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lunes, diciembre 27, 2010

El Miró comprometido, en la Tate Modern (2011)

Este texto es la versión en blog de la crítica, previa al vernissage, de Boix Pons, Antonio. El Miró comprometido, en la Tate Modern (2011). Sección ‘Exposiciones’. “Octopus” nº 1 (I-2011) 50-52.
EL MIRÓ COMPROMETIDO, EN LA TATE MODERN (2011).
‹‹Miró vuelve a Londres, en la Tate Modern, desde el 14 de abril, para alumbrar su faceta menos conocida, la del artista comprometido con la justicia y la libertad.
Murió en 1993 con 90 años de edad, famoso, rico, admirado. Pero como sus compañeros del grupo surrealista, tuvo que superar muchas dificultades en sus inicios profesionales, antes de ser reconocido. Su carácter se forjó en la adversidad, con ese punto de pesimismo y melancolía que John Milton asociaba a la creatividad (“Melancolía, divino tesoro”), y que compartía, entre otros amigos suyos, con Henry Moore, a quien visitó, ya consagrados ambos, en su taller de Much Hadham en 1972.
Su padre no apoyó su temprana vocación artística e incluso en alguna ocasión temió que fuera un vago e inútil. Mientras, en respuesta, otros renunciaron y se inclinaron a trabajar en oficios más burgueses, él se consagró a la pintura, y aunque mal dibujante en sus inicios, alcanzó gracias a un disciplinado estudio una gran habilidad para el color. En 1918 fracasó su primera exposición individual, demasiado atrevida para su tiempo en una Barcelona conservadora. Mientras otros agacharon la cabeza y se inclinaron al seguro gusto de la pintura figurativa y los paisajes tardoimpresionistas, él, en cambio, se desquitó marchando a París en 1920, donde pronto se sumergió en el dadaísmo y luego en el surrealismo, donde, como advirtió Roland Penrose ya en la exposición internacional surrealista de Londres en 1936, aprendió que no había fronteras entre la pintura y la poesía. Vinieron años de penas hondas y de glorias poco remuneradas. No se ganó bien la vida con su arte hasta bien cumplidos los cincuenta años. Luego llegaron por fin los reconocimientos y premios, cuando tal vez ya no le satisfacían íntimamente. Al final fue uno de los pintores vanguardistas más celebrados, con retrospectivas en las principales capitales artísticas, como la de 1964 en la Tate Gallery de Londres.
En este largo y arduo camino, cambió. Católico muy conservador en su juventud, acabó como un católico progresista. Nacionalista catalán acérrimo en sus años mozos, terminó siendo uno de los catalanes más universales de su tiempo, tolerante de todas las creencias mientras respetaran la libertad, que él evocaba, siguiendo a Sartre, como la esencia del hombre: “quiero ser recordado por haber trabajado por la libertad del espíritu de los hombres”. Se comprometió firmemente con la República española, como prueba su Aidez l’Espagne de 1937, cuando esto no era algo gratuito, y afrontó el exilio interior en la España de la dictadura franquista desde 1940 sin aceptar componendas, siempre al lado de las causas más nobles, como hizo al acudir al encierro de Montserrat en 1970, o cuando pintó el tríptico La esperanza del condenado a muerte (1974), cuya sencillez formal y riqueza poética maridan con su ferviente protesta contra la pena de muerte. Gozó por fin, en su hora más hermosa, del triunfo de la democracia española, de la que fue artista preferido, y llegó a ser amigo íntimo del Rey.
Gombrich decía que un artista es una persona llena de imágenes. Miró nos ha legado algunas de las más icónicas del siglo XX. Curiosamente, no surgen de grandes temas históricos o sociales, sino de los motivos más sencillos, los tomados de su entorno más cotidiano, los más cercanos a la gente de la calle. En sus paseos buscaba objetos que le inspiraban pinturas o esculturas. Todo podía tener valor y ser transformado: un rasguño en el papel, una concha en la playa, un palo en el bosque, un fruto en el jardín… Decía su amigo Joan Prats: “cuando yo cojo una piedra, es una piedra; cuando Miró coge una piedra, es un Miró”. Ese mundo todavía rural, de juegos de aventuras propios de un Guillermo Brown mediterráneo, suscitaba toda su atención.
Ya al inicio sus cuadros estaban llenos de árboles y animales, captados con la mirada pura del joven artista que aprendía esforzadamente su oficio, con paciencia artesana y sin grandes planteamientos intelectuales, hasta el punto de que durante toda su vida no consiguió saber en qué consistían exactamente sus propias innovaciones, una característica propia de muchos artistas, contrarios a ser analizados y encuadrados en frías estructuras teóricas. Él no teorizaba y ni siquiera se clasificaba a sí mismo: unas veces decía que era surrealista y otras lo rechazaba indignado, a menudo se ufanaba de ser realista y se burlaba de la abstracción para de inmediato pintar algunas de las obras más abstractas de la vanguardia de los años 30.
Triunfó popularmente gracias al colorido decorativo y la alegría de sus temas, casi siempre estrellas, lunas, soles, planetas, notas musicales, mujeres y pájaros, y extrañas criaturas que resurgen desde el Bestiario de todos los tiempos y exploran los arcanos de los mitos herméticos. Un arte de sensaciones transformadas por una fantasía que aspira a la pureza. Así se explica que su obra aparezca en las calles y en los hogares, en calendarios y postales, pues satisface una honda necesidad de reconocer y salvar nuestro mundo interior. A menudo se le considera un pintor cercano a lo infantil, y sin duda en muchas obras aparenta ser un niño que señala algo que le sorprende y nos invoca para que lo miremos con él. Y es que, más que espectadores, busca cómplices de su particular visión del mundo, en la que funde lo real y lo soñado, en perpetuo deseo el uno del otro, un matrimonio que se consuma con la mancha roja o amarilla del sol, la negra de la luna, la azul de la estrella y el colorido ajedrezado del cuerpo.
¿Es pues un pintor onírico? Muchas de sus obras nacen de sueños, pero no lo parece en las incontables ocasiones en que medita largamente el origen del cuadro y luego cada gesto y cada elemento. Si no es un pintor onírico, ¿entonces será un pintor automático? Ciertamente, una brizna de hierba le basta para rememorar su amada masía en el campo de Mont-roig, y un minúsculo accidente en la superficie de una tabla de madera le da pie a imaginar una larga serie de pinturas. Pero tampoco esto cuadra con que prefiere pintar en su taller, nunca a plein air, pues necesita pintar recluido y apartado de la realidad, para rehacerla, para transformarla al conjuro de recónditos pensamientos. Así pues, en La masía (1921-1922) no mimetiza la realidad sino que pinta un inventario imaginario del mundo rural de su juventud, el que se escapaba en la gran tormenta histórica desencadenada por la Gran Guerra de 1914. No es pues ni pintor onírico ni automático, ni realista ni abstracto, pero sin duda es un poco de todo ello. Es la misma tensión entre extremos que fertiliza las obras de los mejores vanguardistas, desde Picasso a Duchamp.
Su yo más íntimo es el del rebelde transgresor que ya en los años 20 rompe la guitarra cubista, el del pintor pesimista que en los últimos años de su vida, amargado por la muerte de sus amigos y asqueado de un mundo cruel e injusto, pinta series de pinturas que representan la metamorfosis de la materia en un espíritu que huye al cielo. Es una lucha que acomete Miró a sabiendas de que fracasará en el empeño, que será incomprendido, prefiriendo una derrota sublime a la victoria placentera que hubiera disfrutado repitiendo su arte más popular.
El Miró final, cuando ya es el último vanguardista vivo, no pinta ya para preguntarse por el sentido de las cosas, a lo que ha renunciado, sino para celebrarlas como presencias fantasmagóricas, apelando a la imaginación de cada espectador para crear infinitas variaciones de un universo inabarcable, tal vez incomprensible. Esa es la razón permanente por la que sus cuadros gustan tanto a un particular grupo de espectadores, los que recrean y transforman continuamente el mundo, y, en cambio, también explica porque son rechazados por tantos enemigos de lo fantástico. Se entiende que sus admiradores más entusiastas sean frecuentemente poetas, algunos tan famosos como Breton, Aragon, Cocteau, Eluard, Char, Reverdy, Gimferrer, Octavio Paz o Ashbery, y que sus contrarios a menudo sean adultos que han olvidado el mirar y sentir de los niños, adultos asustados porque Miró interroga el secreto de sus sueños.››

Antonio Boix, en Palma de Mallorca (23-XI-2010).

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