistes” d’un univers de forces déchaînées. Il découvre une simplicité de ton dans un nouveau langage.››[27]
Soby (1959) sólo indica que hacia 1925 Miró pintó obras al menos relativamente abstractas: Hombre con pipa, el candilPintura“Le corps de ma brune...”.[28]
Hunter (1959) en su monografía sobre la obra gráfica de Miró, sigue los planteamientos de Greenberg sobre el Miró pintor-poeta que ofrece un mensaje entre los extremos de la realidad y la abstracción, y opina que en 1925 Miró ‹‹abandonó la fórmula realista (aunque con esquematismo y sentimiento mágico), de su primer periodo, por un procedimiento más personal basado en el espacio, el color y unas formas biomórficas de sentido ideográfico, que le llevaron hacia una progresiva “abstracción virtual”.››[29] La influencia determinante en este cambio es el surrealismo:
‹‹Le penchant de Miró pour la littérature et pour cette image de soi en tant que poète à laquelle il s’est toujours tenu, le servirent favorablement. [cita de Greenberg] (...). Il confronta le côté spéculatif et philosophique du surréalisme, ses désordres systématiques et ses techniques académiques policées, avec la sensualité du peintre pur, opposant la face du poète au “daimon” contraire de l’abstraction. Son oeuvre porte en elle ces deux forces, fondamentales dans la peinture moderne. (...)››[30]
José Pierre (1961) considera que Miró no es abstracto porque quiere un arte que signifique; otra cosa es que Miró haya querido divertirse pintando algunas obras rápidas, con un trazo sumario. Al respecto, José Pierre escribe en el 50 aniversario de la primera obra abstracta de Kandinsky que hay dos líneas en la abstracción moderna: la serena y equilibrada; la expresiva e impetuosa, y que sólo tres pintores surrealistas continúan siéndolo en 1961: Miró, Svanberg, Lam.[31]
El crítico de arte Harold A. Gregory (1961), por contra, sostiene, indirectamente, que Miró es un artista abstracto, contra la tesis generalizada de que el arte abstracto no es representacional:
‹‹First, abstract art is not a replacement of traditionally representational art. There will always be the classics in any art. Abstract art is a special form of philosophical, decorative, schematic, and intuitional art which has a function and a life of his own. And, in spite of the seemingly confused outlook in some of the types, the sincere abstract art will still reflect the responsability of the artist. It will show the great artist golden rule of harmony, balance, and sequence which is imbedded in the soul of any true artist.››[32]
Seuphor (1971) considera que Miró es un pintor situado al filo entre lo figurativo y lo no figurativo, aunque en la mayoría de sus obras se decante por lo primero, y señala que su obra más abstracta ha influido en algunas piezas de Picasso (la ilustración de un poema de Reverdy), mientras que su obra mágica ha influido en Baumeister durante su último periodo.[33]
Gaya Nuño (1975) explica del estilo mironiano de madurez —se entiende que se refiere a toda su obra “simplificadora” desde mediados de los años 20—:
‹‹¿Pintura abstracta? Decididamente, no. Si por su apariencia final pudiera parecer así, si en teoría puede ser Juan Miró responsable de más de un modal antifigurativo, siempre hay en sus obras una referencia, todo lo sutilizada que se quiera, o un esquema humano o animal, a una estrella, a un sol o a una luna, con lo que su postura a este respecto viene a ser en cierto modo paralela a otro artista gemelo en fantasía plástica y en hondo misterio, a Paul Klee. Pero también puede acontecer que un cuadro de Miró rebase estos indicios figurativos y se convierta en pura abstracción. El caso no tiene importancia. En criatura tan libre de compromisos, de escuelas, de movimientos colectivos cual es Miró, todo cuanto haga es, será suyo y sin relación con nada ni remotamente parecido. Y, además, es inimitable, y no es cabeza de ninguna promoción obediente a sus principios, no transmisibles, imposibles de degenerar en fórmula.››[34]
Cirici (1977) apunta indirectamente como causa de la percepción como abstracta de la obra mironiana que a partir de 1923 representa generalizaciones de visiones internas:
‹‹Las representaciones que aparecen en las pinturas de Miró no aluden nunca a hechos concretos, sino a generalizaciones. Sólo en la primera época no dio retratos y paisajes que, por más que se hallaran transformados por razones diversas, se basaban en una información sobre realidades concretas.
Pero a partir del momento de 1923, en el que Miró invirtió los términos de su trabajo y en lugar de interiorizar visiones pasó a exteriorizar vivencias o estados de ánimo, su obra era necesariamente —como los conceptos— una generalización sobre la base de las cosas vividas.››[35]
Gaëtan Picon (1981) relaciona la obra primera de Miró de los años 20 con la posterior, con el ligamen del esfuerzo por desarrollar un alfabeto sígnico en el que se fundan lo real y lo imaginario. En este sentido, Miró siempre sería un artista realista. Su avance no es olvidar la realidad, sino representarla simbólicamente, con tal novedad que a menudo no captamos la relación inmediata y tendemos a ver sólo imaginación, fantasía, cuando Miró jamás ha roto la unidad dentro de la dualidad. Miró no se aleja de la realidad, sino que se refugia “en” ella:
‹‹Cuando Miró pasa sin transición del realismo detallista de La Mujer [¿La Masovera? de 1922-23] a la escritura metafórica de Tierra labrada se puede ver en ese despegue el más puro ejemplo de la fusión de lo real con lo imaginario. Pero no se trata de la transcripción de un sueño (como Chirico) ni de un efecto de rareza (como Ernst) nacido del encuentro de elementos reales dispares, sino del intento bien distinto (mucho más cercano al de Klee, descubierto por Miró en 1924) de un nuevo vocabulario, de una denominación inédita de los elementos de lo real. Pues ahí están la casa, los animales de corral, el árbol... un universo familiar, una aplicación terrena, realista, muy lejos del surrealismo que es, evidentemente, urbano y mental, sin contacto con las plantas y los animales. Y, por otra parte, no se trata de hacerlos emigrar, de situarlos en el círculo de la rareza, de lo insólito, sino de representarlos simbólicamente, de hablar de ellos empleando un nuevo lenguaje: Miró está a la vez más cerca de lo real, que cataloga, y más lejos, pues la coherencia y la suficiencia del nuevo lenguaje son tales que la referencia se pierde de vista. Verdad es que Miró se evade en la naturaleza y no fuera de ella; y la línea del horizonte, con la escalera que une ambos mundos, tierra y cielo, realidad e imaginación, tan frecuente en sus cuadros, mantiene y recuerda la dualidad. Pero no es menos cierto que aquí se abre un mundo autónomo, que únicamente rechaza a su director: el Miroland. En los cuadros de 1926 a 1929 el espacio ya no se ahonda: se acabó la engañifa. ¿Reflejo —fiel o deformado— de las cosas? No: página de un alfabeto.››[36]
Barbara Rose (1982) apunta que su pintura de mediados de los años 20 está a caballo entre el realismo y la abstracción, por lo que no cabe afirmar que Miró —siempre atento a mantener la estructura y el sentido esencial de la naturaleza— es un surrealista “automático” o un “action painter”:
‹‹The declaration of the autonomy of line, first by Klee and Kandinsky, then by Miró, rather than Surrealist “pure psychic automatism”, is the most important precedent for converting non-descriptive, non-objective drawing into the physical gesture of “action painting”. However, Miró’s reduction of the illusionistic content of painting, its tactility, and sculptural three-dimensionality into a sign referring to, but not completing, the original tactile, sculptural experience was far more sophisticated than the superficial existencialist rationale of “action painting”. This explains why Miró’s paintings maintain themselves structurally and conceptually, whereas much “action painting” fails to cohere pictorially in a totally convincing manner.››[37]
Ceysson (1983), basándose en la autoridad de Rubin, afilia al Miró de los años 20 a la corriente abstracta:
‹‹William Rubin designa a Miró como el pintor más importante de la tendencia “revolucionaria” [abstracta] del surrealismo, es decir la que se opuso a la ejecución gráficamente equívoca de las imágenes del sueño. Y añade que la obra de Miró, junto a la de Masson, es la que ha tenido más importancia para la pintura norteamericana, estimulando su radicalización y su afirmación formales. Por lo tanto la obra de Miró, al igual que la de Masson, recibe elogios por lo que se alejó de la ortodoxia surrealista.››[38]
Whitford (1987) explica que su abstracción se inspira en la naturaleza por lo que no puede considerarse pura: ‹‹Such abstraction is commonly called organic in order to emphasize its affinities with natural forms and natural processes of growth. Miró’s paintings, which include forms reminiscent of human figures, as well as plankton and other even more primitive varieties of life, provide obvious examples of organic abstraction.››[39]
Dupin (1961, 1993) reconoce en las pinturas oníricas de 1925-1927, con su expresión de los impulsos del inconsciente, un antecedente de la abstracción lírica que marca la obra posterior de los expresionistas norteamericanos y los informalistas europeos:
‹‹Miró se revela en todas las pinturas como el más evidente precursor del lirismo abstracto contemporáneo. No se trata en él de una experiencia concertada y dirigida, sino del desenlace natural de un modo de expresión totalmente dominado por los impulsos del inconsciente y del sueño. Veinte años antes que Pollock, Miró desemboca en la creación de un espacio sumamente sugestivo por medio de la confusión entre la textura y la estructura, que abrirá una vía escandalosamente nueva a la generación que le sigue. No le falta razón a James Thrall Soby cuando dice que Miró fue, en cualquiera de sus etapas, un “pintor para los pintores”.[40] Basta citar, entre otros, los nombres de Pollock, Gorky, Rothko, Gottlieb, Motherwell y Rauschenberg, en los Estados Unidos, y los de Tàpies, Saura y Alechinsky en Europa, para comprobar que los gérmenes lanzados por Miró no se han dispersado en vano. Aún tendremos otras ocasiones de encontrar la acción de Miró en los pintores, nunca en un linaje, en una posteridad, más bien como quien entrega el testigo en una carrera de relevos.››[41]
Gimferrer (1993) explica que la pintura de Miró es totalmente realista pese a las apariencias:
‹‹Les obres de Miró són completament realistes. Si surten insectes és perquè hi ha bestioles al camp i Miró es movia en aquest ambient. A més, quan recorre als insectes arriba a allò més universal a través d’allò local. “Com més local és una cosa més universal esdevé”, deia Miró. Ell practica el miniaturisme còsmic. / Miró no demana comprensió intel·lectual, demana assentiment plàstic. Ell rebia un xoc i, simplement, tractava de transmetre’l. La seva obra respon a una intenció. Era molt conscient d’allò que feia.››[42]

Combalía (2000) opina que la importancia de Miró en el arte del s. XX se debe a ‹‹que su papel en el arte abstracto es tan decisivo como el de Klee o de Kandinsky. Y sin embargo, Miró no es, propiamente dicho, un pintor totalmente abstracto. Como para Picasso, la realidad es siempre su punto de arranque, que luego simplificará o distorsionará. (...) su principal fuente de inspiración fue siempre el paisaje mediterráneo››.[43]


NOTAS.
[1] Soby. <Joan Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 45.
[2] Duthuit, G. Entrevista a Miró. Où allez‑vous Miró. “Cahiers d’Art”, París, 8-10 (1936). Reprod. en Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 149-155. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 160-166. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 213-220.
[3] Del Arco, Manuel. Entrevista a Miró. “Tele Expres” (14-XII-1968).
[4] Carta de Miró a Ràfols. Mont‑roig (26-IX-1923) BC. Reprod. Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 82. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 94. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 136. / cit. Dupin. Miró. 1993: 96.
[5] Carta de Miró a Leiris. Mont-roig (10-VIII-1924) FJM. Reprod. Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 86-87. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 97-98. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 140-142. Trad. Rowell. <Joan Miró. La colección del CGP>. México. CCAC (1998): 177.
[6] Subirats, Eduardo. Dialéctica de las vanguardias: Un concepto ambiguo. “Lápiz”, 62 (XI-1989) 30-35.
[7] Picasso. cit. Huyghe. El arte y el mundo moderno. 1972 (1970): v. II. 8.
[8] Zervos. cit. Huyghe. El arte y el mundo moderno. 1972 (1970): v. II. 8.
[9] Raillard. Conversaciones con Miró. 1993 (1977): 125.
[10] Fuster, Joan. El descrédito de la realidad. 1975: 76.
[11] Read. Carta a un joven pintor. 1982: 125.
[12] Idea tomada de Charles Mitchell. El papel del espectador en el arte contemporáneo, en Greenberg; et al. Interpretación y análisis del arte actual. 1977 (1974): 67.
[13] Baron, Jacques. L’an I du Surréalisme. cit. González García. De cómo Joan Miró llegó a París y fue engañado por los surrealistas. “Arte y Parte”, Madrid, 6 (diciembre 1996-enero 1997): 44.
[14] Mitchell. El papel del espectador en el arte contemporáneo, en Greenberg, C.; et al. Interpretación y análisis del arte actual. 1977 (1974): 67-68.
[15] Mitchell. El papel del espectador en el arte contemporáneo, en Greenberg, C.; et al. Interpretación y análisis del arte actual. 1977 (1974): 104-106.
[16] Chevalier, Denys. Entrevista a Miró“Aujourd’hui: Art et architecture”, París (XI-1962). Reprod. Rowell. Joan Miró. Selected Writings and Interviews. 1986: 261-271. / Rowell. Joan Miró. Écrits et entretiens. 1995: 282-292. / Rowell. Joan Miró. Escritos y conversaciones. 2002: 349-360.
[17] Roditi. Entretien avec Joan Miró“Arts” Nueva York, v. 33, nº 1 (X-1958).
[18] Ceysson. La pintura moderna. Del Vanguardismo al Surrealismo. 1983: Miró y los signos plásticos: 76.
[19] Duvignaud. Sociología del arte. 1988: 18.
[20] Greenberg. Joan Miró. 1948: 23.
[21] Artner, Alan G. Holding a mirror to Miró. “Chicago Tribune” (24-X-1993). Col. MoMA Queens.
[22] Kramer, Hilton. Reflections on Miró. “The New Criterion”, v. 12 (3-XI-1993) 4-7. Col. MoMA Queens. cit. 4.
[23] Kramer, Hilton. Reflections on Miró. “The New Criterion”, v. 12 (3-XI-1993) 4-7. Col. MoMA Queens. cit. 5.
[24] Kramer, Hilton. Reflections on Miró. “The New Criterion”, v. 12 (3-XI-1993) 4-7. Col. MoMA Queens. cit. 6.
[25] Cirlot. Joan Miró. 1949: 31.
[26] Cirlot. Joan Miró. 1949: 32.
[27] Ribemont-Dessaignes. Joan Miró. Maeght. París. 1956. cit. <Joan Miró. Rétrospective de l’oeuvre peint>. Fondation Maeght (1990): 56.
[28] Soby. <Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 40 y ss.
[29] Hunter. Joan Miró. Su obra gráfica. 1959: introd.
[30] Hunter (1959). Miró, loeuvre gravé. Calman-Lévy. París. 1960. Reprod. <Joan Miró. Rétrospective de l’oeuvre peint>. Fondation Maeght (1990): 54.
[31] Pierre, José. Où va l’art abstrait? “Combat” (5-VI-1961).
[32] Gregory, Harold A. When Art is Abstract, Can Criticism Be Concrete? “The Evening Gazette” (VII-1961).
[33] Seuphor. L’art abstrait. 1971. v. I: 57.
[34] Gaya Nuño, J. A. Arte del siglo XX. 1975: 346-350.
[35] Cirici. Miró mirall. 1977: 104.
[36] Picon. Diario del surrealismo. 1981: 102.
[37] Rose. Miró in America. <Miró in America>. Houston. Museum of Fine Arts (1982): 12.
[38] Ceysson. La pintura moderna. Del Vanguardismo al Surrealismo. 1983: Miró y los signos plásticos: 72.
[39] Whitford. Understanding Abstract Art. 1987: 130, y más extensamente sobre la abstracción en 113 (cit. en la obra de la fase 1925-1927). En su biografía de p. 151 repite que Miró nació en Mont-roig y el viaje a París en 1919.  Preciso que Whitford (1941) es un destacado escritor, profesor y comentarista británico. Durante varios años trabajó como dibujante de “The Evening Standard”, y a partir de 1970 ejerció la docencia en la Slade Shool y el Royal College of Art, entre otras instituciones, al mismo tiempo que siguió escribiendo para revistas y periódicos, y participando en programas sobre arte en radio y televisión. Es autor de libros sobre arte alemán y austriaco preferentemente, como Expressionism (1970), Japanese Prints and Western Painters (1977), Bauhaus (1984) y monografías como Kandinsky (1971), Schiele (1981) y Klimt (1990).
[40] Soby. <Joan Miró>. Nueva York. MoMA (1959): 58.
[41] Dupin. Miró. 1993: 124-125.
[42] Gimferrer. Declaraciones. “Idees” (16-V-1993).
[43] Combalía, V. Joan Miró. Paisaje catalán. 1924. Serie: Obras fundamentales del arte del siglo XX. “El Mundo”, Cultural (12 a 18-III-2000) 42-43.