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domingo, febrero 16, 2014

La obra teatral La ratonera (1952), de Agatha Christie.

La obra teatral La ratonera (1952), de Agatha Christie.


Foto de un reciente montaje de La ratonera por la compañía Corimbo.

The Mousetrap es un éxito legendario del teatro londinense. Decenios ininterrumpidos de representaciones han convertido esta obra teatral en un mito, al que no faltan año tras año multitudes de londinenses y sobre todo turistas.
La autora adaptó para el teatro una novela breve, Tres ratones ciegos, ambientándola en una apartada pensión en medio del campo a unos 50 kilómetros de Londres, en la que congrega a unos pocos personajes, todos ellos involucrados en un trágico hecho del pasado. En la obra transcurren dos asesinatos, uno anterior fuera de cuadro y el otro dentro, delante de los espectadores. Un sargento de policía llega para investigar y se van desgranando las sospechas en un ritmo creciente, y finalmente aparece la persona culpable.
Hasta aquí todo parece encajar: se unen una autora prestigiosa del género policiaco, capaz de cumbres que me encantaron como El asesinato de Roger AckroydMuerte en el NiloAsesinato en el Orient Express o Diez negritos, y un rotundo éxito comercial de dimensiones temporales ciertamente épicas.
Pero cuando acabo de leer el texto debo constatar con cierto asombro, dadas mis altas expectativas, que es una obra de escasa calidad. El escenario es a priori interesante, pero este pequeño mundo cerrado todo él es artificial y sin vida. Los personajes están construidos con escasas pinceladas y eso podría ser aplaudido si no fuera porque además estos toques son superficiales y efectistas, basados en unos diálogos inverosímiles que provocan un agudo rechazo intelectual: ¿quién puede pensar o hablar así, ni siquiera en esa época o en cualquiera? Estos seres humanos no despiertan mi credulidad, nunca los veo como seres sufrientes, sino sólo como invenciones sin sentido. Todos parecen distintos arquetipos de un cómic absurdo e infantil, en el que deben responder como el perro de Pavlov a unos estímulos sin sentido, deambulando como marionetas en una obra surrealista.
Queda la intriga, podemos esperar. Pero no. El culpable ya se entrevé, sin asomo de duda, a los pocos segundos de aparecer. Incluso sospechamos fundadamente quién es antes de que aparezca en escena. Puede que se deba a que quien ha leído decenas de obras de Agatha Christie ya conoce en demasía sus trucos argumentales y sus ideas sobre la psicología del asesino. Pero aquí hay algo más. Realmente el culpable es inevitable, no hay otra solución que esa. Todo le señala, como mil rótulos en una autopista. Pero lo peor llega con ese final de un sentimentalismo tan empalagoso que se hace increíble, de un conservadurismo feroz e inocultable, y sobre todo con un fallo lógico casi monstruoso: no sólo el lector-espectador intuye quién es el culpable desde el inicio sino que advertimos que debe saberlo a ciencia cierta otro personaje, quien debía y podía haber evitado el asesinato, y se ha abstenido sin que se sepa por qué, con lo que todo se hunde en el descrédito.
Una pregunta final inevitable. Entonces, ¿por qué ha tenido tanto éxito esta obra menor? Se me ocurren dos motivos. El primero es la escasa duración y la sencillez del argumento, que la hacen digerible para un público masivo con escasa capacidad de concentración. En cierto modo, esta obra es un precedente de los capítulos televisivos de menos de una hora de las series televisivas de detectives, sin trazos psicológicos, imposibles por la brevedad, que se contentan con apuntar directamente al asesino y su captura, sin que el espectador advierta las continuas trampas que se marca la autora (la correspondencia de Raymond Chandler ya comentaba esta grave carencia de rigor). El segundo motivo es más enjundioso y debe ser la excelencia del sistema del teatro británico (y español añado, pues también ha tenido un recorrido brillante en nuestro país), dotado de directores que saben retocar y controlar el ritmo de la acción, y sobre todo de actores excepcionales que llenan de veracidad humana sus personajes. Deben serlo en grado superlativo los que han salvado esta función durante tantos decenios.
Fuentes.
Christie, Agatha. La ratonera. RBA. Barcelona. 2012 (1952 inglés). 118 pp. La ratera. Introducció de Manuel Broncano. Traducció de Albert Torrescassana. Col·leció Aula Literària. Vicens Vives. Barcelona. 2009. 118 pp.

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